El juego en el tango

Del amplio repertorio de los juegos que fijaron memoria con las letras de tango. Otilia Da Veiga

Hay noticias de que en la época colonial el juego de cartas era el entretenimiento principal en las pulperías, donde se jugaba al truco, a los dados y a la perinola. El juego de Damas, el Dominó y el Ajedrez tenían entrada a otros salones.También en Buenos Aires se jugaba al billar, que se practicaba con palos curvos y bolas de marfil (¡pobrecitos los elefantes!) en mesas de paño azul. Todavía no había llegado Cacho Castaña con su “Café La Humedad”, billar y reunión…

La Quiniela era un juego prohibido en ese mundo integrado por criollos rioplatenses, marineros, indios, negros y mulatos, tiempo en que el tango aún no había nacido. Nació, según ha escrito José Gobello, alrededor de 1870 en una academia aledaña del barrio del mondongo (1). Testigo de su nacimiento fue el negro Casimiro Alcorta. De inmediato, en esa sociedad heterogénea y como no podía ser de otro modo, un tango de Roberto Ambriot Barboza y Luis Cluzean Mortet, describe las ilícitas y toleradas artes del quinielero en un tango del mismo nombre: “En su pregón el vocero dice en tono original,/ quinielero…, patrona quiere jugar,/ hoy en Córdoba tenemos y mañana Tucumán,/ y para desquite el viernes, se juega la Nacional” (Esta versión fue grabada por Gardel en 1930).

Entre los juegos rurales el de la taba adquiere especial protagonismo, haciendo uso de un recurso muy antiguo como es el juego con astrágalos. En el caso local, ese hueso de la pata de la vaca tiene dos caras. La taba puede caer en diferentes posiciones; con la parte lisa hacia arriba indica “suerte”, si se da vuelta y cae con la parte hueca hacia arriba (“culo”) significa perdedor. Pero hay aún una tercera opción que se da en el caso de caer vertical, en la que siempre se gana, siendo la más codiciada por los apostadores, ya que se juega por dinero.

Los tangos, como era de esperar, registraron en su letra las alternativas de ese juego. Uno lo rescata en el título: “Se te dio vuelta la taba” tango de Juan José Otálvarez y Fioravanti Santoro, que grabó la orquesta de Francisco Lomuto. En “Vieja Recova”, de Cadícamo, el estribillo vuelve a hacer alusión a ese juego rural cuando dice: “Vieja Recova, rinconada de su vida,/ la encontró sola y perdida, como una muestra fatal/. La mala suerte, le jugó una carta brava,/ se le dio vuelta la taba, la vejez la derrotó… “

Cuenta la historia que durante Las Cruzadas, los caballeros refugiados en el Castillo de Hazarth (2), cerca de El Líbano, se entretenían jugando a los dados en las pausas bélicas. Ahora sabemos de dónde proviene el nombre de “Juegos de azar” con su componente imprevisible.

Es que el azar, que para nosotros está fuera de todo cálculo, para el jugador es el cálculo mismo y la exactitud; lo toma como el entomólogo toma el insecto para colocarlo, delicadamente, en el lugar exacto de su colección; del mismo modo, con el mismo ademán, deposita su ficha o su carta. Se entrega a su afán como el insecto al automatismo de su vuelo. Así lo registra el tango “Monte criollo” de Homero Manzi y Francisco Pracánico, cuando dice: “Cuarenta cartones pintados con palos de ensueño, de engaño y amor…” o en Barajando, de Eduardo Escaris Méndez y Nicolás Vaccaro. “Con las cartas de la vida por mitad bien marquilladas,/ como guillan los malandros, carpeteros de cartel…” o en “Suerte loca”, de Francisco García Jiménez y Anselmo Aieta: “En el naipe del vivir/ suelo acertar la carta de la boca/ y a mi lado oigo decir / que es porque estoy con una suerte loca/ ¡Al saber le llaman suerte…!”

Lotería, ruleta, dados, carreras, naipes, etc, esconden pasiones y hasta desorbitadas tendencias o aspiraciones insatisfechas. Fiodor Dostoievsky, tremendo jugador él mismo, en su conocida novela “El Jugador” puso en evidencia hasta qué extremos de superstición, de audacia, de ceguera y hasta cierto punto también de inmoralidad pueden alcanzar los captados por esta pasión irrefrenable. Los carreristas o burreros también son presa de esa absorbente afición.

Dicen que las carreras de caballos tuvieron su origen en la campiña inglesa; también fueron objeto principal de las fiestas en la antigua Grecia y cantadas por sus poetas Píndaro y Sófocles.

Pero volvamos al turf; ¿juego o deporte?

En el libro “Entre cortes y apiladas” el escritor Jorge Larroca, recrea los tangos de prosapia burrera: “Por una cabeza” el emblemático tango de Gardel y Lepera: “Por una cabeza de un noble potrillo/ que justo en la raya afloja al llegar/… o “Tardecitas estuleras” con letra y música de Héctor Marcó: “Ricardo prepará el mate/ y alguna copita fuerte/ que pa’ relojear mi suerte/ voy a caer al stud…” o en “Bajo Belgrano” de Francisco García Jiménez y Anselmo Aieta: “Bajo Belgrano cómo es de sana/ Tu brisa pampa de juventud/ que trae silbidos, canción y risa/ desde los patios de los studs…” y más adelante… “Sacame e’ pobre, pingo querido/ no te me manques pa’l Nacional… “ implora un peoncito.

Ni qué decir de la sobrestimación del personaje de “Canchero”, de Celedonio Esteban Flores y Arturo De Bassi que no repara en alardear de sus habilidades turfísticas y de su aguante en la timba y la milonga.

En el juego de los naipes, por ejemplo el truco, el jugador es capaz de desarrollar una intuición que le permite adivinar lo que pasa por la cabeza de su adversario.  Encarado así, aparece como una especie de artista, cualidad que fatalmente no lo libra, muchas veces, de resultados catastróficos.

Los jugadores arrancan al destino el secreto de sus caprichos munidos de fetiches titulares; el pañuelo anudado del Santo Pilato –(si no me das suerte, no te desato)– ejercitan estudiados rituales y esperan…Van a la ruleta a desbancar a la suerte, a pesar de lo evidente de su perdición. “El jugador va a la ruleta para magnetizar a la bola que gira, hasta detenerla en su número; para torcerle el cuello al azar”. Ha escrito un olvidado intelectual de fuste como Artemio Moreno.

La pasión por los dados y los naipes atraen generalmente a los individuos del pueblo llano y se practicaron y practican en lugares públicos o especialmente reservados. Tampoco son de una jerarquía espiritual más edificante los juegos de bridge o canasta y aunque pretendan otro rumbo social de salón, siguen siendo el  viejo recurso de las personas que no tienen nada qué decirse.

Luego también el tango se ocupará de hacerle un lugar en su repertorio a los inocentes juegos infantiles de la bolita, el rango o la rayuela, cumpliendo la parte educativa con que el juego prepara a la infancia para las destrezas que demanda el desarrollo. A propósito, el tango “La mañana” que originalmente se llamó “Oro muerto” dice: “el conventillo luce su traje de etiqueta… / el dueño de la casa atiende a las visitas/ los pibes alborotan gritando en derredor/ jugando a la rayuela, al rango, a la bolita…”

Y todo eso ocurría en un tiempo en que en los baldíos y potreros la pelota repartía entre los pibes la ilusión de triunfar en el fútbol. Así, en “El sueño del pibe” de Reinaldo Yiso y Juan Puey, se cuenta la historia del chico que recibió la citación de un club para hacer una prueba que podrá ser anticipadora de su destino, ya que sueña con la gloria de amurar la mishiadura y alcanzar el estrellato futbolero: “…Mamita querida ganaré dinero/ seré un Baldonedo, un Martino, un Boyé; / dicen los muchachos de Oeste Argentino/ que tengo más tiro que el gran Bernabé.”

De hecho hay muchísimos tangos dedicados a todos los clubes y a sus estrellas, que no incluiré para no meterme en camisa de once varas, y por respeto a Vicente Greco; Agustín Bardi; Carlos Pesce y al mismo Papa cuando era Jorge Bergoglio, cantándoles al club de sus amores.

Rescato entre otros tangos alusivos al tema; “Patadura” de J. López Ares y R. Carrera Sotelo, grabado por Gardel en 1928: “Piantate de la cancha, dejale el puesto a otro/ de puro patadura estás siempre en orsai…”,  aconsejaba la letra no de muy buen modo; o en “Mi primer gol” de Miguel Bonano, Horacio Pettorossi y Alejandro Fattorini:  “En la cancha de mi vida/ quise yo tantear mi suerte/ y me puse los colores/ de esperanza que soñé…”

Todos marcan a fuego el entusiasmo, cuando no la exaltación y el fanatismo de los hinchas, por el “football” que hace muchos años amuró su estirpe inglesa, y sacó patente de ciudadanía para convertirse en deporte y pasión de multitudes.

                                                     Otilia Da Veiga

Domingo 3 de mayo de cuarentena

 

  1. Durante los siglos XVIII y XIX el actual barrio de Monserrat era llamado “Barrio del Tambor” o “Barrio del Mondongo” por la gran cantidad de esclavos negros que vivían allí.
  2. El juego de dados de los caballeros en el Castillo de Hazarth dio lugar a la denominación “juegos de azar”.
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