EditorialPrimera plana

Grasas vs. tilingos

El mundo observando la despedida al Diez y la masa gorila ansiosa por encontrar con qué pegarle a la “gronchada” y al Gobierno Nacional. Nada nuevo: desde el 45 que el “tilinguismo” no digiere las costumbres del pueblo obrero, no ya para adoptarlas sino, siquiera, tolerar su ejercicio.
Por Mario Bellocchio |

El caótico velorio de Maradona en 10 horas –de 6 a 16–, un verdadero despropósito, las imágenes de amor acongojado y primario y las opuestas de desorden y represión del final; el posteo de un amigo sobre su indignación por la caída del busto de Yrigoyen en casa de Gobierno –repuesto inmediatamente en su sitio–. El diputado Federico Pinedo que twittea “¿Cómo es posible?”, junto a una foto del busto caído. Y alguien que se identifica como “docente marxista” que le responde: “Pero, Pinedo, tu familia volteó al original en 1930”.

La situación finalmente se pudo superar pero es lo primero que acechaba en la oposición para la crítica organizativa: el “salvajismo” del pueblo peronista, “la negrada” incontrolable y tratándose de cosas vinculadas al fútbol, un cinco por ciento verdaderamente peligroso: los “Barra brava”. De inmediato aparecieron los intérpretes de Diego expresando: “pobre Diego, ni una despedida como se merecía le dieron”, ignorando si a Diego le hubiera gustado ver el quilombo que se armó por el desatino de armarle un minivelorio.

Viejas rencillas clasistas discutiendo decisiones sobre manifestaciones del pueblo y pretendiendo que lo civilizado es lo que hacen los correctos ciudadanos de ducha diaria y alimentación y educación suficiente prodigada a la distancia recomendada por la pandemia. ¿Cuántos no fueron porque no se sienten identificados con las formas pero no cuestionan peyorativamente a los que se expresan de esa manera?

1947, yo era pequeño, comenzaba la primaria, y escuché lo del aluvión zoológico de Sammartino*. En casa la divisoria de aguas estaba establecida en la cabeza de la familia: papá peronista, mamá radical. Los tiempos no eran tan de grieta, recuerdo algo más de corte futbolero radicha-peroncho que marcaba una distancia social de disputa más de vida y costumbres que de rechazo. La década infame había dejado su huella en un radicalismo tratando de recuperar el liderazgo popular y un líder carismático desplegando toda su seducción con leyes laborales. Para mi modesta e infantil comprensión dentro del “tironeo” hogareño, los peronistas eran los más brutos y pobres, los que más necesitaban de la Fundación. Y los radicales eran casi todos mis compañeros y amigos: gente muy modesta pero con algunos recursos como ropa y vivienda por encima de aquella descendencia de los de “las patas en la fuente”.

Las sucesivas conquistas sociales fueron emparejando una disputa donde el campo popular se fue poblando de obreros empoderados, como suele decirse ahora. Mar del Plata ya no era exclusivamente para gente con disponibilidad de dinero, habían aparecido el aguinaldo y las vacaciones. El cartel verde del Tourbillón en Playa Grande, como se veía desde Punta Mogotes, pasó a ser el del Hotel de los Textiles.

Por casa, en Parque Chacabuco, en Avenida del Trabajo y Curapaligüe, entregaron unas viviendas enormes con parque y estacionamiento que ahora son un lujo en materiales y dimensiones, y en ese entonces se otorgaron a obreros en larguísimos planes de pago. La maledicencia opositora decía que “los negros levantaban el parqué para hacer el asadito”, nada nuevo con los prejuicios sociales. “La Prensa”, “La Nación” y “La Razón” hablaban de los avances sociales y sanitarios como quien le tira “margaritas a los chanchos” y de las modificaciones en la legislación laboral como retardataria. Los “choriplaneros” de hoy eran los “grasas” de entonces, los “descamisados” o simplemente “esos negros de mierda”.

Perón venía a nacionalizar y eso resultaba inadmisible. En sus “Zonceras argentinas” el genial Jauretche decía: “Civilización y barbarie, esa zoncera madre que las parió a todas: Todo hecho propio por serlo, era bárbaro y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civilizado. Civilizar, pues, consistió en desnacionalizar.”

Ya entonces, sin embargo, había surgido una clase media que se sentía partícipe del “movimiento obrero”, auspiciaba la legislación progresista del peronismo y ponderaba su obra pública, aun cuando no cantara “la marchita” por su raíz radicha y su falta de empatía con el sudor y el conventillo –la grasada– simplemente porque su estatus de empleado lo colocaba un peldaño arriba. Gente con otro tipo de higiene y otros modos de convivencia. Ese peldaño se estaba limando y le generaba sentimientos contradictorios. Unos partirían prejuiciosamente hacia la Avenida Santa Fe, el 16 de septiembre del 55, a festejar el derrocamiento del “régimen” haciendo –curiosamente– la “V” que hoy es símbolo inequívoco peronista, entonces señal triunfal de la “libertadora”. Otros hacia el exilio político de expresión de ideas en las urnas.

Proscripción, alternativas políticas, guerrilla, retorno, triple A, dictadura salvaje, una guerra, retorno a la democracia, engaño surgido de las propias entrañas, el fracaso de la alianza, el siglo XXI, gobierno popular, desgobierno neoliberal y retorno al gobierno popular.

Todo se volvió un “dejavú” en el velorio de Maradona donde el futbolero opositor pobre o clase media pudo ver a la “indiada peroncha” –sin pedir filiación alguna, suponiéndola– trepada a las rejas de la Rosada y otros “vandalismos” en la media hora final, “estropeándole” el velorio que Diego habría querido tener, sin plantearse si a Diego no le habría agradado la rebeldía al despropósito familiar de concederle a semejante cantidad de pueblo solo 10 horas de visita rápida de 10 segundos a marcha forzada frente a su ataúd.

Las tapas de todos los diarios del mundo fueron monopolizadas por Maradona este fin de semana en que se disputó en la ciudad australiana de Newcastle la revancha del encuentro All Blacks vs. Pumas. El equipo de Nueva Zelanda tuvo un gesto de homenaje inigualado: su capitán depositó una camiseta negra con el número 10 y el nombre Maradona, en el lado argentino del centro del campo, mientras los Pumas recurrieron a unas cintitas de gro negro que no superaban el centímetro de ancho. Todo muy formal, antes de bancarse el Haka y 38 pepas a cero.

Los carroñeros ya comenzaron su ronda de chusmerío con los rumores de desatención médica en sus últimos momentos, la lucha familiar por la herencia y la probabilidad de exhumación por “adn” prontamente desmentida. La oposición dedicándose a la búsqueda de culpables de los incidentes postreros del velorio y, sobre todo, si no tiene que ver con el desorden algún tipo de crispación que habría generado el ingreso de Cristina a su despedida al ataúd.

 

(*) La expresión corresponde al diputado radical Ernesto Sammartino, en la Cámara de Diputados del Congreso Nacional, el 7 de agosto de 1947, dentro de la ya instalada antinomia peronismo-antiperonismo, cuando textualmente dijo: El aluvión zoológico del 24 de febrero parece haber arrojado a algún diputado a su banca, para que desde ella maúlle a los astros por una dieta de 2.500 pesos. Que siga maullando, que a mí no me molesta”.

Imagen: Daniel Santoro

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