CulturaLa ciudadNoticia importante

Esquina Margot

Boedo y San Ignacio. Encrucijada. Avenida rápida y pasaje adoquinado. Pasaje que, con cierta pereza de estío, resguarda el puñado de almas. En ellas la necesaria esencia de proa para alcanzar el destino en el río de lo humano. Edgardo Lois

Espíritu. Tierra, aire, agua, fuego. Fantasía. Emotivos frutos en el árbol de la clara consciencia que, despierta y ensoñante, da nombre a las cosas que hacen a esta vida.

Café Margot – Acrílico de Rolando Lois

Boedo y San Ignacio. Esquina madre. Ahí mismo, encrucijado, uno de los centros sobre el que gira mi galaxia: la ciudad de Buenos Aires. Ahí mismo, entonces, encrucijado de recuerdos, el café Margot en el barrio de Boedo. En su identidad de abrazo aguarda una multitud de historias que ya no son, y que, sin embargo, siguen siendo. Margot como encrucijada plena de palabras. Nacida es esta palabrera urbanía en un cruce de poética imperfecta. Feliz, desesperadamente humana su sustancia. Nacido viento el tango. Nacido viento el blues. Encrucijada que tienta al tiempo. Una historia cada vez, los sucedidos dentro de la órbita en la que gira el habitué en tanta ceremonia de encuentro. La esquina se hace, por momentos, rincón de plaza de barrio. Entonces gira la calesita de la memoria. Regreso. Rescate. De vuelta. La sortija se balancea en el viento. En cada giro el impulso de escribir la encrucijada, la esquina, Margot de Buenos Aires. Siempre el giro. Sucedió, sucede. Un canto rodado plano que bien va de rebote en rebote sobre la superficie del río de los días. Cuando al fin se hunda, en renglones circulares, de cara al cielo, podrán leerse las historias. Sucede esta tinta, dice de aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Sucede en Boedo y San Ignacio, Margot, uno de los centros de giro de mi galaxia.

Barrio de Boedo. En Margot los óleos pintados por mi padre. Colgados de la pared sobre la ría de mesas. Los cuadros ya no están. La exposición tuvo su tiempo, su tarde de inauguración, los amigos, y los testigos casuales sorprendidos por el acto de alumbramiento. ¿Cuáles las palabras de presentación, quién el presentador? Cada pregunta abre senderos. ¿Importa, acaso, la ubicación temporal? No en esta memoria que solo pretende bocetar sucedidos felices de ayer. Sucedió una tardecita de otoño. Momentos aquellos que ya no son, y que, sin embargo, siguen siendo. Alma adentro de Margot respira la memoria, lo invisible permanente abraza nuestro espíritu.

En la trastienda de Margot fue absoluta realidad, en el maravilloso mientras tanto de un día pasado, la alegría en la mirada de mi hija siendo apenas bebé. Sus ojos sobre las pocas mesas del ambiente. Anoto sus ojos. Anoto el lugar mágico donde trabajé por años en la escritura. Un lugar de quehacer casi cotidiano. Una magia la escritura a mano. Murmullo de punta fina sobre papel, sobre hoja de cuaderno apoyado en mesa de madera ajada por el tiempo. Escribir con tinta roja en el Margot. Otra magia de encrucijada fue, es, a través de una ventana, encontrar memorias mirando los adoquines de San Ignacio. Cada vez que veo una calle adoquinada busco el pastito que crece entre las uniones de la multitud. La búsqueda del pastito mínimo que late por entre los intersticios de la vida. El amigo poeta Rubén Derlis escribió un poema que guarda esta imagen. Generoso aquel que obsequia bondades para mejor andar cada día. Y entonces mi hija regaló su mirada. Y mi padre regaló la suya.

Puede soñar el poeta que habita memorias en Margot. De hacerlo puede, él mismo, anotarse poema al tiempo que se descubre puente. Agradecer además al destino que bien sabe de tender puentes. Escribir orillas, acercarlas durante el paso propio, en la huella su andar en el eterno aire de mientras tanto. Ser en el puente, en el poema en que el padre escribe una tinta que acerca al abuelo y la nieta. Que el abuelo hace un tiempo que es un buen fantasma, y la nieta ya es piba que escribe y dibuja en los primeros años de la escuela primaria. Fantasmagoría como poema sobre aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Ocurrió en Margot. Y ocurre, vuelve, regresa, se rescatan los sucedidos, en este ensayo de casi poema que intenta bocetos interiores en el café, en la encrucijada de Boedo y San Ignacio.

Fundar un puente, un poema que convoque a los buenos andantes de las aventuras de ayer. Andantes que oficien de guías memoriosos en esta esquina de ciudad. Que convoque además a los buenos fantasmas. Bienvenidos así todos aquellos que transitaron los pasillos entre las mesas de Margot. Convocadas las señales, los rastros que lleva el viento parido desde la luz de una luciérnaga maga. Alumbrar los momentos idos desde el más allá de la memoria en la cuna primera: el barrio de Boedo.

Y en la vereda de esta línea se hace presente la sonrisa de Bombón. Muchacho simple de lavoro silente. Usa pocas palabras. Repite: Bombón, quizá porque es como le dicen en su casa, o tal vez la repite porque aprendió que significa saludo cariñoso. En la vereda de sábado, mesas y sillas al sol. Reunión de escritores en Margot. Bombón adelanta su mano de pedir monedas. Las recibe. Pero ahora mismo mueve el brazo. Indica final. Terminado. No acepta más. No hay manera de que acepte una sola más. Ocurre hoy en la vereda, y sabido es que su “basta” también ocurre en el Margot profundo. Bombón saluda con su mano. Sonríe. Camina hasta su carrito de plástico verde donde junta diarios viejos y latas vacías de gaseosa. El carrito estacionado sobre Boedo. Camina la avenida. Se aleja. Bombón trabaja todo el día. Bombón en aquella mañana de sábado, presencia que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

Veo los primeros números del periódico Desde Boedo sobre “La mesa de soñar” en Margot. Rubén Derlis me presenta en este preciso momento de la escritura al hacedor del periódico: Mario Bellocchio. Regreso. Rescate. De vuelta a contemplar aquel inicio de amistad. Corrían tiempos de encrucijada cuando el encuentro. Corren tiempos de encrucijada cuando este ensayo de poema circule entre lectores. Rubén y Mario invitaban a la escritura. Ser colaborador de Desde Boedo. Aquella oportunidad y distinción de ayer, sigue siendo.

Estamos sentados a una mesa. Nadie puede siquiera sospechar lo que está a punto de ocurrir en Margot. El Tata Cedrón brilla de alegría. Me dice: Escuchá, escuchá. Es un pibe con juguete nuevo. Pura emoción. Una hoja en su mano. Lee, tararea, sueña su canto. Una letra: Palabras sin importancia de Homero Manzi. Letra que nunca tuvo música. En manos del Tata la dejó Acho, hijo de Homero. Ofrenda para la música del Tata. Ofrenda ocurrida durante una caminata por Colombres, México, Boedo. Transcurre la media mañana sobre la mesa. Soy testigo. Tiempos de compartir el barrio con el Tata. Amigos de café, comida en casa, tinto y sobremesa. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

El poeta lunfa, el Profe Ricardo De Biase, acaba de sentarse a “La mesa de soñar”. Transcurre la charla y las miradas por el ventanal que da a Boedo. Una mujer –que hoy nubla su nombre– es la tercera presencia en la mesa. El Profe acaba de quejarse de su alimentación precaria. Vive solo. Un bohemio. Viene desde otra Buenos Aires. Ella pregunta si come pollo. Para decir más claro, el Profe retira la pipa de su boca, y pronuncia doctoral: No, pollo comen los suicidas. Luego hace silencio, como si estuviera procesando la próxima línea de un poema, y concluye: Los pollos, cuando tienen hambre,  se comen entre ellos, no hacen nada, no caminan, no cogen, un asco. Sigo escribiendo sobre aquella escena que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Pasan los años, y la escritura continúa. Además de las bondades de un poema de fantasmagoría, me digo, es también cierto que en el velorio del Profe supe que no era él a quien veía en el ataúd. Se cerró la tapa a unos metros de San Juan y Boedo. Pero en eterno mientras tanto el Profe sigue de pipa y sabihonda filosofía en Margot.

Distintos Margot transitan el río del poema que habla de aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. La vida pasa veloz como avenida. Sobre la susodicha velocidad se descubren hombres jugando el rol de los susodichos pollos. En esta encrucijada, siempre presente la oportunidad, el llamado de los adoquines del pasaje. El pasaje como pausa y toma de consciencia. Como elogio de la lentitud. Un regreso a la memoria. Volver. Regreso a Margot. Rescate mutuo desde tantos aislamientos.

 

Edgardo Lois / Agosto 2021 / Buenos Aires

 

 

 

 

 

 

Share via
Copy link
Powered by Social Snap