En nombre de la muerte
Un veterano militar que conoció en Malvinas la devastación de la guerra, y que más tarde, ya jefe del Ejército, hizo pública su autocrítica sobre la última dictadura, reiteraba en cada reportaje que concedió, que la guerra, “es el renunciamiento a las escasas pretensiones de la humanidad”. El general Martín Balza lo vivió en carne propia. Las guerras, cualquiera sea su origen y justificación, son brutales; exterminan y desnaturalizan a tal punto que alteran el orden de la vida: en las guerras son los padres quienes entierran a sus hijos, nada más conmocionante.
Cuando el siglo pasado puso de manifiesto el cenit de la barbarie que culminó con dos bombas atómicas arrojadas por los Estados Unidos en Japón, la Guerra Fría abrió nuevos conflictos bélicos que mezclaron preconceptos ideológicos con intereses económicos inconfesables. Hoy, el octogenario inquilino (prepotentemente propietario) de la Casa Blanca, impone un nuevo tiempo de delirio belicista a la par de la expansión colonialista que lo muestra ante el planeta como “dueño del mundo libre”. Altanero, soberbio, impune gracias a su poder original y sospechado de corruptelas y perversiones espantosas, fue definido como un “neoemperador decadente rodeado de evangelios de odio”. La precisa caracterización pertenece a Jorge Alemán quien, en su Columba de Página/12 se preguntó: “¿Merecería la humanidad occidental llegar a estar en manos de ancianos sádicos?”.
La ambición supremacista de Donald Trump (que no tiene dique de contención), lo coloca en el lugar más ignominioso de la historia, un espacio que cubrirá con creces y que sólo queda reservado a los déspotas sin remedio. Pero hay algo más grave que nos toca de lleno a los desprevenidos argentinos: la obtusa, cipaya alineación del gobierno mal llamado “libertario” con los Estados Unidos e Israel. El delirio enfermizo y desequilibrado de Milei, con sus acciones de entrega ideológica y material, rifando nuestra soberanía, nuestros recursos naturales y nuestra dignidad como Nación soberana, pone al país en serio riesgo de represalias al insistir en respaldar -incondicionalmente- el desenfreno bélico contra el gobierno teocrático de Irán y la ofensiva en el resto de Oriente Medio perpetrada por Washington y Tel Aviv, manchados con sangre ajena. Más aún. El pasado 9 de marzo en Nueva York, frente a un nutrido auditorio, en la universidad judía Yeshivá, el mandatario criollo espetó: “Estoy orgulloso de ser el presidente más sionista del mundo”, y de inmediato coronó la bravata: “Irán es el enemigo y vamos a ganar la guerra”. Recibió una ovación. Nada es gratuito en un mundo siempre a tiro de venganzas, porque el planeta, parafraseando a Serrat, “está en manos de un puñado de locos con carnet”, comenzando con Trump y continuando con el ultrafascista Netanyahu. Hoy parece que la humanidad que ha perdido el rumbo de la razón. Los yankis imponen, la Argentina obedece… de rodillas. En nombre de la muerte se pretende aleccionar sobre las bondades de la vida. Vaya incongruencia. Como decían los uniformados torturadores en las mazmorras de la última dictadura: “esta guerra la libramos para ganar la paz”. Lo que no aclaraban los asesinos es que, esa “paz”, no era otra que la que imponen los cementerios, o las profundidades del mar. Así se suman el genocidio en la Franja de Gaza, el asedio sobre Irán, y por estos pagos del “patio Trasero”, el golpe artero en Venezuela y la bota sobre la cabeza de Cuba, México, Colombia y Nicaragua… por ahora. Mientras tanto, la Argentina rifa a pasos acelerados su tradición diplomática neutralista. La memoria no tan lejana nos debe poner en alerta.
Cuando irresponsablemente el menemato neoliberal, arropado con un toque de curioso peronismo deshilachado, se involucró obediente ante el país del Norte, volaron por el aire la embajada de Israel primero, y poco más tarde, la mutual judía, con un saldo de muertos, heridos, destrucción y agraviante impunidad. La historia nos demanda responsabilidad. No se puede tolerar que el pasado vuelva, dramáticamente, sobre sus pasos enjugados en pavor. “La deshumanización, aunque es un hecho histórico concreto, no es un destino dado sino el resultado de un orden injusto que engendra violencia en los opresores, lo que a su vez deshumaniza a los oprimidos”, advirtió el recordado educador brasileño Paulo Feire en su tratado “Pedagogía del Oprimido”. Cada uno supo del otro, pero es probable que nunca se hayan cruzado. Freire contaba con 35 años cuando Albert Einstein dejaba este mundo en 1955. “El hombre se enfría más de prisa que el planeta que habita”, reflexionó el padre de la física moderna, y seguramente el gran educador carioca habrá coincidido. Cambian las herramientas, se modernizan y se adecuan los métodos, pero ayer y hoy la deshumanización parece responder a las necesidades brutales de los poderes fácticos. Guerrear, invadir, dominar, controlar y dirigir en nombre del saqueo, las hambrunas infamantes y la muerte. Es el mundo del absurdo. Cuánta razón tenía John Lennon: “la vida es eso que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes”. Salvo que un desconsiderado misil, impulsado por el brutalismo dominante, concluya abruptamente con tus sueños. En medio de tamaño disloque, algo contiene una certeza de a puño: hay cosas que se saben cómo empiezan, pero no como acaban. ¿Será de Dios?
