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Cuando conocimos la tele

Hace 70 años, el 17 de octubre de 1951, se realizaba la primera transmisión de Canal 7. Mario Bellocchio

Hace 70 años, un miércoles 17 de octubre de 1951 se realizaba la primera transmisión de LS82 TV Canal 7 – Buenos Aires – Argentina identificada como LR3 Radio Belgrano TV porque de esa emisora provenían los equipos adquiridos por sus propietarios –Jaime Yankelevich y Enrique Telémaco Susini, pioneros de la radiotelefonía– en EEUU en la importante suma –y más en aquellos tiempos– de 26 millones de dólares. El conjunto técnico incluía las primeras cámaras Dumont y los nuevos equipos de transmisión Standard Electric.

Una ciudad aún desprovista de televisores en los hogares recibía con asombro al nuevo medio a través de receptores ubicados en las vidrieras que exhibían electrodomésticos del centro de Buenos Aires.

Se eligió para el corte de cintas la transmisión del “Día de la lealtad popular” –el 17 de octubre de 1951– desde la Plaza de Mayo. La voz de “estamos en el aire” se pudo escuchar a las doce del mediodía cuando un par de cámaras instaladas sobre los techos del Banco Nación reflejaron las imágenes de la Plaza y se regodearon con los paneos sobre la catarata de pueblo que llegaba a la fiesta, las palmeras y las fuentes. Hubo que esperar hasta las cinco de la tarde para que Perón y Evita se asomaran al balcón de la Casa Rosada y dirigieran la palabra a los trabajadores. Fue un día muy especial. Por la tele y por Evita –ya muy enferma que fallecería meses después– que retornaba a los actos públicos.

 

 

Apenas un mes después de este acontecimiento inaugural, la tele daría otro paso en nuestro entrañable Gasómetro de Avenida La Plata. El 18 de noviembre de 1951 se enfrentan San Lorenzo y River por el torneo local y Canal 7 pone sus cámaras y transmite el encuentro en “vivo” –no podía ser de otra manera ante la inexistencia del video tape– y en “directo”, agregaría Héctor Ricardo García veinte años más tarde. Por ahora, decía “Desde Boedo” Nº 2 de noviembre de 2001: “el interrogante por ese ómnibus sin ventanillas que lleva la leyenda ‘Canal 7 TV’ se reduce al tumulto curioso a su alrededor, antes del ingreso” (…) “Ernesto Beltri, (…) aun se siente extraño relatando el encuentro, la imagen pondría en evidencia cualquier equivocación, no está tan a salvo como en su habitual trabajo radiofónico”.       

“’Si su piloto no es Aguamar, no es impermeable, se lo puedo asegurar…’”. Entretiempo. La pasión se va al vestuario personal y da lugar a la observación del entorno. Recién entonces la mayoría vocinglera –en la pausa– repara en las tres cajas con lentes, paradas sobre trípodes, cuyo único referente conocido –por aspecto– son las cámaras de los fotógrafos de plaza.

Lo están televisando –comenta un hincha a otro–. Y le cuesta modular el término, sorprendido por el comienzo deportivo de un medio que a partir de ese momento pasaría a formar parte insoslayable de nuestra vida diaria”.

“Para la estadística queda un penal de Basso a Labruna que Vernazza se encarga de convertir en empate. Pitazo final, curiosidad de los que pasan cerca del desarme de las cámaras Dumont y la paradoja de conocer esos ‘sofisticados’ equipos antes que al propio televisor, un elemento aun vinculado a hogares pudientes, vidrieras de comercio céntrico o comedias de Hollywood”.

“Se acabó el fútbol. El regreso con la ‘depre’ del atardecer dominguero. Los de River por Mármol, los Santos por avenida La Plata, van camino a sumergirse en casas sin televisor”.

“Aquí en Boedo es domingo 18 de noviembre de 1951”.

Los setenta años de la tele y los veinte de nuestro periódico barrial al unísono.

En 1956, la “fusiladora” ya había despachado a su primer líder –Lonardi– prontamente sustituido por Aramburu, y ese Canal 7 que un par de años antes había pasado brevemente por manos privadas1 ya era, para siempre, del Estado Nacional y ponía en el aire un programa que haría historia: “Odol pregunta”. Lo singular de este recuerdo es que mi compañero desde la primaria, Juan Carlos Villareal, tenía a su papá vinculado a la producción de esos catafalcos llamados televisores, aquellos enormes aparatos a válvulas –que pesaban una “tonelada”– con sus consabidos tubos de rayos catódicos. Juan Carlos era en esa época compañero de 4º año nacional en el Colegio Urquiza de Flores y un mediodía, al salir de clases, me formula un insólito pedido: –tenemos un televisor en casa…, ¿me ayudás a orientar la antena y nos vemosOdol pregunta”? –¿Cómo? –Lo que oís: el viejo trajo un Capehart.

Juan Carlos y yo 51 años después en la celebración de los 50 años de egresados del Urquiza (2007)

Además de compañeros éramos vecinos de Parque Chacabuco, yo en Emilio Mitre y él en el pasaje Del Comercio, casi Zuviría (un par de cuadras) así que emprendimos la tarea con indisimulado entusiasmo y mientras don Villarreal padre asumía los riesgos de altura con la orientación de la antena Juan Carlos me pasaba la información de imagen frente a la tele y yo desde el patio le retrasmitía al papá: –gire un poco a la izquierda. ¡No, no, vuelva para atrás de a poquito… –¿Ahí? –Ahí está bien, déjela ahí. Este diálogo, obviamente, es un resumen simplificado de lo trabajoso que era lograr la dirección justa de nuestra antena casera que debía tener –idealmente– visión directa con la antena del canal en el edificio de Obras Públicas en la 9 de Julio –cosa posible en aquellos tiempos sin tantas torres– para que la visión fuera correcta. La mala orientación implicaba duplicaciones indeseadas llamadas “fantasmas” o desenfoques de la imagen. Lo esencial es que ese atardecer pudimos ver una muy buena imagen –para esa precaria TV– de Carlos D’Agostino conduciendo “Odol”, faltaba un par de años para que Cacho Fontana pusiera su “minuto Odol en el aire” y estampara el sello verbal indeleble de su “con seguridad” ante una buena respuesta.

 

 

 

Las imágenes contrastadas de aquella televisión no tenían en los aparatos los automatismos que hoy conocemos: el ancho y la altura de la pantalla se regulaban manualmente con la ayuda de un chart de ajuste que la emisora ponía en pantalla al principio de la transmisión –todo con el “masomenímetro” como instrumento imprescindible– y, normalmente, alguna falla de sincronismo momentánea de la transmisión generaba el “desenganche” –vertical u horizontal– de la imagen que había que estabilizar con las perillas de control, amén de los consabidos brillo y contraste. El control remoto solo lo imaginaba Chester Gould, el dibujante de Dick Tracy, así que a ponerse de pie y corregir el defecto con la salvedad de que el cambiador de canales era todavía una perilla inútil que tardó cuatro años más en ponerse en funciones con la aparición del 9, el 13 y el 11, en ese orden.

“Veinte cincuenta a jefatura, se identificaba Booderick Crawford en ‘Patrulla de caminos'”: la casa de los Villareal iba a ser mi hogar del neotelevidente, no soñaba aún que años más tarde, me incorporaría a ese nuevo medio de comunicación como camarógrafo y luego director, por más de treinta años.

 

(1) En 1954 el gobierno de Juan Perón otorgó la licencia a la Editorial Haynes –propietaria del diario “El Mundo”– mediante el Decreto 17.959, hasta que la Revolución Libertadora anuló las adjudicaciones en 1955 mediante el Decreto Ley 170.

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