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Cerrar los ojos, abrir el alma, patear Boedo

La cuestión es simplemente dar “una vuelta”. Y sigue la marcha sin necesidad de cerrar los ojos para imaginar que Pugliese camina por Castro Barros en una de sus vueltas casi diarias. Tito Vaccaro

Es muy temprano para volver a casa. A caminar un poco. Al final del trayecto mirará en el celular la cantidad de metros recorridos y si consumó el número de pasos que recomiendan los agentes de la salud y el buen vivir. Se le ocurre, entonces, calcular las distancias transitadas a lo largo del tiempo en sus vueltas por el barrio. Reconoce lo absurdo del intento, desecha la idea y pasa a interrogarse  sobre el hábito de circular una y mil veces por las  mismas calles. Busca los motivos  de repetir itinerarios que, a pesar de los cambios edilicios, mantienen para él los mismos colores, los mismos aromas,  las mismas sensaciones.

 Le gusta andar por andar. Donde sea. Pero hay algo –o mucho– que distingue sus marchas por la zona propia. Son muy diferentes a las realizadas por el resto de Buenos Aires o, inclusive, por otras ciudades del país o aún más lejanas. Tal vez necesita íntimos recuerdos que fortalezcan su espíritu. O  las transformaciones del barrio no son tan pronunciadas. ¿No será, acaso, una aprensiva resistencia a aceptar que ya nada es igual?  La cuestión no es tan sencilla. Sabe que “cambia, todo cambia”, aunque no está de acuerdo con la sentencia de Machado –sacralizada por Serrat–: “al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”. Está convencido –porque le ocurre– que mirar el pasado facilita experiencias solo accesibles en el reino de la evocación. Y considera a la aventura evocativa como un ejercicio que, lejos de anclar en el pasado, habilita a desempeñarse mejor en nuevos escenarios.

Él sigue con su filosofía barata mientras “patea” por el barrio. No se cansa de observar a uno y otro lado. Le parece escuchar a su abuela, que una tarde lluviosa, en un castellano enmarañado, le habló del recurso que usaba para recordar su pueblo. Había nacido en una aldea de Sicilia a la que nunca pudo volver. Partió a los diecisiete años rumbo a América, más precisamente hacia una modesta pieza de la calle Muñiz, para trasladarse más tarde con Don Vincenzo hasta acá nomás, a Agrelo y Castro. Terreno largo, construcción sacrificada, casa grande para parir una familia de leyenda que aún sigue venerando su memoria. Aquella tarde, la matrona de mirada celeste reveló que si cerraba los ojos recordaba mejor el chaleco de su padre, la fuente de la plaza de Mistretta y la plantación de olivos sobre el monte. En el patio del fondo, dijo que con los párpados apretados lograba oler el tomate de la salsa y sentir que con la punta de los dedos acariciaba a las ovejas que dormían en la parte baja de la vivienda.

De allí viene la costumbre del Flaco de entornar los ojos en algunos momentos. Son sólo fracciones de segundos. Ahora lo hace delante del supermercado, y en la pantalla imaginaria ve el cine Los Andes pegado a la pizzería San Lorenzo. Poco después, el restaurante de la esquina es reemplazado por el Bazar Dos Mundos. Más adelante, la casa remodelada es sustituida por el consultorio del Dr. Pingas, la heladería actual se oculta detrás del local de  A los Grandes Visires y la histórica farmacia resurge para disolver la cervecería recién inaugurada.

Últimamente pasea más satisfecho que nunca. No necesariamente en soledad. Gozó cuando, apenas superadas las restricciones de la pandemia, volvió a recorrer la Avenida. Fue con Mario. en la primera excursión después de meses de aislamiento.  Y esa tarde de sol, luego del cafecito en la vereda, la travesía les devolvió las sonrisas suspendidas, alentadas por un  paseo distinto, mezcla de nuevo descubrimiento y alegre liberación.

Estos días son frecuentes sus caminatas en yunta con Daniel, ese amigo-hermano con quien viene paseando por la vida desde el secundario. Se entienden sin decir palabras, pero igual no paran de hablar mientras marchan. Se conocieron cuando los teléfonos tenían características de dos cifras y hoy  para dar una vuelta se citan por whatsapp (!).

Solo o acompañado. Antes o ahora. La cuestión es simplemente dar “una vuelta”. Y sigue la marcha sin necesidad de cerrar los ojos para imaginar que Pugliese camina por Castro Barros en una de sus vueltas casi diarias, ni para ver a Osvaldo Miranda desplegar elegancia por el centro. Las vueltas le dan vueltas en la cabeza. Floreal Ruiz le canta Por la Vuelta, María Elena Walsh le susurra “Ánimo nos daremos a cada paso”, las chicas de Girondo pasean tomadas del brazo para recibir piropos y se acuerda que a los quince años invitó a Isabel a dar una vuelta por la Avenida Mayor.

Ya el viaje está por terminar. Objetivo a punto de ser cumplido. Como señala Edgardo Scott en su exquisito libro Caminantes, “… ir a dar una vuelta, eso es pasear…, en el sentido mismo de la marcha está incluido el retorno, volver al inicio, al punto de partida… Se da una vuelta y, justamente se vuelve. ¿Se vuelve, se regresa igual o distinto?”.

Llega a la esquina de su casa y, ya que está, vuelve a Serrat para transitar los últimos metros de veredaCanta en voz baja: “De vez en cuando la vida…, nos pasea por las calles…, y uno es feliz como un niño…, cuando sale de la escuela”.

Mira la pantalla del celular. Hizo menos pasos que los previstos. Mañana agregará dos cuadras al recorrido. O no. El frío del invierno se hace sentir. Claro que, para entibiar el camino, el barrio siempre está.

Como el sol.

 

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