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Aquellos postes de parada

  • Quien no fue mujer / ni trabajador / piensa que el de ayer / fue un tiempo mejor. 
  • (María Elena Walsh. “Orquesta de señoritas”)
  •  Mario Bellocchio

Hubo un tiempo en que viajar en transporte público, sobre todo en lo que ahora llamamos “horas pico”, se trataba de una verdadera lucha cuerpo a cuerpo no apta para mujeres, ancianos y niños. Aún subsisten en ciertos horarios de los subtes remedos de aquellos combates, solo comparables en el hacinamiento. Pero aquello del “colgado” de trenes, tranvías, buses y colectivos, esa arracimada aventura de suicidas, ha pasado a la épica de los recuerdos de un pasado solo comparable al de los célebres aquelarres de los trenes de la India.

Allá a fines de la década de 1940, al municipio porteño se le ocurrió que algo había que hacer al respecto o, cuando menos, ocuparse de ordenar el ascenso a los vehículos de transporte hasta entonces en manos de los avivados de siempre que hacían abuso de destreza física para imponerla sobre los más débiles y treparse al transporte, sin respetar orden de llegada alguno, a la pesca de un mejor lugar interior o la ignota quimera de un asiento.

Así que, en acuerdo con el Automóvil Club Argentino, comenzaron a instalar en zonas céntricas unos novedosos postes de parada que, a la vez que informaban sobre el medio de transporte que se detenía en ese lugar, ordenaban en filas indicadas con flechitas a las personas que aguardaban viajar, por riguroso orden de llegada.

La especie se agregaba a los ya existentes octógonos amarillos(1) con una “P” negra que señalaban, pendientes de los cables tranviarios, el lugar de detención del tramway, generalmente esperado sobre los “descansos” centrales de las avenidas –por entonces con una abrumadora mayoría de doble mano, Boedo, por ejemplo–. Claro que estos vistosos chapones no contaban con información de línea ni la imperativa disposición de “forme fila”, así que…, a la llegada del “bondi”, arreglate con el tumulto.

La cuestión es que los porteños recibimos complacidos la aparición de los “postes” y nos autoeducamos en respetar el orden de llegada a través de la fila de espera sin desdeñar la galantería de ceder la posición a las damas, actitud frecuentemente acompañada del pícaro interés de contemplar, desde mejor ángulo, la siempre atractiva trepada de la señorita al transporte de marras.

Rubén Derlis, nuestro querido poeta, conserva de una época posterior –marzo de 1963–, cuando ya los postes se habían diseminado por los barrios, una fotografía que se hizo tomar con su cámara –recuerda– una Balda, modelo Baldessa, de origen alemán, aún sin fotómetro incorporado, aguardando la llegada del 127 en la esquina de Castro Barros y Agrelo, luciendo la figura de sus 25 años, cavilando, quizás, aún, entre pintura –su primer arte– y poesía. Tal vez, en tiempos en que ya llevaba publicados sus poemarios, Tonos neutros (1959), Aries doce (1961), El signo de tu vuelo (1962) y sus 7 poemas verticales (1963), sólo estuviera pergeñando el próximo: Sed natural de 1965. O quizá su vuelo se atreviera a otear un futuro donde pudiera contemplar esta foto en un periódico barrial, casi 60 años después.

El célebre “poste” acumula una anécdota personal que data de mis 13 a 16 años –1963 a 1966–, sin precisión. Eran años de corsos en vigencia y disfraces carnavaleros y a mí se me ocurrió disfrazarme…, de “poste de parada”, aprovechando la plena vigencia del adminículo. Así que lo primero fue ir a revolverle a Gabela –el almacenero del barrio– su depósito de cajas de cartón corrugado, en busca de una con forma de prisma alargado, tal como el poste. Y luego a hacerle lo que hoy llamaríamos el “ploteo” –la “P”, el número, los textos, el logo del ACA–. Las aberturas para los ojos y los recortes para el calzado de la caja sobre los hombros terminaron la confección con algunos detalles que me pusieron a salvo de la asfixia. Mis amigos del barrio(2) me acompañaron en el hallazgo y haciendo el modesto rol de partenaires formaban, disfrazados, una fila detrás de mí simulando las “colas” de espera mientras coreaban alguna consigna murguera. Agotado el muestreo barrial, tomamos el colectivo 7 y nos vinimos al Corso de Boedo(3) donde recogimos aplausos y fuimos invitados a subir al palco en Boedo y San Ignacio –creo recordar–. De lo que sí estoy seguro es de la ovación que recibimos cuando hicimos nuestro remedo de fila colectivera sobre las tablas de Boedo.

Pocos años después –por los 70’s– los postes de madera comenzaron a ser desplazados por otro tipo de señalética más lejos del alcance de los depredadores que por ese entonces habían destruído, cortaplumas mediante, la información de los postes, sustituyéndolas por vanidades varias de orden amatorio, futbolístico o político según el dominante de la “tara” del improvisado “ebanista”.

Cierto es, sin embargo, que aquellos postes de madera cumplieron largamente su cometido poniendo orden en el caótico mundo de la espera del transporte. Hoy, medio siglo después de aquella implantación de señal vial, aún no se ha logrado suplirla con uniformidad y eficacia en “toda” la ciudad, como parece ser la larretiana norma de desdeñar a los barrios.

Y la mayoría de las veces, la precaria información sobre el medio de transporte que se detiene en determinado lugar hay que buscarla, mimetizada, en un trozo de polietileno impreso abrazado a un metálico poste de luz.

 

(1). Acota Rubén Derlis:  “Estimado Mario, las chapas octogonales amarillas con letra “P” negra, son de  una segunda época; yo recuerdo las primeras, también octogonales, pero blancas con la “P” negra. Aún me parece ver la que había en Quintino Bocayuva y Agrelo, indicando que ahí había parada; en este caso de los tranvías 30 cuyo destino final era Puente Saavedra y 84 que terminaba en Villa del Parque y hacia allí se dirigían. También en esa esquina paraba  el 90 (de la compañia Lacroze), pero para el tiempo de las chapas amarillas ya no corría”.

(2) Señala Daniel Verdaguer, uno de los amigos disfrazados que hacían fila detrás de mí: “No lo sé explicar filosóficamente… Pero si sé que lo viví intensamente y con mucha alegría. Me parece que fui disfrazado de mujer… No lo recuerdo con precisión porque era demasiado vulgar… No requería imaginación…”

(3) Daniel piensa que también fuimos al corso de Nazca en el colectivo 134 y lo subraya con : “recuerdo que a pocas cuadras estaba la casa de pastas de mis tíos.., cerca de Nazca y Marcos Sastre”.

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