Una mente brillante*

John Nash: un genio entre la cima y el abismo. Uriel Mettler 

Hace cinco años –el 23 de mayo de 2015– fallecía, víctima de un accidente de tránsito, John Nash, uno de los cerebros más potentes del siglo XX.

Perspicaz e intuitivo, tuvo la capacidad de comprender las cuestiones más abstrusas de las matemáticas. En 1994, por su contribución a la teoría de juegos, ganó el Premio Nobel de Economía. Heterodoxo y arrogante, su capacidad intelectual le permitió desentrañar los problemas más oscuros y complejos de la naturaleza. Pocos hombres escalaron tan alto las cimas del saber humano como Nash. Sin embargo, una temprana esquizofrenia enturbió imprevistamente su cerebro, cambiando para siempre el eje de su vida.

John Forbes Nash nació el 13 de junio de 1928, en Bluefield, Estados Unidos. Fue un niño precoz y solitario. Jugaba poco con sus pares porque prefería abocarse a la lectura y la experimentación científica. Pese a su inteligencia superior, al principio le fue mal en la escuela. Se distraía seguido, aunque después empezó a destacarse: “Me encontré manejando cifras mucho más largas que el resto de los estudiantes (…)”. Por esa época logró añadir una nueva demostración al pequeño teorema de Fermat, tal como en su momento lo habían hecho Euler, Leibniz  y Gauss.

En la adolescencia, Nash no cambia mucho su forma de ser. Disfruta haciendo experimentos en el sótano de su casa, donde había montado con unos amigos un precario laboratorio. Pero la aventura científica termina imprevistamente cuando la explosión de un artefacto mata a uno de ellos (Herman Kirschner).

A los 17 años publica su primer artículo científico en coautoría con su padre, un ingeniero en eléctricidad que se llama igual que él. Al tiempo gana una beca y entra a la Universidad Carnegie Mellon, en Pittsburgh. Quiere estudiar ingeniería, aunque se termina inclinando por las matemáticas. En Carnegie Mellon consigue añadir una nueva demostración al teorema fundamental del álgebra de Gauss.

Aún no se ha recibido, cuando las Universidades de Harvard y  de Princeton lo tientan para sumarse a sus filas. Se incorpora a Princeton, llevando una carta de recomendación que brevemente dice: “es un genio matemático”.

El ambiente en Princeton es absorbente y de alta presión. Allí se encuentran grandes figuras como Albert Einstein, John von Neumann y Robert Oppenheimer. Nash se siente a gusto en ese ambiente, aunque se muestra arrogante y discute con los profesores. Todos los problemas matemáticos le parecen obvios y triviales.

En Princeton, se entusiasma con el Backgammon y el Go, dos juegos de estrategias que lo acercan hacia la teoría de juegos (un campo de la matemática aplicada que busca una racionalización de los conflictos de intereses). Profundizando en este campo, cuestiona las ideas planteadas y en 1950 presenta su tesis: Juegos no cooperativos. Un trabajo breve, de 27 páginas, que revoluciona la teoría de juegos y la teoría económica. Nash aplica la teoría formulada por Von Neumann a situaciones nuevas, vinculadas con conflictos y ganancias. Dice que una partida concluye cuando cada jugador elige su mejor respuesta a la estrategia de sus adversarios. Este es el famoso “equilibrio de Nash”.

Por esa época comienza la guerra con Corea. Nash, que hace poco se ha incorporado a trabajar a la RAND, una corporación dedicada a la investigación militar, evita ir al frente moviendo sus contactos.

Con buen criterio aceptan que es más útil usando el cerebro que empuñando el fusil. En 1951, con apenas 23 años, se incorpora como profesor auxiliar en la Facultad de Matemáticas del MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts). Sus pares lo apodan el “profesor niño”.

Pero no todo es matemática en la vida de John Nash. En 1952 se pone de novio con Eleanor Stier, una joven enfermera con la que tiene un hijo (John David Stier) del cual se desentiende. La relación no prospera y en 1957 se casa con una ex alumna: Alicia Lardé Lopez-Harrison. Aunque ya tiene un hijo corren los rumores de que es homosexual. Esta imputación, negada enfáticamente por él, más una acusación de exhibicionismo, determinan su expulsión de la RAND. Son los tiempos nefastos de la doctrina McCarthy, en la que se persigue a comunistas y homosexuales.

En 1956 vuelve a Princeton, donde se adentra como desafío personal en el problema 19 de la lista de Hilbert, unos de los más difíciles de resolver.

Al final descubre la solución, aunque comprarte la paternidad del descubrimiento con un italiano que se le había adelantado. Esto afecta severamente su ego. A partir de allí Nash se obsesiona con demostrar su talento. Se adentra en la hipótesis de Riemann: el problema más importante de las matemáticas (aún sin resolver), pero la esquizofrenia, que ya empieza a corroer su mente, le impide seguir trabajando. Tiene 30 años y su carrera se frena en seco.

Los síntomas se agravan. Empieza a escuchar voces que le dicen que es una pieza clave para la paz mundial y que sería nombrado embajador de la Antártida.

A principios de 1959 lo internan, contra su voluntad, en el hospital McLean. Fue diagnosticado con esquizofrenia paranoide. Le surgen ideas alocadas e irracionales como que recibe mensajes cifrados de extraterrestres. Sin embargo Nash se las toma en serio: “Porque las ideas sobre seres sobrenaturales vinieron a mí de la misma forma que las ideas matemáticas. Por eso las tomé en serio”.

Fue dado de alta en mayo de 1959, una semana después del nacimiento de su segundo hijo, John,  quien también sería matemático y esquizofrénico. Salió del hospital pero no estaba curado. Pasa años terribles y es internado varias veces. Sin embargo tiene intervalos de lucidez.  “A comienzos de la década de los sesenta entré y salí de varias clínicas mentales pero, igualmente, en los períodos que estuve fuera hice trabajos matemáticos que fueron aceptados para su publicación”.

En 1970, vuelve a vivir con Alicia, en Princeton. Se habían divorciado ocho años antes pero ella lo vuelve a aceptar. Es prácticamente un fantasma: deambula por los pasillos de la universidad juntando colillas de cigarrillo o mendigando dinero.

Se permite su presencia por respeto a su pasado. Sus trabajos, que habían tomado relevancia, son citados por matemáticos y economistas, aunque nadie sabe a ciencia cierta si Nash está vivo o muerto. Ha desaparecido de todos los congresos y encuentros científicos.

Durante casi treinta años la enfermedad hizo estragos en una de las cabezas más potentes de la historia. Recién logra recuperarse a principios de los noventa, aunque él no lo ve así: “Yo no me siento recuperado sino puedo producir cosas buenas en mi trabajo”. Allí retoma contacto con sus amigos y colegas que se asombran por su mejoría. También aprovecha para volver a casarse –en 2001– con su ex esposa, Alicia Harrison. A partir de su propia enfermedad y la de su hijo,  emprende una cruzada para integrar a los enfermos mentales a la sociedad.

Luego de su recuperación recibe dos premios muy importantes. En 1994, el Nobel de Economía, y en 2015 el Premio Abel (el “Nobel” de las matemáticas), para el que viaja especialmente a Noruega.

Justamente al regresar de ese viaje, ya en EEUU, sufre un accidente de tránsito el 23 de mayo de 2015, que termina con su vida y la de su esposa. John Nash tenía 86 años. Fue uno de los cerebros más potentes del siglo XX. Escaló las cimas más altas del saber humano, pero también  se hundió en los abismos más profundos de la locura.

 

(*) En 2001 se conoció el film norteamericano de Ron Howard “Una mente brillante” (título original “A Beautiful Mind”) que describía la azarosa vida de John Nash protagonizado por Russell Crowe.