Los zapatos y el arte

Escribe: Zeta*
Paula fue, el martes, a ver el recital de Roger Waters** en el Estadio Único de La Plata. Ella tiene 24 años y lo vivió con una fortísima conmoción.

Su conmoción, claro, me estremece, puesto que no puedo dejar de pensar en la brecha generacional entre ambos. Me contó, esa misma noche, cuando apenas comenzaba a despuntar la madrugada, el modo en que impactaron en su exquisita sensibilidad algunas —en especial— de entre el puñado de gemas que este británico inoxidable regaló en la inolvidable noche del 6 de noviembre. En particular se detuvo en Comfortably numb, pues sabe lo mucho que me gusta.

Como banda soporte tocaron Puel Kona un grupo musical mapuche que mezcla su lengua originaria con el español

Antes me había transmitido su incomodidad y una cierta extrañeza, cuando frente a la mención a Santiago Maldonado que hizo la banda mapuche Puel Kona, algunos chiflaron y repudiaron.

Luego, por curiosidad (y no solo…) leí la crónica que hizo Clarín del recital. Se la compartí a Paula y ella me dijo «excepto por el nombre de los temas —que coinciden— el que escribe la nota estuvo en otro recital; o es un canalla». A mí me llamó la atención un párrafo: “Otra vez Roger abre los brazos y la gente lo aplaude, porque –sí– todo se le festeja a él. Todo. Desde los aciertos hasta las patinadas, sobre todo si le toca hablar de política —algo que aquí no puntualizó a nivel local— luego de vérsela muy fea en Brasil al criticar a Bolsonaro y comerse una histórica abucheada en San Pablo. Zapatero a tus zapatos”.

No tanto y no solo por el periodista (aunque también, claro), sino por lo que viene a expresar.

He visto reflejado en otros artículos este episodio (pues comprenderán que no podía darle crédito al periodista de Clarín…). Y eso me ha estremecido casi tanto como el relato de Paula.

Y es que no puedo dejar de pensarla como una manifestación dramática de las capas de superficialidad que teje el neoliberalismo en esta etapa, y de las consecuencias devastadoras de la anti política. Una “vieja” sentada al lado de Paula (qué se le va a hacer, eso somos para les jóvenes) era parte de la galería de “reprobadores” de cualquier mención “política”, mientras compartía con elles la mirada húmeda de la emoción incontenible que le provocaban temas como The great gig in the sky, Time, Breath o, claro, Comfortably numb.

Es decir que alguien, una persona con quien nos encontramos en un recital (¡de Pink Floyd!), que ha llegado allí por una sensibilidad común, por los modos misteriosos en que el arte entreteje redes de identificación, de empatía, de emociones compartidas, de encuentro, de fuerza, alguien, decía, que se sienta y advierte que, a su lado, hay una muchacha de apenas 24 años que está allí temblando de la misma conmoción, que canta con ella casi todas las canciones, ese alguien que además se encuentra en el recital de una de las bandas de rock más politizadas de un género popular con más de sesenta años de historia, ese alguien se indigna cuando la muchacha, y otres miles, se manifiestan repudiando aquello que lastima lo más humano de estos tiempos (in)humanos.

¿Qué implica esa ruptura dramática, esa negación del devenir evidente entre la obra y “lo que pasa y lo que ocurre”, para decirlo mentando a Miguel Hernández?

En la era del capitalismo ilimitado, y de su presente infinito, el mecanismo de deshistorización y la anti política calan hondo, y la estetización ¿absoluta? rompe las posibilidades de cualquier reflexión… Estamos en el interior de un tiempo en el que, en la corteza colonizada de su subjetividad, alguien defiende a Bolsonaro y, de manera inseparable, en la profundidad de su humanidad sensible, se emociona con Roger Waters…

El problema es serio.

Hemos pensado otras veces, y lo hemos compartido de modos diversos, que la rebelión social madura siempre de manera invisible, teje redes en la sociedad profunda, resiste en los modos más inesperados, amasa los dientes apretados, la rabia intacta, la esperanza zurcida con lágrimas de dolor, el tiempo por venir.

Esta vez, esa tarea irrenunciable nos exige esfuerzos descomunales. Y, creo, nos reclama, además, la voluntad manifiesta de contribuir a la reparación de los tejidos sociales ajados, rotos, por esta andanada impiadosa… y, para eso, creo (también) que la conversación es indispensable. Tal vez por eso (entre otras tantas razones) les conviene tanto (y la agitan sin descanso) la permanencia y aun la profundización de la grieta…

Conversar es una aventura… un desafío sensible e intelectual (en el sentido noble de esa mala palabra)… el reto de construir una lengua que no será ni la tuya ni la mía, pero que esté entre nosotres y que, por eso, queremos habitar, para que nos acomune y comience así a establecer los presupuestos de un camino común…

Una lengua que les permita comprender, de manera no contingente, a la vieja y a la muchacha que el zapato que les duele a ambas les duele por lo mismo y es imprescindible que se encuentren para luchar contra eso. Construyendo razones comunes, y una fuerza mayor, invencible, puesto que se nutre de una sensibilidad amasada en la belleza, en el amor, en el arte como ventana de los mejores sueños soterrados.

Tengo —ahora— la sensación de que, cuando nos conquistemos eso, quizás empecemos a recuperarlo todo.

 

[*] Zeta es el seudónimo de Carlos Zelarayán, director de UNDAV Ediciones (Universidad Nacional de Avellaneda). Paula, aunque el autor no lo mencione en la nota, quizá con el loable propósito de no interponer el afecto, es su hija.

[**] Roger Waters (Surrey, Reino Unido; 6 de septiembre de 1943) es un músico, compositor, cantante y activista británico. Es conocido por ser uno de los fundadores y miembro del grupo musical Pink Floyd, convirtiéndose tras la marcha de Syd Barrett en el compositor conceptual de la banda.

Las fotografías son de Infobae.

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