Historia de Boedo

El Grupo de Boedo: mito fundacional

1. El cine en Boedo (La historia de las salas barriales en un barrio pionero)

2. La antigua estación Vail (Estaba en el predio donde hoy se ha inaugurado la plaza Mariano Boedo)

3. Los 97 años de los “Forzosos” (Los primeros pasos de San Lorenzo de Almagro)

4. Cuando Boedo era la General Paz (La protohistoria de Boedo)

5. Los 39 años de Boedo (De cuando Boedo fue oficialmente un barrio)

**********************************************************************************

 

El Grupo de Boedo: mito fundacional

Todo barrio tiene sus mitos fundacionales, no siempre coincidentes con los hechos de su historia, y son estos mitos los que en forma decisoria definen su identidad en el imaginario popular.[1] Pompeya nació alrededor de la curtiembre de Luppi y Villa Crespo en torno a la Fábrica Nacional de Calzado, pero Pompeya es también -en gran parte- la imagen poética que nos legó Homero Manzi y Villa Crespo es el conventillo de la Paloma de Vacarezza; Palermo fue la residencia de Juan Manuel de Rosas y la barriada de Evaristo Carriego, pero asimismo ha perdurado la imaginería de la “mitología de puñales” borgesiana. Podrían ser muchos los ejemplos en que el arte y la literatura -o el tango, otro gran creador de mitos- se han superpuesto o amalgamado con la realidad histórica para configurar un pasado con el que se referencia el porteño. Pero existen dos barrios en que el fenómeno artístico asume un rasgo identitario tan fuerte como el propio club de fútbol local: La Boca y Boedo: Boca Juniors y el movimiento plástico en el primer caso, San Lorenzo de Almagro y el llamado “Grupo de Boedo” en el segundo. Pero, al menos en el barrio que nos ocupa, ¿qué determina que a más de ochenta años un grupo literario aún siga concitando tanta atención y adhesión, que grupos artísticos actuales se referencien o reclamen su filiación en el mismo, o invoquen su nombre como marca de identidad? Veamos los hechos.

Elías Castelnuovo "Tinieblas" - Elías Castelnuovo Leónidas Barletta "Los pobres" de Barletta Alvaro Yunque "Versos de la calle" - Alvaro Yunque Roberto Mariani "Cuentos de la oficina" - Roberto Mariani Castelnuovo, Barletta, Yunque y Mariani flanqueados por sus obras

Allá por la década de 1920 un alemán llamado Francisco Munner abrió un negocio de cigarrería, librería y papelería en la avenida Boedo 841 en cuya trastienda se fue formando una tertulia de escritores, plásticos y gente de teatro vinculada de una u otra forma al barrio En los fondos del mismo edificio, entrando por la puerta del 837/39, estaba afincado Manuel Lorenzo Rañó, un impresor gallego, por lo que cuando Munner decidió publicar una colección de libros baratos titulada Las Grandes Obras, la sociedad surgió naturalmente.[2] Con un precio de veinte centavos de la época y frecuencia semanal, los cuadernillos se vendieron por millares llegando a editar, entre 1922 y 1924, 89 títulos con nombres fundamentales de la literatura universal, del pensamiento anarquista como es el caso de Miguel Bakunin, Pedro Kropotkin, Pietro Gori, Rafael Barrett, Alberto Ghiraldo o Alfredo Bianchi, publicando asimismo algunos trabajos los jóvenes Leónidas Barletta, Juan Pedro Calou, Elías Castelnuovo y Nicolás Olivari.

César Tiempo "Versos de una..." - Clara Beter (César Tiempo) Enrique Amorim "Tangarupá" - Enrique Amorim Lorenzo Stanchina Oliverio Girondo Antonio Zamora Manuel Lorenzo Rañó César Tiempo firmando como Clara Beter y su obra “Versos de una…”; Enrique Amorim y su “Tangarupá”; Lorenzo Stanchina, Oliverio Girondo, Antonio Zamora y Manuel Lorenzo Rañó.

Por el mismo tiempo un muchacho andaluz de origen muy humilde, Antonio Zamora, que se desempeñaba en el periódico La Montaña y Daniel C. Rosa, encargado de la revista del diario Crítica, encaraban una empresa de similar espíritu al fundar, el 30 de enero de 1922, la Cooperativa Editorial Claridad. El nombre traslucía la filiación socialista de Zamora -la empresa fue auspiciada por Juan B. Justo, Alfredo Palacios y Mario Bravo, entre otras personalidades del Partido- y había sido tomado del movimiento intelectual francés Clarté, orientado por Henri Barbusse. La iniciativa era totalmente original en nuestro medio, pues no se trataba de una editorial más sino que su objetivo, como apunta una reciente investigación, era “(…) pedagógico-político. Zamora postulaba que una editorial no debía ser una empresa comercial, sino una especie de universidad popular, es decir, su propósito radicaba, en consonancia con los proyectos culturales y políticos anarquistas y socialistas, en ‘culturalizar’ a los sectores populares y obreros con escasas posibilidades de inserción en el campo educativo argentino”.[3] Al mes de fundada, Claridad comenzó a publicar Los Pensadores. Publicación semanal de obras selectas que alcanzaría los cien números con títulos tan heterogéneos como La moral religiosa de Voltaire, El ABC del comunismo de Nicolás Bujarin, El derecho a la pereza de Paul Laffargue, El progreso de Herbert Spencer, etc., u obras literarias de Máximo Gorki, Anatole France y Leónidas Andreiev junto a autores nacionales como Juan Palazzo, Evaristo Carriego y Estanislao del Campo. Con un formato de 16 por 22 centímetros, 32 páginas y un costo de 20 centavos, la colección llegó a tirar 5.000 ejemplares por número lo que da una pauta del importante y ávido nicho de lectores, hoy quizá impensable. En sus comienzos, la administración de la editorial tuvo sede en Sarmiento 1546, imprimiendo en el Taller Gráfico La Internacional de Independencia 4168-70 -donde Rodolfo Ghioldi y Aníbal Aberini publicaban la revista homónima-, mudándose más tarde a Rivadavia 1779 -con impresión en Entre Ríos 126- y, para 1924, a los fondos del edificio de Boedo 837 donde se había instalado, a principios de dicho año, la redacción de la revista Dínamo, a la que sucedió Extrema Izquierda, “revista de crítica” sin director, animada por Castelnuovo, Barletta, Lorenzo Stanchina, Álvaro Yunque, Roberto Mariani y Nicolás Olivari entre otros.[4]

Las versiones sobre la constitución del Grupo de Boedo como tal son dispares, tanto por parte de la crítica como de sus diversos integrantes que terminaron distanciados: difieren en cuanto a quiénes integraron el grupo en sus distintos momentos, cuáles publicaciones se pueden considerar “orgánicas” del mismo, etc. Pero en cuanto a los hechos concretos solamente Castelnuovo ha dado reiteradamente una versión pormenorizada, quizá errada en algún detalle pero creemos que veraz en lo sustancial: “(…) el diario La Montaña organizó un concurso de cuentos y poesía, cosa muy rara en esa época. Corría el año 1922 y a mí me distinguieron con el primer premio (…) El concurso de La Montaña ayudó a la formación del grupo de Boedo. El segundo premio lo obtuvo Manuel Rojas, chileno, el tercero Leónidas Barletta y el cuarto Roberto Mariani. Lo cierto es que entre nosotros nos desconocíamos totalmente hasta el punto que yo ignoraba que el linotipista que trabajaba en la otra máquina y que era Manuel Rojas había participado en el concurso (…) Nicolás Olivari me escribió; había leído Notas de un literato naturalista y lo halló tan bueno que me mandó una carta alentadora. Le contesté sugiriéndole que nos reuniéramos para hacer algo juntos. Yo a mi vez había leído un libro de cuentos que me impresionó muchísimo, de un tal Lorenzo Stanchina y dio la casualidad de que fuera amigo de Nicolás Olivari. El grupo se integró y desembocamos en un conventillo de Boedo al 800 donde tenían una imprenta muy grande y cuyo dueño era Lorenzo Rañó. Allí mismo funcionaba la editorial Victoria que después pasé a dirigir. En ese mismo inquilinato poco después se fundó Claridad cuyo propietario era Antonio Zamora y, en el cuarto de enfrente, funcionaba Peñas de Francisco Munner. O sea que disponíamos de tres aparatos de difusión ya que las tres editoriales eran importantes y teníamos la ventaja de reunirnos allí mismo”.[5]

El premio al que se refiere Castelnuovo fue conferido a su colección de cuentos Tinieblas, publicado por la Editorial Tognolini en 1923, que al año siguiente ganaría el Primer Premio Municipal e inauguraría la serie Los Nuevos de Claridad, integrada hasta 1927 por Malditos, también de Castelnuovo, Versos de la calle de Álvaro Yunque, Los pobres de Leónidas Barletta, Cuentos de la oficina de Roberto Mariani, Tangarupá del uruguayo Enrique Amorim, Versos de una… de Clara Beter (seudónimo de César Tiempo, o sea Israel Zeitlin), Los bestias de Abel Rodríguez, Desventurados de Juan I. Cendoya y Miseria de Quinta Edición de Alberto Pinetta, colección que, como se puede apreciar, definía la posición estética e ideológica del movimiento. Las afinidades con esta posición impulsaron, seguramente, a Antonio Zamora a replantear Los Pensadores a partir del número 101 de diciembre de 1924, cuyo subtítulo “Publicación de Obras Selectas” se convierte en “Revista de selección ilustrada, arte, crítica y literatura” convocando para ello a sus jóvenes vecinos de edificio. Bajo esta denominación publicará 22 números hasta junio de 1926 con la colaboración casi permanente de Barletta y Castelnuovo y, en menor medida, de Yunque, César Tiempo, Gustavo Riccio, Roberto Mariani, Juan I. Cendoya, Abel Rodríguez, Juan Lazarte, Herminia Brumana, José Salas Subirat y Julio Barcos entre otros, a la vez que las ilustraciones y tapas corren por cuenta de Vigo, Facio Hebecquer y José Arato. Aún menor es la participación de Enrique Amorim, con dos participaciones, de Nicolás Olivari y de Roberto Arlt, con un trabajo cada uno.

Mientras tanto, la empresa editorial prosperaba y en agosto de 1925 se traslada al barrio de Constitución, en Garay 1402, aunque seguía imprimiendo en los talleres de Independencia 3531-35 para finalmente, en agosto de 1927 adquirir su edificio propio en San José 1641 donde perdurará hasta su extinción.

La “polémica” de Boedo y Florida

"Florida": reunión en la casa de Victoria Ocampo

Mucho se ha hablado y escrito de la polémica entre los grupos Florida y Boedo. Excedería este espacio profundizar sobre el tema, que ha sido exhaustivamente investigado en el trabajo de Candiano y Peralta que ya hemos citado, pero cabe consignar el origen del grupo de Florida en la aparición en 1922 de la revista Proa, fundada por Ricardo Güiraldes, y en 1924 del periódico Martín Fierro dirigido por Evar Méndez. En ambas publicaciones de vanguardia -literaria y artística- colaboraron nombres después muy conocidos como Jorge Luis Borges, Conrado Nalé Roxlo, Leopoldo Marechal, los hermanos González Tuñón, entre otros, y los plásticos Norah Borges, Alfredo Guttero, Diego Rivera, Clemente Orozco, etc. Como recuerda Raúl González Tuñón, “(…) se llamó de Florida a nuestro movimiento porque la redacción del periódico funcionaba en un vetusto caserón de la calle Tucumán, casi esquina Florida, y se llamó de Boedo al grupo opuesto porque la imprenta del editor de los boedistas estaba situada en el barrio de ese nombre (…)”.[6] En esta diferencia geográfica se ha querido simplificar el antagonismo, encasillando a los integrantes de Florida en una especie de “aristocracia” mientras que los de Boedo eran “proletarios” y algo de eso había, pues estos últimos eran, en su mayoría, de extracción humilde como recuerda Castelnuovo: “El hecho de que Boedo tomase como materia prima de sus inquietudes espirituales a la clase trabajadora, no se debió puramente a una determinación estética, sino a que la mayoría de sus componentes procedían de esa clase, y trabajaban o habían trabajado manualmente hasta esa fecha. Así, por ejemplo, Agustín Riganelli era tallista; Roberto Arlt, gomero; Nicolás Olivari, peón de almacén; César Tiempo, repartidor de soda; Roberto Mariani, oficinista (…) Abraham R. Vigo, José Portogalo y Antonio Gil, pintores de paredes; y Manuel Rojas, en el momento de ser premiado conmigo en el concurso organizado por ‘La Montaña’, ocupaba una plaza de linotipista en la editorial donde yo ocupaba otra (…)”.[7] Agreguemos que Barletta, por esos tiempos, era apuntador en el puerto para redondear un panorama que contribuye a desmentir algunas leyendas: los integrantes del Grupo no sólo no eran habitantes del barrio sino que tampoco frecuentaban -salvo accidentalmente- sus cafés y bodegones. No configuraron una “bohemia” ni fueron habitués de “peñas” tanto por razones ideológicas -la izquierda anarquista no era amiga de cenáculos literarios- como por motivos más prosaicos: debían levantarse muy temprano para concurrir a sus conchabos.

El humor de la rivalidad Boedo-Florida Nº 1 del periódico "Martín Fierro"
Humor sobre la rivalidad y la primera edición de la revista “Martín Fierro”

A esta extracción social podemos agregar que, como dijo el pintor y escritor Rodrigo Bonome refiriéndose a los Artistas del Pueblo, movimiento artístico profundamente vinculado a los “boedistas”, del que hablaremos más adelante: “Lo que tenemos que acordarnos cuando hablamos de este grupo tan coherente, tan cohesivo de artistas, es que en aquel entonces, cuando comenzó este movimiento en esta calle, en este sector de la ciudad, Parque de los Patricios-Boedo, hacía muy poco que se había producido la Revolución Rusa (…) Se soñaba con la Revolución Social; ya se venía soñando a raíz de un movimiento anárquico que había tenido cierta facilidad para expandirse en ciertos sectores obreristas de nuestra ciudad. Ese movimiento que ya estaba un poquitito alentado por los anarquistas, por aquellos anarquistas románticos y líricos, no tan tirabombas como decían los diarios de la época (…) ese anarquismo romántico que arracimaba a poetas como Alberto Ghiraldo, José de Maturana y otra serie de líricos, de poetas y de artistas, hacía forzosamente al modo de sentir y de hacer de este grupo, precisamente en esta barriada eminentemente obrera y proletaria (…) Pensemos también, aparte de la Revolución Rusa, que la guerra había terminado en 1918 y que todavía teníamos que sufrir nosotros una serie de ramalazos a consecuencia de aquella situación tan descorazonadora que estaba viviendo Europa. Lo cierto es que allí se produjo ese sentido eminentemente social que tienen los grabados de Vigo, de Facio Hebecquer, en pintura Arato, la pintura también de Vigo y Facio y en cierta medida el ‘Amargado’, ‘Madre proletaria’, ‘Madre del Pueblo’ de Riganelli (…) Ya ven Uds. que había un sentido, una idea, no se trataba de hacer plástica porque sí, no tenemos que olvidar nosotros que lo que dio nacimiento a este grupo o a esta pintura o a este movimiento de Boedo, fue una intencionada ubicación de los artistas en la extrema izquierda”.[8]

Álvaro Yunque, el escritor boedista que mereció, ya en la ancianidad, que la dictadura militar quemase sus libros para niños completa la caracterización: “Inteligentes, bulliciosos, audaces, ¿qué separaba a los jóvenes de esos bandos? Lo que ha separado siempre a todos los escritores: que los de Boedo querían transformar el mundo y los de Florida se conformaban con transformar la literatura. Aquellos eran ‘revolucionarios’. Estos eran ‘vanguardistas’ (…) Artísticamente, ¿de dónde provenían los jóvenes de Florida? De Francia, que es de donde han llegado a América sus mayores inquietudes artísticas, desde el romanticismo en adelante, y de los ‘vanguardismos’ artísticos de la postguerra, los que llevaron hasta el paroxismo la fórmula del ‘arte por el arte’. Los de Boedo venían de Rusia, y no sólo de sus literatos, Tolstoy y Dostoievsky en primer término, Gorki, Chejov, Gogol, Andreiev, Kuprin, Korolenko…, sino también de sus ideólogos: Bakunin y Kropotkin. Y de Marx y Engels. También de Rafael Barrett y González Prada. Esto sin negar la influencia que los franceses ejercían sobre todos (…) En cuanto a cultura: los de Florida seguramente la poseían más extensa e intensa, desde un ángulo exclusivamente literario. No habían perdido su tiempo en mítines, ni en sindicatos, ni en comités, ni en la biblioteca del Partido Socialista encendiéndose la sangre con los libros de la biblioteca Blanca Sempere (…)”.[9]

Sin embargo, la frontera entre ambos grupos siempre fue permeable y el encasillamiento de algunos artistas en alguno de ellos es un esquematismo que poco responde a la realidad. Roberto Arlt, como los hermanos González Tuñón, especialmente Raúl, pertenecieron a Florida y produjeron obras de profundo contenido social -revulsivo, el primero- y política; Leopoldo Marechal, de firme convicción nacionalista católica, evolucionó al peronismo y apoyó a la Revolución Cubana, etc. Los de Florida se alinearon con Pettoruti cuando su primera exposición en la Argentina, en 1924, es recibida con escándalo y cobijaron a la Escuela de París que debió regresar de esa ciudad en 1930, al cancelar la dictadura de Uriburu las becas de estudio, con nombres como Antonio Berni, Raquel Forner, Horacio Butler, Raúl Soldi, etc. Pero también admiraban el muralismo mexicano de Rivera, Orozco y Siqueiros pues estaban, en cierto modo, abiertos a todas las vanguardias y tuvieron que ver con los subsiguientes movimientos artísticos innovadores en lo formal mientras los boedistas, más tradicionalistas en el mismo aspecto, “realistas” y figurativos en el campo plástico, desarrollarán un arte esencialmente social y político que tendrá más tarde seguidores en el realismo crítico de Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino y Carlos Alonso y en el Grupo Espartaco.

 

El Grupo de Boedo y los Artistas del Pueblo

Adolfo Bellocq Agustín Riganelli Abraham Vigo (Autorretrato) Adolfo Bellocq, Agustín Riganelli, Guillermo Facio Hebequer y Abraham Vigo

El movimiento “boedista”, como ya hemos señalado y contrariamente a la percepción general, no fue exclusivamente literario, sino que tuvo su correlato plástico en el grupo de los Artistas del Pueblo cuyo origen puede fijarse hacia1912, cuando un grupo de estudiantes de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes comenzó a reunirse en el taller que dos de ellos habían instalado en Patricios y Pedro de Mendoza, en el deslinde de Barracas y La Boca. Guillermo Facio Hebequer y José Torre Revello eran los anfitriones de esas tertulias en la que se contaban Abraham Vigo, Adolfo Bellocq, José y Octavio Fioravanti, Florencio Sturla, José Arato, Santiago Palazzo y Agustín Riganelli. Pronto el grupo daría que hablar: en 1914 Vigo, Arato, Palazzo, Sturla y Riganelli participan en la Comisión Organizadora de la “Primera Exposición de obras recusadas en el Salón Nacional” y en 1918, con otros artistas como el boquense Santiago Stagnaro, fundan la Sociedad Nacional de Artistas, Pintores y Escultores, de carácter gremial y fuerte oposición al “arte oficial”. Años más tarde, dirá al respecto Facio Hebequer: “En 1918 tomamos parte activa en el movimiento revolucionario que creó la Sociedad Nacional de Artistas. Hasta esa fecha habíamos vivido en el puerto, en íntima vinculación con los obreros que lo poblaban. Habitábamos en los mismos casuchones sucios e inhospitalarios y comíamos en los mismos figones inmundos. Frente a ese mundo doloroso del trabajo y la miseria social se hizo luz en nosotros: el artista, sensibilidad privilegiada, no tenía derecho a cerrar sus ojos ante aquella realidad terrible que vivíamos (…) Algo había superior a la plástica y al arte y ese algo era la criatura humana. Nada nos apartó ya del camino (…)”.[10]

Abraham Vigo - "Resistencia" (xilografía de la Serie Antibélica), 1953

Abraham Vigo – “Resistencia” (xilografía de la Serie Antibélica), 1953

Ese mismo año, fallecido Palazzo en 1916, el llamado Grupo de Barracas y luego Grupo de los Cinco (por Vigo, Facio, Arato, Bellocq y Riganelli) produjo otro acontecimiento al inaugurar el “Primer Salón Nacional de Artistas Independientes sin jurados y sin premios”, con la participación de 31 artistas, y comienzan a publicar artículos como grupo en el periódico de izquierda La Montaña, mientras Facio traslada su taller al barrio de Parque de los Patricios, en La Rioja 1861 -entre Brasil y Garro-, taller que pronto se convirtió en una especie de “peña” artística, a la que concurrían no sólo los integrantes del Grupo sino también Quinquela Martín, el músico Juan de Dios Filiberto, el joven Enrique Santos Discépolo y los escritores Juan Palazzo -hermano del fallecido Santiago-, Enrique González Tuñón, Gustavo Riccio y Elías Castelnuovo.[11] La comunión de ideas y proyectos entrecruzó en la siguiente década a los dos grupos, el literario y el plástico, y las publicaciones Los Pensadores, Claridad, Izquierda contaron con su colaboración de Facio, Riganelli y especialmente de Abraham Vigo que desarrollará a lo largo de los años una vasta obra como ilustrador, innovadora en el campo del diseño gráfico, tanto en estas publicaciones como en Bandera Proletaria, periódico de la Unión Sindical Argentina.[12]

 

El Grupo de Boedo y el Teatro Libre

"Atorrante" - Oleo sobre tela de José Arato

“Atorrante” – Oleo sobre tela de José Arato

En 1927 los grupos de Boedo y de los Cinco, que alguien había dado ya en llamar Artistas del Pueblo, iniciaron una nueva experiencia al participar en la fundación del primer teatro independiente de la Argentina, Teatro Libre, cuya comisión directiva estaba formada por Octavio Palazzolo -ex Director Artístico del teatro Sarmiento- en idénticas funciones, Leónidas Barletta como Secretario y Facio Hebecquer como Tesorero, siendo Vocales Elías Castelnuovo, Álvaro Yunque, Abraham Vigo, Augusto Gandolfi Herrero (Juan Guijarro) y el actor Héctor Ugazio. Publicaron, incluso, el primer número de una revista de igual nombre en el mes de agosto, pero el alejamiento de Ugazio y Palazzolo dejó en suspenso los proyectos que, sin embargo, cristalizaron el 27 de julio del siguiente año cuando, ahora con el nombre de Teatro Experimental de Arte (T.E.A.) ponen en escena en el teatro Ideal la obra de Castelnuovo En nombre de Cristo con la compañía de Angelina Pagano. La tarea escenográfica de Vigo, después de la primera experiencia ya referida, continuó en los siguientes años tanto en T.E.A. como en el primer Teatro del Pueblo fundado por Leónidas Barletta (1931-32) y el Teatro Proletario (1933), con puestas en escena en los teatros Liceo y Marconi y dirección de Ricardo Passano (padre). Precisamente con el Teatro Proletario pusieron en escena el drama Hinkemann de Ernst Toller en el Marconi a mediados de 1933, obra que “bajó de cartel” por la intervención de la policía, terminando actores y director presos. La concepción escenográfica de Vigo, alejada del naturalismo hasta entonces imperante y muy cercana al expresionismo, causó un gran impacto tanto en las puestas como en la Exposición de maquetas y escenografías que realizó -la primera en América- en 1928 en Los Amigos del Arte, muestra que se repetirá en 1933, 1936 y 1937 en diferentes salones e influirá en el lenguaje escenográfico de las siguientes generaciones.

"Calle Corrientes" - Facio Hebequer - Litografía-c 1925

“Calle Corrientes” – Facio Hebequer – Litografía-c 1925

Desencuentros y dispersión del Grupo de Boedo

Contra lo que en algunos casos se ha presumido, si bien los miembros del Grupo tenían afinidades ideológicas éstas no eran homogéneas, reflejando la dispersión de posiciones existente en el movimiento obrero y la izquierda. El Partido Socialista había sufrido su primer desgajamiento a partir del III Congreso de 1917, en torno a la posición ante la guerra mundial, con una corriente encabezada por José Penelón, el chileno Luis Recabarren, Aldo Cantoni y Juan Ferlini a los que pronto se agregarán Rodolfo Ghioldi, Victorio Codovilla y en 1918 fundarán el Partido Socialista Internacional -luego Partido Comunista- cuyo órgano de prensa fue la ya mencionada La Internacional bajo la dirección de Penelón. Sin embargo, la joven agrupación pronto registraría disensiones internas que llevarían a escisiones en 1922, 1925 y 1928. En cuanto a la corriente anarquista, por entonces mayoritaria en los medios obreros, a las ya existentes divisiones desde el Congreso de 1915, reflejadas en la existencia de dos FORA (Federación Obrera Regional Argentina) -una denominada del Vº Congreso o anarco-comunista y otra del IXª Congreso o anarco-sindicalista- se sumó, en el ánimo y posicionamiento de obreros y militantes, el impacto de la Revolución Rusa a cuyos defensores se dio en llamar anarco-bolcheviques. A esta atomización debemos sumar las graves derrotas políticas y sociales sufridas por el movimiento obrero a raíz de las masacres de la Semana Trágica de 1919, la Patagonia (1921) y el Chaco (1922) y la permanente persecución legal y policial para vislumbrar el amplio y áspero debate que se desarrolló durante la década de 1920 y que se vio reflejado en la militancia cultural.

Los miembros del Grupo de Boedo -como ya se ha dicho- eran afines en su mayoría a las posiciones del anarquismo en sus diversas corrientes -como se refleja en los índices de sus publicaciones y la selección de autores-, pero el Grupo en sí mismo no era “orgánico” de ninguna de ellas, por lo que las diferentes posiciones de sus miembros no tardaron en aflorar, especialmente a partir de la mencionada conversión de Los Pensadores en Claridad, publicación ésta última que paulatinamente se irá convirtiendo en un órgano del Partido Socialista. Ya en junio de 1925 un sector de “boedistas” confluyó con miembros de la ya desaparecida Acción de Arte[13] en la fundación de la revista La Campana de Palo, que publicará seis números hasta diciembre de 1925 y en una segunda etapa, de noviembre de 1926 a octubre de 1927, otros once números.[14] Su redacción estaba ubicada en Perú 1553, lindera a la de La Protesta con puerta en el 1557, y desarrolló una permanente crítica tanto a Florida como a Boedo, del que se diferenciaba en particular en sus ataques a la Unión Soviética. Si bien no consignaba director ni redactores o colaboradores, es posible establecer algunos de sus integrantes a través de las notas firmadas, destacándose entre otros Chiabra Acosta, el músico Juan Carlos Paz, Gustavo Riccio, Israel Zeitlin (César Tiempo), Luis Emilio Soto, Luis Falcini y Álvaro Yunque, que para algunos investigadores fue el inspirador y conductor de la revista.

Adolfo Bellocq - xilografía

Adolfo Bellocq – xilografía

Claridad, como está dicho, fue escenario desde sus primeros números de un fuerte debate sobre las posiciones del Partido Socialista y, a lo largo de 1927, fue aumentando la colaboración de personalidades del mismo en detrimento de los originales “boedistas” hasta la renuncia de Barletta a la secretaría de la publicación, el 15 de noviembre de 1927, con escándalo incluido. Si bien Claridad intentó minimizar el episodio indicando que era tan sólo un recambio de hombres -asumió el puesto vacante César Tiempo- la ruptura era definitiva, como lo demuestra la casi simultánea aparición de la revista Izquierda el 24 de noviembre, sugiriendo que era una decisión meditada y tomada con antelación. La publicación alcanzó a editar cuatro números, hasta abril de 1928, con la dirección de Elías Castelnuovo, redacción de Julio Barcos, Juan Lazarte, José Torralvo y Luis Di Filippo e ilustraciones de Abraham Vigo y Facio Hebecquer, colaborando Barletta en todos los números.

Si bien Izquierda no se reclamaba “boedista” es la publicación que rubrica la extinción del Grupo como tal. Sus integrantes seguirán sus caminos que, en algunos casos como los de Barletta, Yunque y Castelnuovo –sus mayores referentes-, se extenderán aun por cinco fecundas décadas, lo que puede explicar en cierto modo la incorrecta percepción de una larga perduración del Grupo. Desde abril de 1924, en que aparece el número único de Dínamo, y noviembre de 1927 transcurren apenas cuatro años, y tan sólo desde esa primera fecha hasta agosto de 1925 Los Pensadores y la editorial Claridad ocupan el local de Boedo 837, mudándose entonces definitivamente al barrio de Constitución. Entonces, como planteábamos al principio de esta nota, ¿cómo se transforma en mito fundacional boedense un grupo que sólo duró cuatro años, que sólo uno y medio estuvo radicado en Boedo y cuyos integrantes no eran del barrio ni paraban en él? Creemos que, en el campo intelectual, la mejor explicación es la que dan Candiano y Peralta en el sentido de que fue la primera experiencia de un movimiento cultural de izquierda, pero que a nivel del imaginario popular deberíamos agregar una serie de elementos vinculados a las dos décadas posteriores, en que una generación poética vinculada al tango y deudores en gran medida de la generación “boedista” –Homero Manzi, Cátulo Castillo, Julián Centeya y tantos otros- crearían una mitología de los barrios del sur que terminaría entroncando con el Grupo de Boedo en un único mito de origen, de mayor latitud y duración, cuyo análisis excedería estas páginas.

Diego Ruiz

 

Notas:


[1] Utilizamos el término mito en su significado de “relato” de origen o explicativo, con o sin base histórica comprobada, no en el más difundido, e incorrecto, de fantasía o falsedad.

[2] Ver Aníbal Lomba: De poetas, libros y libreros de Boedo, p. 23. El edificio aún subsiste y ostenta en su frente una placa alusiva de la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo. (Ver ilustración de cabecera de este artículo)

[3] Leonardo Candiano y Lucas Peralta: Boedo: Orígenes de una literatura militante, p. 81. Este trabajo es el estudio más completo y exhaustivo, nos atrevemos a decir insoslayable, realizado hasta la fecha sobre el Grupo Boedo y sus alrededores.

[4] Extrema Izquierda apareció entre agosto y diciembre de 1924 alcanzando a publicar tres números. Ver Washington Pereyra: La Prensa Literaria Argentina 1890-1974. Tomo II: “Los años rebeldes 1920-1929”. Aclaran Candiano y Peralta que en abril de 1924 también apareció un número único de Dínamo, revista dirigida por Castelnuovo, Barletta y Stanchina, que podría ser considerado un antecedente de Extrema Izquierda y de la constitución del Grupo.

[5] Reportaje a Elías Castelnuovo en Aunarte. Cooperativa de Trabajo Artístico. Buenos Aires, enero-febrero de 1982.

[6] Raúl González Tuñón: La literatura resplandeciente. Buenos Aires, Boedo-Silbalba, 1976. Recogido en “Crónica de Florida y Boedo. Informe de un actor y testigo”, p. 14.

[7] Elías Castelnuovo: Memorias, p. 122. Acotemos que muchos años después los integrantes del Grupo Espartaco, Ricardo Carpani, Mario Mollari y Juan Manuel Sánchez también se dedicarían, en su juventud, a pintar casas y departamentos.

[8] Rodrigo Bonome en una Mesa Redonda realizada en la Cooperativa Monteagudo en 1973 en el marco de una exposición homenaje a los Artistas del Pueblo, con la participación del profesor Francisco Corti, el escenógrafo Saulo Benavente y los escritores Raúl González Tuñón, y José Murillo. Desgrabación de la misma en la Carpeta de recortes y artículos periodísticos propiedad de la familia Vigo.

[9] Álvaro Yunque, obra citada, p. 19 y ss. La Biblioteca Obrera se hallaba en Méjico 2076, al lado del local de la “Confederación Obrera” en el que se nucleaban múltiples Sociedades de Resistencia y el Centro Socialista Obrero.

[10]Facio Hebecquer, Guillermo: Autobiografía. Exposición retrospectiva en el Concejo Deliberante. Buenos Aires, 1935. Citado por Nelly Perazzo en: “El grabado en la Argentina (1920-1948)”, p. 145.

[11] En sus Memorias, Castelnuovo puntualiza que fue Vigo quien le permitió “(…) ampliar el círculo de mis amistades, pues él me puso en contacto con diversos grupos de artistas, especialmente con uno de filiación ácrata que se reunía en la casa de Guillermo Facio Hebecquer(…)”.

[12] Aún es posible encontrar en librerías de viejo de Buenos Aires títulos de las editoriales Claridad, Metrópolis o revistas El Hogar con ilustraciones del artista.

[13] Acción de Arte fue una publicación mensual, de aparición irregular, que publicó 18 números entre 1920 y 1921. Sin dirección reconocida fue sin embargo orientada por el peruano Alfredo Chiabra Acosta, cuyo seudónimo era “Atalaya” y tuvo por colaboradores, entre otros, a C. Muzio Sáenz Peña, Juan Palazzo y Ramón Gómez Cornet.

[14] Ver Candiano y Peralta, obra citada, p. 156 y ss.

———————————————————————————————————

 

1. El cine en Boedo

Desde los primeros pasos en que las proyecciones cinematográficas instalaron su seducción, Boedo contó con los ámbitos que supieron cautivar, aún más, a los cinéfilos.

(Artículo publicado en el Nº 57 de octubre de 2006)

Zarkov prepara su aeronave para desviar el aerolito que va a chocar contra la tierra. Flash Gordon y su novia Dale viajan con el científico y desembarcan en el planeta Mongo. Yo no podía entender que se llamara así un planeta ni que hubiera un villano tan villano como Ming. ¡Qué malas eran las maldades de Ming! Y Flash Gordon,  su víctima. O por lo menos eso aparentaba hasta la próxima semana, en que oblando otros diez centavos nos enteraríamos del desenlace de ese tramo de la historia.

¡Maní con chocolate, helaaados…!

La tele –¡qué paradoja!– sólo la conocíamos a través del cine, donde prolijas familias yankis disfrutaban de las imágenes que se veían en muebles mamotréticos con pantallas casi redondas.

En la magia de la sala oscura y las butacas reinaban: las seriadas, que te dejaban colgado con la intriga, el “continuado”, la “completa”, el “día de damas”…

El cine, desde sus comienzos, fascinaba a espectadores de toda edad –peligroso celuloide de por medio– con sus documentales o pequeñas historias dramatizadas por actores que más tenían de mimos por su necesaria mudez.

Del Boedo de comienzos del siglo XX se recuerdan las primeras experiencias: ¿serán las de “El Capuchino”? A Francisco Niers se le ocurrió que en su boliche de la calle Europa (hoy Carlos Calvo) 3621, por diez guitas, se pudiera disfrutar una función de cine y un capuchino. Años más tarde Juan Spíndola bautizaría a la sala como “Los Crisantemos”.

Por aquellos tiempos –¡tan en pañales el nuevo arte!– seguramente las experiencias amateurs de proyección deben de haber sido numerosas. Como la que se cuenta del pintoresco paisano Pedro Aranguren que, dicen, acostumbraba pasearse por el barrio en ropas típicas montando un pingo criollo. Lo cierto es que su fervor campero no le impedía estar al tanto de los avances técnicos con la aparición del nuevo medio. Así que instaló en los fondos de su casa –San Juan entre Castro Barros y Colombres– una habitación para proyección, cobrando un ingreso de diez centavos, a veces, al que podía.

Ya vendría la época de las salas con butacas y detalles de confort. Como el “Cine-teatro Boedo” (Boedo 949) que completa sus primeros dos años de existencia (1916-18) a pura proyección, carente de concreciones teatrales. El “Los Andes”, de Boedo 777, con las especiales características de su sala. El “Alegría”, en Boedo 875, luego “Select Boedo”, con su subsistente mascarón de payaso como corona edilicia (¿Frank Brown, Pepino el 88?). La particular historia del “Cine Mitre” (Boedo 937), luego un “Moderno” que nadie conocía por su modernidad sino por su fama –mala– con el mote de “La Piojera”, sólo habitado por mujeres… en la pantalla, donde, ni así, quedaban a salvo de un huevazo o el impacto de un maduro tomate.

Los cines de la periferia del barrio también tuvieron su protagonismo: el “Odeón II” en avenida La Plata 1782, contiguo al Viejo Gasómetro; el “Cóndor”, en su primitiva ubicación de avenida La Plata 754; el “Follies Boedo”, en Boedo 1941; el “Bristol Palace” de los hermanos Verri, en Independencia 3618; el “Del Plata”, en avenida La Plata y Carlos Calvo; el “Gran San Juan”, de San Juan 3246…

¡Maní con chocolate…,  helaaaados!

Allá por febrero de 1929 el constructor Vicente Rossi toma un par de fotografías del recién inaugurado “Cine Nilo” (Boedo 1063). Los carteles anuncian a Hobart Bosworth en “Corazones de roble”. La sala luce su espectacular estructura. El escenario, sus palcos, el telón tromp d’oeil haciéndonos creer sus pliegues y cordones y la coronación del grupo escultórico, a la postre, único sobreviviente de una depredación inútil que hoy flota sobre los electrodomésticos de Hiper-Rodó, lejos del acto inaugural de la Peña Pacha Camac celebrada en ese ámbito ante la carencia de espacio de la terraza del Biarritz.

Faltaría el ¿último? hito de esta historia: un espacio incorporado como sala que fue/es el de mayor dimensión. En noviembre de 1945 el “Gran Cine Cuyo” ilumina su pantalla por primera vez y va a constituirse en el representante de “estrenos simultáneos con el centro” hasta los últimos peldaños de su vida como sala de proyección. En mayo del 92 “Una rubia caída del cielo” y “Malas compañías” cerraron la última cartelera de su sala que continúa habilitada como templo Evangelista a cargo del pastor Cabrera. En tiempos muy recientes, fogoneados por la Junta barrial se hicieron funciones recordativas, reeditadas en estos días para deleite infantil con motivo de refirmar “El derecho del niño a jugar”.

De vez en cuando, en el barrio había “cine municipal”. Aparecía un camión con un vociferante muchacho que anunciaba “cine gratis” y por la noche se tendía un blanco telón y se convocaba allí a los vecinos, para asistir a ese simpático cine, que también pasó a ser un recuerdo. Rememora Diego A. del Pino en su “Ayer y hoy de Boedo”.

Con el respeto que nos merece tan prestigioso relator de nuestra historia barrial, vamos a tratar de desmentirlo. Que el recuerdo, como un rescoldo atizado a tiempo, reavive la llama del presente.

Con la intemperie y su encanto como entorno. El perfume de los paraísos, quizás una luna cómplice o –¡lagarto!– una amenaza de lluvia como riesgo. Una vecina mirando desde el balcón y más de un espectador con el termo y el mate. Que vuelva a rodar la pelota de trapo y resucite el centroforward para morir al amanecer.

En la cortada, nuevamente, el “cine municipal”, diría don Diego.

Mario Bellocchio

N. de la R.: En momentos de publicarse esta nota Baires Popular programó, a través de María Virginia Ameztoy, un ciclo de cine al aire libre en la cortada San Ignacio que, desdichadamente, tuvo que ser discontinuado en los años siguientes por los enormes problemas climáticos y técnicos que surgieron en esa temporada. El volante de la programación anunciaba: Baires Popular, Museo del cine Pablo Ducrós Hicken y CGP Cumunal 5 presentan “Cine en la cortada”. El ciclo de proyecciones cinematográficas se realizará los días viernes de octubre y noviembre a las ocho de la noche basado en dos temáticas: Futbol y Operas Prima de acuerdo a la siguiente programación:

CINE Y FUTBOL (Viernes de octubre a las 20hs) Viernes 6: Pelota de trapo, Dir.: Leopoldo Torres Ríos. Viernes 13: El crack, Dir.: José Martínez Suárez. Viernes 20: El centroforward murió al amanecer, Dir: René Mugica. Viernes 27: Fútbol Argentino, autor Osvaldo Bayer. Dir.: Víctor Dinenzon.

OPERAS PRIMA (Viernes de noviembre a las 20hs) Viernes 3: Un día de suerte, Dir.: Sandra Gugliotta. Viernes 10: Solo por hoy, Dir,: Diego Lerman Viernes 17: El descanso, Dir.: R.Moreno, U. Rosell y A. Tamborino. Viernes 24: Herencia. Dir.: Paula Hernández

FUENTES CONSULTADAS

*Diego A. del Pino; Ayer y hoy de Boedo;  Ediciones del Docente; octubre 1986.

*Silvestre Otazú; Boedo también tiene su historia; Papeles de Boedo; 2002.

*A. Lomba, A. N. Rodríguez; Manual histórico geográfico del barrio de Boedo; JEHBB; 1998.

FOTOGRAFIAS

(De arriba hacia abajo) Sala del cine “Nilo” (1929); frente del “Select Boedo” en la década de 1950; mascarón que aún permanece en lo alto del supermercado “Día” que perteneció al Select; Cine-teatro Boedo; cine Gral Mitre, luego Moderno, por los años 30 del siglo pasado; el cine Cuyo, su frente y la última cartelera, en mayo de 1992; y una función del “Cine en la cortada”.

******************************************************

2. La antigua estación Vail

(Artículo publicado en el Nº 46 de octubre de 2005)

El incierto destino del predio comprendido por Carlos Calvo, Estados Unidos, Sánchez de Loria y Virrey Liniers, ha renovado la vieja aspiración boedense de contar con un espacio verde inexistente hasta nuestros días. Haber estado vinculado al Boedo fundacional de los tranvías eléctricos, aquellos vehículos de propulsión no contaminante, abona el proyecto, igualmente ecológico, de una plaza en el lugar cuya historia inicial relatamos.

Ahí luce, para admiración de quienes terminan de transportarlo al lugar, el moderno tranvía imperial adquirido a la empresa norteamericana Brill & Co. Las jardineras y cucarachas(1) parecen amilanadas ante tanto despliegue técnico y estético: piso bajo cerrado con asientos de cedro a lo largo del vehículo, de espaldas a las ventanillas. Y piso superiordescubierto –al que se accede mediante una escalera por la parte de atrás del tranvía– que cuenta con un pequeño entoldado y bancos a lo largo, en el centro, espalda contra espalda. Es el primero que llega a la estación Liniers que, próxima a la avenida Boedo, ocupa la manzana delimitada por Europa (Carlos Calvo), Loria, Estados Unidos y Liniers. Irónicamente lleva el nombre de la única calle de la manzana a la que no tiene acceso por tratarse de un fragmento loteado para vivienda. Corren los primeros meses de 1897. Para fin de año, en diciembre, la primera línea eléctrica que tiene extensión de tal circulará desde Entre Ríos e Independencia hasta Plaza Flores. Y la Compañía “La Capital”, que había sido fundada por Wenceslao Villafañe el 20 de octubre de 1887, va a tener ese honor, resolviendo las enormes dificultades que toda innovación revolucionaria –como lo era la electrificación– debe soportar. Los temores vecinales de electrocución generan más de un conflicto que el ingeniero argentino Benito Juan Mallol, responsable de la instalación, debe resolver con destreza y capacidad afrontando los primeros problemas de un largo trayecto (cuanto más extensa es la línea y más lejos la usina, menos energía llega por la resistencia que absorbe el cable). Se introduce el sistema de alimentación por secciones –feeders– con los cables de alta tensión que circulan por el centro de las columnas. Cada sección alimentada en forma independiente, así se neutraliza la pérdida por distancia.

Para la inauguración faltan algunos meses todavía. Mientras tanto habrá que compartir espacio con los modestos tranvías a caballo, las caballerizas, los fardos de pasto y las áreas técnicas y de repostado de los enormes galpones que están allí desde fines del ’88, cuando la concesión de la línea “a Boedo” permitía viajar desde Plaza de Mayo por sólo 8 centavos.

Las tres alas lindantes con Loria (que se conservan en la actualidad) están, por ese entonces, dedicadas a la carga y descarga del transporte de carne. Hasta la propia mudanza de los Corrales de Parque de los Patricios a Nueva Chicago (Mataderos, Mercado de Hacienda de Liniers, 1º de mayo de 1901) que modifica el trayecto de las zorras(2), utilizará estos vehículos ylos puentesgrúa de la estación.

La compañía ya opera en manos de los ingleses con el nombre de “La Capital & Extensions” dirigida por Teodoro Vail. Años después, la estación cambia su nombre original –Liniers por Vail– para homenajear a su fallecido director.

El nuevo siglo comienza con la plenitud eléctrica de los imperiales y las zorras de “La Capital” cobijadas en la estación. Ya se ha abandonado el primitivismo de la tracción a sangre y la identificación por símbolos de las líneas (una estrella, la cruz de San Andrés). Un cartel en su parte delantera anuncia el destino final del recorrido. Para marzo de 1904 se adoptará el uso de letras (la F , a Flores; la M, a Mataderos…). Y exactamente dos años después, números de la decena del 40.

La red tranviaria de la ciudad es ya, para esos años, un entramado sólido en el que “La Capital” participa con sus líneas del 41 al 48: de Plaza de Mayo parten la 41 a la Boca, la 42 a Flores, la 43 a Europa y Av. La Plata, la 44 a Boedo e Independencia y la 46 a Parque de los Patricios. De ahí parte la 45 a Mataderos y la 47 a Puente Alsina. La 48 cubre el trayecto FloresMataderos.

Nuestra boedense estación recibe así la guarda y mantenimiento de los imperiales y algunos coches cerrados de la época de tracción a sangre usados como acoplado de los eléctricos.

En 1908, “La Gran Nacional” que tiene una de sus estaciones a unas pocas cuadras, en Boedo 750, adquiere “La Capital”. La estación Vail pasa brevemente a manos de esta enorme compañía que será a su vez absorbida al año siguiente por la poderosa “Anglo Argentina”, más que una constructora de líneas una gran compradora de los tendidos existentes. La Anglo, como se la conoce popularmente, es en realidad “The Anglo Argentine Tramways Company Ltd” fundada en Londres el 21 de diciembre de 1876 y termina siendo un pulpo acaparador entre cuyos tentáculos queda “nuestra” Vail –como una de las veinte estaciones con que cuenta la empresa– alojando ahora vehículos de una sola planta, la mayoría de ellos Dick Kerr de 28 y 32 asientos, al comienzo con las plataformas descubiertas –con el consiguiente maltrato a conductor y guarda– para ser cerradas posteriormente como desafío de competencia que presentan los Lacroze. A comienzos de los 20, la Vail cobija una buena parte de la flota de 2150 tranvías pertenecientes a La Anglo.

Pasan los tiempos de sus Talleres Caseros (Caseros, Pichincha, Rondeau, Matheu), de su fábrica CATITA en la calle Zepita de donde salen los más importantes logros electromecánicos tranviarios locales de que se tenga memoria. Pasan, a partir de 1928, las tenidas con los colectivos y se llega, el 16 de febrero de 1939, a la integración forzada de los medios de transporte en el ente multinacional “Corporación de Transportes de la Ciudad de Buenos Aires” (CTCBA) y a ella va a parar, el 7 de noviembre de 1941, la administración de la estación Vail.

La guerra, voraz devoradora de vidas, pudo también con las finanzas de la Corporación. El Estado Nacional termina haciéndose cargo de la empresa con el nombre de Transportes de Buenos Aires (TBA) que el 5 de mayo de 1949 toma posesión del predio Vail. Son épocas en que las líneas23, 26, 43, 46, 49, 50 y 76 depositan sus vehículos bajo su techo. Queda un poco más de una década por delante con tranvías, hasta su desaparición forzada en 1962 donde los plateados Tassara con banda azul dejan su espacio a los Leyland, los Bedford y los Mercedes mimetizados con los mismos colores.

De ahí en más con vaivenes decadentes que incluyen la desafectación de su expropiación por la levantada traza de la AU3 (Federico LacrozeAutopista 25 de Mayo), llegamos a la entregaventa a la Empresa Central “El Rápido” y el “TATA” producida como una aberración más de la dictadura el 18 de noviembre de 1980. La quiebra y remate judicial es historia reciente. El esfuerzo vecinal por su “verde vital”, sin embargo, ya es añejo. Pero ahora se potencia con el renovado brío que le confiere la presentación ante las autoridades que realiza la “Red de Cultura de Boedo”.

Atrás queda, entre otras muchas anécdotas, la recomendación asentada en el expediente 64.087/970 que expone: “La Dirección del Plan Regulador y la Dirección de Arquitectura y Urbanismo desaconsejan la implementación de una industria en el predio y propician la expropiación de la manzana para destinarla a espacio verde para uso público. 18-6-1971”. ¡Será justicia!

Mario Bellocchio

 

 

 

(1) En los tramways de tracción a sangre la jerga popular denominaba “jardineras” a los vehículos abiertos para uso veraniego y “cucarachas” a los cerrados invernales

(2) Zorra era el vehículo playo de transporte de cargas.

*AGRADECIMIENTO: A Aquilino González Podestá por su obra, su dedicación al tema y a mi consulta. Y por el material gráfico (AGN) facilitado.

*BIBLIOGRAFIA:

* La era del tranvía eléctrico, J.L. G. López, Ferroclub Argentino, 1999.

* Los tranvías de Bs. As., A.González Podestá, Asoc. Amigos del Tranvía, 1986.

* 9 Puntos, publicación oficial de la Asoc. Amigos del Tranvía, nº 146, 2004.

* Elementos catastrales recopilados por la “Red de Cultura de  Boedo”.

*FOTOGRAFIAS: 1) Estación Liniers Ca. 1900. 2) El “Imperial” de “La Capital” detenido para la pose fotográfica en algún punto de su trayecto –quizá Boedo– hacia Plaza Flores. 3) Desde marzo de 1904 la empresa utilizó letras para identificación de sus recorridos. Y a partir del mismo mes de 1906 números de la decena del 40, correspondiéndole a la línea Plaza de Mayo-Flores el número 42. La foto, por lo tanto, puede datarse entre 1906 y 1909, ya que el 6 de julio de ese año “La Capital” fue adquirida por la “Anglo Argentina”. 4) Interior de uno de los “Imperiales”. 5) Tranvías a caballo comparten techo de la estación con los “Imperiales” que se divisan en segundo plano. 6) El penúltimo año de los tranvías en la estación: 1961.

*********************************************************

3. A 97 años de los “Forzosos”

Los primeros pasos de San Lorenzo de Almagro

(Nota publicada en el Nº 40 de abril de 2005)

Luisito le pone una pelota al Carbuña como si se la hubiera alcanzado a domicilio. Juancito le pega el grito y allá va el pase, un poco alto, que lo obliga a retroceder. Y ¿quién escucha otra cosa que su corazón latiendo acelerado, cuando está solo frente al arquero? Así que no oyó al tranvía. Ni lo vio. Simplemente, porque lo tenía detrás. Y se tragó al 27. Sí, se lo tragó. Porque él lo chocó. Arena en los rieles. Angustiosa clavada de frenos. Y el cagazo de  Juancito y los demás. Y entre los demás, allá a mitacuadra, desde la puerta de su capillita de México 4050, el cura Lorenzo que se tapa los ojos como no queriendo ver. Y los oídos, para no escuchar las puteadas al motorman. Pensar que si Federico Monti –Carbuña, por sus tiznes de laburo en la carbonería del padre– le pone el pase un segundo antes a Juan Abondanza, al pobre Juancito lo entierran en dos joncas: uno pa’la parte de arriba y otro pa’ la de abajo –comenta Luis Gianella después del alboroto.

Los recién constituidos como “Forzosos de Almagro” acaban de pegarse el primer jabón. Hasta ahora todo venía bien, por lo menos deportivamente hablando. Desde que decidieron el nombre propio y se calzaron las camisetas borravino con vivos blancos que regaló la familia de Federico Monti –y a cuidarlas que no hay otras y ni miras de cambiarlas–, comenzaron a hacer alarde de que “tenían mucha fuerza y que para vencerlos había que romperse todos” y “que estaban dispuestos a salirse siempre con la suya, por la razón o por la fuerza”. Así se largaron a plantear sus desafíos con brocha y cal en las escasas paredes de aquel Almagro primitivo plagado de quintas, hornos de ladrillos y tambos. Según decía el padre Massa, “la capilla y sus alrededores eran el límite de la parte poblada de la ciudad, como si dijéramos la pampa”. Una “pampa” habitada por gente humilde, trabajadores de los cultivos, carboneros, peones, canasteros, que llegaban apretadamente a alimentar a sus hijos y darles la educación más elemental. El naciente fervor por el foot-ball reunía un número cada vez más creciente de pibes que abandonaban el patotaje cuando una redonda de cuero o de trapo se les entreveraba en los pies, aunque un bondi les cortara la “cancha” en dos.

La cuestión es que el 27, la misma línea que llevaría a la hinchada hasta la propia puerta del Gasómetro, puso el límite que el cura Lorenzo decidió trasponer para que la purretada de México y Treinta y Tres dejara la calle y sus peligros. Massa no era lo que podría llamarse un cura ortodoxo. Venía de la vecina parroquia de San Carlos con convicciones claras de su función social. Y la fascinación que este relativamente nuevo deporte de la pelota despertaba en el piberío, la noción de esfuerzo solidario y la adrenalina que movilizaba –hasta él mismo se arremangaba la sotana para dar unos chanflazos– le resultaban inmejorables para ganar voluntades juveniles.

El tumulto por el incidente fue una buena excusa para acercarse a los chiquilines. No cuesta imaginar la oferta del cura y los ojos desmesurados de los pibes soñando con jugar en una cancha donde los postes de madera sustituyeran a los montoncitos de ropa en el arco. La decepción pronto llegaría con el “¿qué hay que hacer a cambio?”: estudiar el Catecismo y asistir a misa los domingos. ¡Es mucho pedir para unos atorrantes de vocación que para colmo son hijos de ácratas y socialistas! Así que en un primer momento el curita se volvió con las manos vacías. Pero obstinado, insistió y según resume en pocas palabras Cayetano Molteni, testigo privilegiado de aquellos hechos: “el cura, finalmente, los engrupió a todos con un sellito y un juego de camisetas y los metió adentro de la iglesia”. Las carencias pudieron más: Federico Monti, pomposamente rotulado tesorero de los Forzosos, no contaba con siete miserables mangos para comprar el sellito que identificara a la “institución”. Así que a tragarse las hostias junto con el orgullo y aceptar la oferta del cura.

Poco tiempo tardaron en agotar a los rivales del entorno superando a todos ellos. Massa, entonces, los convocó a un desafío superior: los del Colegio San Francisco de Sales serían el próximo y poderoso adversario. Con un atractivo adicional: se usarían dos juegos de camisetas –unas verdiblancas y otras rojiazules– y el ganador del encuentro tendría derecho a llevarlas como propias de ahí en más. Los Forzosos se impusieron por cinco a cero con la casaca que hoy distinge a San Lorenzo y que, a partir de ese momento, quedó tatuada en el corazón cuervo.

¿Y de dónde ese par de colores? ¿De Tigre? ¿Del Barcelona? No. Más simple: un día de su juventud, el ahora veterano y afable sacerdote Domingo Pizzuli tuvo la misma inquietud y se la planteó al padre Massa en persona, quien lo llevó hasta el vecino colegio de María Auxiliadora y le señaló la vestimenta de la virgen como toda expli-cación: túnica roja y manto azul, colores que pasaron de la veneración religiosa a la deportiva, gracias a la inspiración del cura Lorenzo.

1908 ha comenzado con buen pie –nunca mejor dicho tratándose de fútbol–, de manera que Antonio Scaramusso toma la posta de darle legalidad en los papeles al emprendimiento para poder militar en la Asociación Argentina de Foot-ball, entre otras cosas. Le pide el aula del oratorio a Massa, lo invita,  y el 1º de abril de 1908 se reúnen para celebrar la asamblea constitutiva los hermanos Coll, los Maidana, Benedetelli, Gianella, Xarau, los hermanos Monti, Abondanza, Manara, Scaramusso –quien resultaría el primer presidente–, Massa y los demás.

Luisito Manara –creador del apelativo forzosos– siente el peso de la trascendencia, carraspea y anuncia: “Buenos Aires, 1º de abril de 1908, reunidos en asamblea los integrantes del Club Los Forzosos de Almagro…”. No puede continuar. El padre Massa los hace reflexionar sobre la inconveniencia del nombre. Una larga polémica sobre el asunto suscita las más insólitas propuestas: “El centinela de Quito”, “El triunfador de Almagro”, “El almagreño”, “Río de la Plata”, “Almagro”, “El invencible” y el inusitado “Cestos y canastas”, en clara alusión a un oficio predominante entre los padres de los asociados. Federico Monti se resiste al cambio de nombre. Sólo lo acepta si se agrega al título que se convenga, el párrafo “de Almagro” como recuerdo permanente del lugar de origen de este sueño. Luis Gianella, entonces, propone que se homenajee a quien tanto los ha cobijado. Y respetando a su vez el deseo de Federico sugiere “San Lorenzo de Almagro”. El padre Massa rechaza la postura de que sea en su honor, pero aceptando el nuevo nombre, pronuncia sus recordadas palabras iniciales:

“Doy mi conformidad, si ella fuera necesaria, para que el nuevo nombre de este club sea desde hoy ‘San Lorenzo de Almagro’ y les voy a decir el porqué. Ustedes quieren ciertamente ingresar lo más pronto que sea posible a la Asociación Argentina de Foot-ball. Para ello necesitan ustedes disciplina, constancia y valor. Y en este nombre ‘San Lorenzo’ tienen el símbolo de las virtudes y condiciones para caracterizarlos y acompañarlos en todos sus actos. El nombre de ‘San Lorenzo’ nos recuerda a un mártir de la Iglesia Católica y nos recuerda también la primera batalla librada por el general José de San Martín. Imitando el valor y la constancia de San Lorenzo mártir, podrá este nuevo club conseguir y afianzar su posición que lo destaque entre sus similares, hasta llegar a la meta, o sea figurar en el círculo privilegiado de la Asociación Argentina de Foot-ball, y teniendo presente el primer triunfo de San Martín, fruto de la disciplina, se levantará sin dudas sobre una base inconmovible, pues es la disciplina el nervio de toda institución […]”.

Aún faltaba mucho para el Viejo y el Nuevo Gasómetros, para los trece títulos, para los Carasucias, para el descenso, para Lángara, para Farro, Pontoni y Martino, para los Matadores, para quedarnos sin cancha, para la Sudamericana y la Mercosur, para las frustraciones de la Libertadores… Alegrías y sinsabores, como en la vida misma. Pero en aquel entonces, cuando el 27 casi lo parte en dos a Juancito Abondanza, todo estaba por venir flotando en los sueños de los “Forzosos de Almagro” y el cura Lorenzo.

Mario Bellocchio

 

Fuentes consultadas:

Carlos Trueba, “Almagro: un pasado que perdura”. Ricardo M. Llanes, “El barrio de Almagro”, Municipalidad de la Ciudad de Bs, As, 1968. San Lorenzo Web Site.

Fotografías: El padre Lorenzo Massa y el primitivo San Lorenzo con el sacerdote (1908).

***************************************************

4. Cuando Boedo era la General Paz

La protohistoria de Boedo

(Nota publicada en el Nº 4 de marzo de 2002)

Durante casi una década la calle que da nombre a nuestro barrio –por entonces sólo una ruta de arreos fragmentada por quintas y bañados– llegó a ser el límite de la Capital Federal

La ciudad llega hasta aquí… Y el dedo recorre una línea casi totalmente imaginaria sobre el plano de Sourdeaux (circa 1850). En unos pocos años más el camino Boedo-Sáenz tendría continuidad a través de chacras y bañados, pero allí el Puente Alsina todavía es el Paso de Burgos, Almafuerte-Loria el Camino de la Arena y una ignota diagonal aún no ha sido bautizada como Chiclana y le pone un “parate” de difícil cruce a la traza de Boedo, que hasta allí se anima, por ahora.

Unos años más tarde (1859) el empresario Enrique Ochoa quiere comprobar si “la tercera es la vencida” y reincide en la construcción de un puente sobre el Riachuelo –los dos anteriores habían sido arrastrados por las aguas– tomando esta vez el recaudo de afinar el diseño confiándolo al arquitecto alemán Otto Arnim von Lobbe, quien dispone de urunday, lapacho y quebracho colorado para su construcción y el no menos “fuerte” apoyo de Carlos Pellegrini. Así nace el Puente Alsina(1), que da nombre a la zona de su entorno y cuya fama trasciende en milongas y tangos clásicos de los albores del siglo veinte.

La pulpería de Gades ofrece caña de durazno, tabaco y demás a sus parroquianos –arrieros la mayoría– en la “esquina de los corredores”, (Chiclana y Loria) bautizada así por las “cuadreras” que se disputaban desde los tiempos de Rosas. No falta nada que resulte necesario para las provisiones, ni el naipe gastado en rústicas manos, ni algún entrevero de esos que el trago alimenta. La zona va afirmando su traza al compás de la necesidad de senderos para jinetes, carretas y arreos en su ir y venir a la provincia atravesando el Riachuelo. La pulpería de Gades y otras tantas son mojones de civilización que brotan en ese Boedo primitivo con más líneas punteadas que trazos continuos en los mapas de la época.

En 1872 comienzan a operar los corrales denominados “Segundo matadero del Sud” (Caseros y Monteagudo). Allí llega la hacienda desde Puente Alsina o La Tablada circulando por la calle Arena (Almafuerte), para ser faenada y distribuida para el consumo en carros abovedados con techo de chapa. Este y otros mataderos menores del entorno generan un intenso movimiento, que Ricardo Llanes describe así: “La hacienda vacuna, como las tropas de yeguarizos y los rebaños de ovejas, procedentes de los establecimientos ganaderos de la provincia, seguían esas huellas que algunos señalarían como “Camino de los huesos”, por los caballos y novillos que solían caer aplastados por la sed, bajo los banderillazos del sol que resecaba la polvareda densa y calcinante. Muertos y abandonados allí, ofrecían el cuadro de sus esqueletos, que las lluvias y los vientos se encargaban de desparramar, hasta desaparecer bajo las pezuñas de las nuevas reses y las atropellantes caballadas”. Ese “Camino de los huesos” o “de las tropas” –como también se lo solía nombrar– resulta ser la primera Boedo limítrofe que, con la continuidad de Sáenz (así llamada a partir de 1893) llega hasta Puente Alsina.

Pero en mil ochocientos setenta y pico, ni Boedo es barrio, ni Buenos Aires capital, porque la “cuestión capital” aún no se ha dilucidado. Roca y Tejedor se disputan la presidencia. Roca triunfa en el colegio electoral y Tejedor no acepta la ominosa derrota y se levanta en armas. Durante las jornadas del 20 y el 21 de junio de 1880, Puente Alsina, Corrales (Parque Patricios) y Barracas son escenarios de sangrientos combates donde los nacionales derrotan a los porteños originando la federalización de Buenos Aires como Capital a partir del 21 de setiembre. Durante siete largos años, nuestra amada avenida Boedo –aún polvoriento camino entre quintas– se da el lujo de ser límite del municipio capitalino, hasta el 28 de setiembre de 1887, cuando se incorporan al ejido Belgrano y San José de Flores.

Ciriaco Cuitiño es oficial de Rosas y jefe de la Mazorca. Como tal –señala la historia popular, nunca suficientemente desmentida– le solicita al Restaurador la donación de algunos terrenos en premio a su tarea federal. Ignoramos si hay algo de sorna en la concesión; lo cierto es que se le otorga un paraje irredimible que más vale como estanque. Cuitiño –que no es hombre de amilanarse– toma una especie de islote como base para su casa(2) y con la ayuda de sus hijos y de inmigrantes que levantan hornos de ladrillo en el predio, consigue ir secando el terreno y hacerlo cultivable. Son los comienzos de un parcelamiento que con el tiempo se intensificaría. Lo que es hoy el barrio de Boedo se convierte en lugar de quintas de verduras y frutales, muchas de ellas vigentes hasta las primeras décadas del siglo veinte. Algunas cobran notoriedad por sus dimensiones, como la de Carlos Guedes –conocido terrateniente–, cuyos dominios abarcan, orillando 1900, de Riglos a Quintino y de Pavón a Cochabamba, con su casa principal –La Constancia– perdurando hasta 1932. Otras, porque dan su predio a lugares que resultarían entrañables: la Quinta de Onetto, tierras del Camino de Gowland (hoy Av. La Plata) donde se asentaría el Gasómetro.

Aquellos hornos de ladrillos que ayudaron a secar los esteros al empeñoso Cuitiño han echado cría. Semosaiquean con las quintas y los tambos en el patio del Boedo naciente que se va poblando, y no sólo de quinteros. Los vascos han llegado para quedarse, con sus vacas, sus ordeñes y sus juegos de pelota. Tanto, que llegarían a reunirse en la Fonda de los Vascos de Independencia y Boedo o en la formidable Plaza Euskara, un verdadero estadio de una manzana, con el infaltable frontón y comodidades de tribuna(3). Más acá de la blanca leche tambera, el negro barro hornero. Los moldes y el prolijo apilado. Sobre el hueco, la leña que el paisano enciende y aviva. Unos minutos más y el aire estará preñado de un humo denso y el acre olor de la cocción. Atardece. A lo lejos cristalea el Bañado de Flores sobre el horizonte plano, apenas interrumpido por alguna lomada. Una bandada de patos hacen una ruidosa pasada hacia el poniente rojizo. El humo de la horneada –que ya trabaja sólo con el rescoldo– forma un techo que parece al alcance de la mano en los bajíos. Hacia el centro de la ciudad, el Boedo creciente muestra en su aislado caserío la lumbre de las velas de sebo, las lámparas de querosén o de carburo, pero en la calle hoy será una noche oscura. La luz plata de la luna no alumbrará hasta la semana que viene, así que habrá que esperar que la Municipalidad apruebe el pedido de faroles a querosén para Boedo(4).

Ya sólo queda el vívido rojo de las últimas brasas. Mañana por la mañana se habrán enfriado los ladrillos y estarán listos para seguir levantando Boedo con su propia tierra horneada.•

Mario Bellocchio

NOTAS

(1) En 1910 el puente fue reemplazado por uno de hierro que permaneció hasta 1939, año en que se inauguró el “colonial” Puente Uriburu. (Hoy nuevamente Alsina)

(2) La llamada “casona de Cuitiño” estuvo en pie hasta la década del 30, en Independencia 3549, vecina a la sucursal del Banco de la Nación.

(3) Desde 1882, durante más de veinte años la Plaza Euskara ocupó la manzana delimitada por Rioja, Caridad (Urquiza), Independencia y Estados Unidos. En 1904 fue parcelada y vendida.

(4) La Nación del 17 de febrero de 1886 publica una solicitud de los vecinos a la Municipalidad para la instalación de alumbrado público a querosén sobre la calle Boedo.

BIBLIOGRAFIA

* Botana, Natalio R. - La Federalización de Buenos Aires, Editorial Sudamericana, Bs. As., 1980.

* Del Pino, Diego – Ayer y hoy de Boedo, Ediciones del Docente, Bs. As. 1986.

* Autores varios - Historia visual de la Argentina, Clarín, Bs. As.,1999.

* Lomba, Aníbal y Rodríguez, Alicia N. – Manual histórico  geográfico del barrio de Boedo, Junta de Estudios  Históricos del Barrio de Boedo, Bs. As.,1998.

* Martín, Luis J. – Los mataderos y el barrio, Ateneo de  Estudios Históricos Pque. de los Patricios, Bs. As., 1971.

* Agradecemos la reproducción del Mapa de la Ciudad de Bs. As. de la Guía Kraft de 1885 facilitada por el Director del Museo Histórico  de la Ciudad de Bs. As. Cornelio Saavedra, Lic. Alberto Piñeiro.

***********************************************************.

5. Los 39 años de Boedo

(Nota publicada en el Nº 64 de junio de 2007)

Nuestro joven barrio todavía no ha transitado, tangueramente, el codo de los cuarenta. El 11 de junio se cumplen treinta y nueve años de la promulgación de la ordenanza Nº 23.698 que delimitó por primera vez los barrios de la ciudad hasta ese momento imprecisos y superpuestos.

Junio de 1580. Desde Asunción llega Juan de Garay y el día 11 funda Santa María de los Buenos Ayres. Una carabela y dos bergantines descienden el Paraná y el estuario para trasladar a los sesenta y cinco nuevos pobladores, los elementos de labranza y otras dotaciones de agricultura. Se reúnen con el ganado que había hecho el trayecto por tierra y conforman el nuevo asentamiento. Rodrigo Ortiz de Zárate y Gonzalo Martel de Guzmán son nominados como alcaldes de la ciudad, que cuenta con su escudo de armas y su cabildo con seis regidores. Tanto despliegue acredita unos días de descanso en… ¡Mar del Plata! La bitácora de Garay denuncia un viajecito exploratorio, por esos días, hasta el que hoy se denomina Cabo Corrientes. De esta manera, hace cuatrocientos veintisiete años, Juan de Garay desplegaba el papiro inaugural en el trunco tronco bonaerense. Hace mucho menos –treinta y nueve años para ser precisos– a las autoridades de la ciudad se les ocurrió que había que formalizar una circunstancia vigente de hecho: la divisoria barrial. Y nada mejor que la fecha fundacional del 11 de junio para labrar las actas. Así que, previa fundamentación, rubricaron los límites que cuatro años más tarde –1972– tendrían algún retoque y sanción definitiva.Y había que fundamentar para acordar alambradas porque el despliegue de las patrias chicas barriales no era escaso. Hurgar y decidir sobre las chapas fundacionales, culturales y hasta deportivas que justificaran un límite barrial fue la ecléctica tarea que debieron asumir los legisladores. El discurso previo al articulado revela las dimensiones de las amistosas, y a veces no tanto, controversias “aduaneras”.

Buenos Aires, 11 de junio de 1968.CONSIDERANDO:Que la Ciudad de Buenos Aires, fundada por Don Juan de Garay el 11 de junio de 1580, ha ido creciendo sin tregua y sin pausa […]Que, dentro de su dilatada extensión, se han constituido núcleos ciudadanos […]Que estos barrios ostentan nombres que los distinguen y precisan su ubicación en el vasto ámbito capitalino, que ningún porteño desconoce, a pesar de tratarse de denominaciones fundadas en el uso, la costumbre o la identificación con la parroquia, o con algún edificio notable, o ser recuerdo de la “villa” inicial incorporada en el decurso del tiempo a la ciudad creciente;Que, no obstante, los barrios porteños carecen de límites exactos, por cuanto se han formado en torno a núcleos primitivos cuyos epicentros, si bien tienen casi siempre características definidas, con su vida propia y sus actividades sociales, culturales, comerciales o industriales peculiares, al expandirse se confunden con los barrios vecinos estableciéndose zonas marginales indecisas;Que se estima oportuno determinar los límites de los distintos barrios que componen la ciudad a fin de precisar la esfera de acción de las entidades constituidas en ellos, promover el desarrollo de la acción comunitaria en beneficio del progreso y afirmar la perdurabilidad de los nombres caros al espíritu y las tradiciones de la población;Por todo ello; en uso de las facultades acordadas por la ley 16.897 (B. M. 12.857);El Intendente Municipal,SANCIONA Y PROMULGA CON FUERZA DE ORDENANZA:Artículo 1º – Establécese que los barrios que integran la Ciudad de Buenos Aires están comprendidos entre las avenidas y calles que se detallan a continuación:[…] BOEDO: Av. Loria, Av. Caseros, Av. La Plata, Av. Independencia.[…] Art. 2º – La presente ordenanza será refrendada por los Secretarios de Obras Públicas y Urbanismo y de Cultura y Acción Social.Art. 3º – Dése […]IRICIBAR. – Roberto J. Vernengo – Máximo A. Vázquez Llona.*

¿Pero cómo: entonces el Grupo Boedo, los poemas de Manzi y de Centeya, de qué barrio hablaban? El concepto de pertenencia que el sustantivo barrio pone en juego, responde más a un análisis sociológico que geográfico. La divisoria del 68/72 se ocupó más de este último que del primero.¿Y cómo era ese Boedo sín límites demarcados anterior a junio del 68? El Viejo Gasómetro vibraba con los Matadores cuya pertenencia a Boedo se gritaba como nunca antes. Se cumplían veinte años del estreno de “Sur” de Manzi y Troilo. En el mapa, los límites actuales surcados por dos ejes –Boedo-Sáenz y Garay-Vernet– que partían en cuatro la superficie, asignaban a las secciones de Registro Civil de San Cristóbal Sud (sic) el fragmento de Saénz-Boedo, Garay, S. de Loria y Caseros; a la de San Cristóbal Norte: Boedo, Independencia, S. de Loria y Garay; a San Carlos Sud (sic): Garay-Vernet, Av. La Plata, Independencia y Boedo; y, finalmente, a Nueva Pompeya: Boedo-Sáenz, Caseros, Av. La Plata y Vernet-Garay. Ese “reparto” de lo que consideramos nuestro terruño comenzó a tener polos reconocibles en ambiguos términos tales como alrededores dela zona de Boedo; y hasta algún osado se animó con la palabreja: barrio, saliendo de la velada alusión en la que no quedaba claro si se refería a una avenida o a la zona. Todavía hay quienes discuten si Manzi escribió San Juan y Boedo antigua –por la avenida– o antiguo –por un barrio aún en ciernes. Cierto es que la proyección hacia la primera plana la brindó, indudablemente, la irrupción del Grupo Boedo –o de Boedo como dirían los fanáticos del zonalismo– y su controversia con los de Florida. Siendo esta una calle, hay razones para suponer que la otra alusión era para la avenida. El otro polo, que planteaba un límite insoslayable para futuros delimitadores fue el Gasómetro de Av. La Plata. Cuando en la madrugada del siglo XX el tono altisonante del Carbuña Monti imponía: San Lorenzo, sí, pero que se aclare: de Almagro, definía una identidad barrial efímera, pero identidad “barrial” al fin, del lugar de origen que sólo quedó en las actas fundacionales y en el nombre oficial de la institución. Ya en las primitivas reuniones del “Dante” tenía vigencia el mote de Gauchos de Boedo, afincando la pertenencia barrial, para culminar la rúbrica con el visceral ¡Sí, sí, señores, yo soy de Boedo! ¡Soy de Boedo de corazón!

Y los Artistas del Pueblo, la Universidad Popular de Boedo, el nacimiento de “Claridad” en la imprenta de Munner, la Peña Pacha Camac, el Corso de Boedo… ; una enumeración que pecaría de taxativa si no se advierte que se alude a las de mayor conocimiento público prescindiendo, por razones de espacio, de un listado más completo. Boedo: un barrio de estirpe, con identidad desde las primitivas épocas de indocumentado, hoy cumple treinta y nueve años desde que le entregaron los papeles.

Mario Bellocchio
(*) Ordenanza Nº 23.698 del 25/6/1968, Boletín municipal de la Ciudad de Buenos Aires Nº 13.336, pág. 7428