De cacería

Jorge Luis (Pampa) Ubertalli. Salimos con mi viejo ese día a cazar patos en una laguna situada a kilómetro y medio del ranchito de Cañuelas.

Niño –adolescente todavía–, cargaba la Centauro calibre 16 de Don Telmo, de un caño…, andaba bien esa escopeta, había cazado perdices, liebres, patos y algo más con ella…, serían las 5 de la tarde en ese verano bonaerense cuando nos dirigimos a la laguna.

Ese día nos acompañó el tano Víctor, napolitano nacido en Bari, como siempre contaba. Bastante alto, siempre con barba a medio crecer, ojos pequeños, un cigarrillo armado por él en la boca, sonrisa pícara y a la vez leal…, cuando se reía la boca dejaba vislumbrar sus pocos dientes, comidos por los años, y las marcas que el tabaco dibujaba en la comisura de sus labios finos, el inferior saliente. Cuidaba una casa y un campo de una familia de Buenos Aires, que venía a pasar los fines de semana o las vacaciones allí. Separado de la casa de los dueños, el ranchito de material del viejo Víctor lamía el alambre de pùa que lo separaba del fondo de nuestro campo, dos hectáreas y un ranchito que siempre recuerdo con ternura.

Don Víctor, como lo llamábamos con mi hermano Pucho, menor que yo, que montaba su pony Soraya cuando íbamos a pasear con mi malacara Chiquita, había criado a una perra ovejero alemán, la Loba, que según él se comía a quien se acercara a la casa (aunque un día el gordo Yacarino, amigo de mi viejo, les tiró unos huesos y mientras la perra los trituraba le afanó al tano dos gallinas que hicimos en puchero, riéndonos del tano y de ‘su’ loba.).Con verdadero fervor ejercía su oficio de casero de ese campo, en el que nunca nos metimos a cazar porque según el tano, allí no había nada.

Ese día Víctor se sumó a la cacería. Cargaba una escopeta marca Belga, de dos caños, con la cual alardeaba haber cazado infinidad de animales. Cuando nos acompañaba a mi viejo y a mí a cazar perdices deliraba con sus habilidades. Pum, tiraba, la perdiz seguía volando rectilíneamente

–Se va yena de munichione, sostenía el tano con convicción

Y ninguno le creía.

Un vez nos había acompañado a cazar patos y cuando disparó se cayó de culo, había amartillado los dos cañones a la vez y la vibración del disparo hizo detonar la carga del otro, la patada que recibió lo echó al agua casi de espaldas.

Por eso cuando pidió acompañarnos ese día de cacería mi viejo dudó un poco, pero al fin aceptó.

–Vamo a comer pato sta noche, sonreía el tano con su eterno pucho en la boca.

Marchamos por el camino de tierra que terminaba en aquella laguna, vírgen todavía, como toda la zona en aquella época. Yo pensaba en mamá…, la tana como le decía mi viejo a sus amigos…, era de Udine, de la alta Italia, como ella sostenía, situada a muchos kilómetros del Bari de Víctor, que caminaba con la vista casi en alto porque las cataratas comenzaban a comerle los ojos.

A mamá no le gustaba el campo, ella era de ciudad, de ver vidrieras, de acicalarse, de presentarse elegante…, noi non siamo belle, ma un po de pichia, bene pettinatta, e tutti ne guarda per la strada…, eso, según mamá, les decía la nona María a la tía Bruna y a ella, Bianca Regina, cuando eran adolescentes…, pobre tía Bruna, siempre se quejaba porque le habían puesto de nombre Bruna (negra) y a mi mamá Bianca Regina, la blanca reina de la familia Ombrelli…, si ella era más negra que yo, se quejaba siempre la tía…

Yo pensaba en mamá, que a pesar de su dispiacere per la campigna pasaba los días con nosotros en ese ranchito y nos esperaba con la salsa de ajo y perejil cuando volvíamos con las piezas obtenidas…, mamá, que cuando teníamos el despacho de bebidas casi se desangra cuando le explotó un sifón de soda y los vidrios se le clavaron en la pierna, la llevaron y yo me quedé mudo ese día hasta que regresó vendada.

–No es nada Quequi, me dijo, y al día siguiente siguió atendiendo el despacho y el almacén.

Cavilando sobre mi vieja llegué hasta el filo de esa laguna pampeana, rodeada e invadida por juncos, donde nos escondíamos para esperar la bandada de patos.

–Víctor, vos ponete allá, señaló mi viejo

–Vos acá, me indicó.

–Yo me voy enfrente, ¿trajiste pelente?

–No papá, ¿no lo tenés vos?

–Si chitrulo, tomá, ponete, alcanzale después a Víctor…

Los mosquitos pululaban ese día como siempre, y más a esa hora, próxima a la caída del sol, y si no usábamos pelente nos comían vivos, así y todo los teníamos que aguantar revoloteando a nuestro alrededor.

Nos metimos en el agua parduzca un poco más arriba de la cintura, con las escopetas cruzadas sobre la espalda para no mojarlas. En triángulo nos dispusimos alrededor de una franja del espejo de agua, a una distancia de unos 25 o 30 metros cada uno, a fin de que si alguno de nosotros, omnubilado por las piezas, disparara hacia el sitio que ocupábamos, la perdigonada se perdiera entre los juncos o no alcanzara nuestros cuerpos.

Una vez que cada uno se ubicó, nos quedamos en silencio y espantando los mosquitos. Estuvimos como una media hora o más esperando la bandada, que nunca parecía llegar. Cuando estábamos bastante cansados de la espera y parecía a lo lejos que venía la bandada, un biguá levantó vuelo cerca del tano, el tano le tiró y erró, pero la bandada de patos, que venía acercándose, al escuchar el estampido pegó media vuelta y se las tomó…

–¿Que pasó Víctor?, gritó mi viejo aguantando la bronca, aunque se notaba enojado.

–Yo creí que era pato, Agustín…, y no dijo más nada.

Sin haber obtenido nada regresamos a las casas, la vieja esperaba y le dijimos que traíamos las manos vacías.

–Quequi, andá a cambiarte, vos también Agustín…

Usó la salsa de ajo y perejil para untar el tuco de tomate que preparó junto a los fideos, sin pato, que comimos los cuatro a la noche, Pucho incluido.

Víctor notó la bronca y se fue para su rancho, sabía que al día siguiente mi viejo seguiría jovial como siempre.

Enamorado de la mujer de don Telmo, que vivía justo enfrente de nuestro ranchito, a Víctor le gustaba fanfarronear frente a ella. La mujer era mucho más joven que él y su marido, el tano se la comía con los ojos, cada vez más cerrados por esa ceguera paulatina que le nublaba el paisaje…, borracho y soledoso, la soñaría como a una princesa.

El tiempo terminó con nuestro rancho, con mi chiquita y su potranca recién nacida, con Soraya…

Nos enteramos mucho más tarde que el tano, borracho, se cayó del carro que conducía y fue aplastado por las ruedas. Murió sin poder amar a esa mujer ahombrada que montaba su yegua tobiana para arrimar las vacas a la casa, cuando yo no podía o no estaba.

Nadie lo lloró en ese pago, la Loba ya había muerto, solo la Negra, su yegua, debe haber sentido su partida.

Cuando mamá falleció la enterramos en Chacarita. Ella quería ser cremada, pero como no nos pusimos de acuerdo los que quedamos, la enterramos. A los ocho años, la desenterré y la cremé como ella hubiese querido. Hubiera deseado esparcir sus cenizas en el jardín de la Embajada de Italia, la bella Italia como decía mi vieja, la cuna que tanto quería, pero los burócratas funcionarios no lo permitieron. Le hubiese gustado que sus cenizas se dispersaran en Mar del Plata, que tanto le agradaba, pero no tenía dinero para ir hasta allí. Tampoco podía dispersarlas en el centro de la ciudad, donde hay vidrieras a granel, hubiese sido un despropósito lanzarlas allí al viento.

Entonces fuimos con el auto del padre de mi entonces esposa hasta el campito de Cañuelas. Estaba abandonado, un árbol había caído sobre el rancho y había maltrecho un ala de la cumbrera.

Baje del auto con sus cenizas, crucé el alambrado que tantos años atrás había traspasado con alegría, llegué hasta un árbol corpulento situado en un flanco del rancho, y entre los pastos mecidos por el viento dispersé las cenizas de mamá.

Ahora la tierra, el campo, que tanto la disgustaba, la abrazaba a ella hecha polvo. Allí había sido feliz con nosotros.

Tiré un beso a la tierra, di media vuelta y crucé el alambrado por última vez y quizás para siempre.