Anotación vírica IV

Edgardo Lois. Cuarta selección de Mientras tanto:
Ilustración de Francisco Lazo Toledo

La lluvia se hizo presencia egregia durante toda la noche. Dormí bajo el feliz aislamiento de la lluvia. Una poética que cae desde la escala de grises. El mismo cielo de anoche se extiende cielo sobre el día de hoy. 28 de abril, cumpleaños de Julia. Mi hija tiene ocho años. El aislamiento no podrá con las palabras, con el amor que nos lleva hasta las ciudades lejanas. La lluvia será compañía. Testigo de nuestro viaje.

Abril 29. Me gusta escuchar a los buenos fantasmas. Una voz me dijo que me sentara frente a la pantalla en blanco y escriba. Es lo que hago. Aquí estoy, dentro del oficio, un rato más, otro día, uno distinto y tan igual. Tuve que sumar ánimos para abandonar la cama. Aquí estoy, siendo mientras siento que poco es lo que tengo para decir. Quizá, ahora que recuerdo, anotar –el lunes me permití caminar unas cuadras más en la travesía hasta el mercadito– que cuando pasaba frente a una escuela, por Avenida Garay, a metros de Avenida La Plata, vi cantidad de hojas amarillas sobre la vereda. Y amarillos los árboles, como nubes, junto al cordón del otoño. Recuerdo que imaginé que las formas aparecidas desde el capricho del viento, eran charcos de una lluvia mágica que había terminado hacía momentos. Caían últimas hojas. Recuerdo, y ahora anoto, en otro día sin para qué, que caminé por la vereda jugando a rodear los charcos. Ahí estuve. Solo en la vereda.

Aquí estoy, solo, como debe ser, dentro del oficio. Anoto un juego en la palabrería del aislamiento.

Lunes 4 de mayo. Nueve de la mañana. Vuelve a aparecer la sensación de certeza. La conozco. Me lavo la cara. El agua que corre, y en medio del tránsito la manifestación: un sentimiento fuerte, decidido, instantáneo, que dice que mi viejo está vivo. Y no solo en mí:en mis manos, en el encuentro de nuestras miradas sobre el espejo del baño, como escribí en alguna página. Vivo en una lejanía, en una novela que aguarda la escritura. Esa la sensación, la hilacha de una idea de después: mi viejo esperando, contemplando el mientras tanto de mi historia.

 

Otra visita en esta vida de aislamiento. Un nuevo puñado de líneas en esta anotación vírica.

Cada día tiene su número del miedo. En casi todos los países del mundo se contabiliza infectados y muertos. Pienso ante todo en el número de cercanía, del paisaje que me toca.

En una entrevista Alejandro Dolina dijo que en el aislamiento se había reencontrado con el hombre que tiene miedo. La periodista pregunta: ¿Tenés miedo? Y él contesta: No por mí, por los que quiero.

Hay números que espantan en la cercanía de la región: más de siete mil muertos en Brasil.

Qué será del futuro. Qué de la vida en privado. Qué de la vida en sociedad.

Siempre pensé que el hombre anda sin seguridades en el tembladeral de la vida. Construimos apariencias de refugio para soportar la realidad. Al parecer lo único que no tiene final abierto es la muerte, o sí, porque también, en el después de la muerte, en la muerte, el enigma tiene algo del aire del después en cada día, una vez que despunta la mañana.

Pero claro, nada parecido a la pandemia del virus.

En este aislamiento muchas veces me pregunté, pensé. No soporto esta incógnita global. Qué va a pasar conmigo, con la poca o mucha vida que tengo para dar. Qué va a suceder con esta sociedad miserable, egoísta, desalmada. Qué va a ocurrir con la parte de la sociedad que aún levanta la bandera de la solidaridad. Qué con los que existimos en tanto exista el otro.

Hoy 14 de mayo encaré una caminata. A partir de las dos de la tarde salí simplemente a caminar. No tenía que ir a comprar comida al chino. Salí a buscar mi cuota de sol y sueño.

Una ronda de veinte cuadras me dijo que la clase media circula ansiosa para retomar su juego.

Caminé por Avenida Garay hasta Avenida La Plata, y por ella hasta San Juan. Me detuve ante la puerta del 4370, un edificio de departamentos donde viví y fui feliz en el ayer. Está como si no hubiese pasado una eternidad. Por San Juan llegué hasta Mármol y retomé hacia Garay. Bajo la autopista, a la sombra, almorzaba un hombre. En cuclillas. Una cuchara de plástico salía de una bolsita blanca a ritmo sostenido. Comía apurado. Un hombre solo. Alguna vez anoté que un hombre que come solo -y si esa soledad no es disparada por propia mano- es la imagen suprema de la soledad.

Miré la hora, revisé el teléfono en la esquina con Tarija. El sol era pleno. Por Mármol crucé Juan de Garay, caminé una cuadra, y doblé a la derecha, por Inclán, hasta La Plata. Sobre Inclán vi a un muchacho que tiraba de un carro de metal repleto de cartones. Detrás caminaba la compañera, una mujer joven, embarazada. Los que hacen la vida día a día también están en la calle. Pasé frente al mercado ubicado a mitad de cuadra, sobre La Plata. Creí ver a una mujer conocida. Quise verla. No era.

Llegué hasta Pavón. Hice una cuadra a la derecha. Pensaba en el regreso. A mitad de la cuadra vi que una pareja, ambos cercanos a los cuarenta pirulos, caminaba tomada de la mano. Primero contemplé la rareza, y no hablo de rareza en medio de la pandemia, digo una mujer y un hombre caminando tomados de la mano, a la par, en aquello que fue la vida de antes de ayer. Después, algo parecido a la felicidad apareció desde la memoria.

De regreso al aislamiento, escribí.

Hace momentos, en una calle del barrio, en medio de mi caminata, me detuve a mirar el pastito fino, apenas presencia, que crece entre los adoquines de ayer. Una imagen de la eternidad. Un consuelo. Una esperanza. Una línea de poema. Pienso en mi amigo: el poeta Rubén Derlis de Boedo. Es un tiempo donde la fragilidad del mundo construido por el hombre queda a la vista. Bajó la cotización del espejismo, y aparecen las fisuras de una sociedad injusta, aterradora.

La vida frágil.

Una mujer le alcanza comida a una muchacha que está sentada en la vereda del banco, sobre la avenida. Hace unos minutos, en la tarde. La escena es para llorar: por la realidad triste que avisa que hay personas que no tienen techo, y por la felicidad de saber que hay ciudadanos como la señora que bajó de un auto blanco. Imágenes de la vida frágil en un mundo frágil.

26 de mayo. Hacía dos días que no realizaba mi caminata de la tarde. El aislamiento absoluto pedía la cabeza de, al menos, uno de esos estados de ánimo que colaboran en la resistencia. Caminé una cuadra por Muñiz, por la vereda del sol. La caricia de mi estrella trae buenos recuerdos. Luego doblé por Inclán. Después por Mármol hasta Las Casas.

Había caminado un par de cuadras por Las Casas cuando, dispersas sobre una vereda, vuelvo a fijarme en la presencia de tapitas plásticas de botellas de gaseosa, junto a un mayor número de una especie de punteras de plástico color lila, como si fueran tapas de pretensiosas botellitas de champú. Además vi, al lado de un árbol, a metro y medio, dos envases de agua mineral de cinco o seis litros, y llenos de estas presencias plásticas. Las había visto antes, cuando caminé, hace días, entre escarabajos y palomas. Pero aquella vez pasé por alto dos instalaciones atornilladas al árbol. No había levantado la mirada sobre el tronco ancho. Con la vista hacia Mármol: así se ubica la figura del Gauchito Gil sobre su base. Con la vista hacia Boedo: así se ubica la figura de San Expedito. Sobre las plataformas ofrendas pequeñas, delicado adorno. A los pies del Gauchito Gil un vaso típico para el trago de tequila, pero servido, hasta el borde, con vino tinto. A un lado de San Expedito una botellita de agua con su nombre.

Al pie del árbol las ofrendas dispersas. Una suma de días de aislamiento. Figuras de veinte, treinta centímetros, una vereda, un árbol, hojas amarillas que mueve el viento leve en una Boedo misteriosa, mágica, en una Buenos Aires solitaria, silenciosa.

En la ciudad, el barrio, respiro, a pesar de la molestia del barbijo, la sustancia que, hace unos días, descubrí que me salva. Curar la mirada, la memoria, ciertas sensaciones que creí olvidadas. Caminar el barrio es una manera de pedir favores, ayuda, para remontar sueños en este cielo complicado.

Ceremonias necesarias. Así cada encuentro en la vereda, en la esquina desde donde miro y descubro belleza.

 

Edgardo Lois / Julio 2020 / Buenos Aires