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El sábado sin Diego

El sábado sin Diego*. Hace un año hoy. Ya un año.

Fue una llamada tan previsible como indeseada. Las insondables ataduras del afecto siempre se aferran al milagro. Porque solo un milagro podía sacar a Diego  del profundo pozo de la enfermedad que lo transformó en recuerdo en unos pocos meses. Los milagros, se sabe, tienen menos probabilidades que el camello en el ojo de la aguja. Y no sucedió. Gabriela, su esposa, me hablaba de muerte. Hace un año hoy. Ya un año. Tan sólo un año. Los relojes lentos. Los almanaques ágiles. Contrastes del recuerdo.

Hoy, 2 de septiembre de 2017, con un anuncio de primavera que se huele, voy a armar la mesa de los sábados sin Diego. Sin el cuidadoso equilibrio de los faldones del mantel, con que se obsesionaba. Sin el tanguito de letra ignota que me entonaba y que, por no ser escasa mi sapiencia, llegué a pensar que eran de su invención…, hasta que desempolvaba autor y fecha…, y seguramente, alguna anécdota genuina del origen.

Hace rato ya que la ceremonia de la pipa –una de su colección– había sido dejada de lado ¡qué ironía!, en bien de su salud, así que el acto inaugural del despliegue del quiosquito recibía honores de izamiento de bandera en la primaria. El acarreo de la mesa desplegable desde la “cueva” de González. El insalubre transporte del rulero exhibidor de los “informes” de Baires. El prolijo armado de la librería en sincronía con mis diarios y fotos antiguas. Todo dispuesto. Entonces, recién, comenzaba la complicidad de doce años de amistad. Los sobreentendidos de los sábados. La señora que oteaba para despellejarnos. El husmeador que revolvía y no llevaba nada. Las charlas. Los largos diálogos capaces de atravesar los intervalos de las preguntas, los intereses, o las ventas al viandante, sin perder el carretel de la memoria. El arreglo del mundo al alcance de la mano.

Me facilita el recuerdo de tu ausencia el relato trivial del quiosquito de los sábados. Un microcosmos barrial con despliegue social y solidario que a veces aceptaba el cobijo del toldo del Margot cuando el Mandamás pretendía mojarnos los papeles. Una rutina con sólidos propósitos y entrañables repeticiones. Mi consabida parodia de sepelio militar yanqui para el que siempre tenías una sonrisa. El repliegue del mantel hasta llegar al triángulo aquel que se entregaba a la viuda del caído en combate, acompañado por mi gutural trompeta llamando a silencio.

La mesa de los sábados, sólo una anécdota. Sin embargo, así de breve y simple, la mesa del fin de semana gestó nuestra amistad.

Hoy mi remedo de clarín llama a silencio en tu memoria, querido Diego Ruiz.

Mario Bellocchio

 

(*) Diego Alberto Ruiz: 16 de noviembre de 1953 / 2 de septiembre de 2016. Hace un año que partió hacia las anchas avenidas del “barrio de arriba”. Y Desde Boedo quedó huérfano de sus crónicas callejeras. Y Boedo sin su alma.

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