La mendacidad como estrategia del Poder. 

La columna de Leonardo Busquet

Maximilian Weber (1864-1920), el sociólogo y economista alemán que sostuvo que, “aun escarnecida, la democracia sigue siendo un valor de referencia”, también advertía que, “la democracia puede ser vulnerada por la burocracia, la manipulación de la opinión pública y la falta de participación ciudadana”. Lo señalaba en “Sociología del poder: los tipos de dominación” (1912) y agregaba: “Nadie sabe quién vivirá en esta jaula en el futuro, ni si al final de este tremendo desarrollo surgirán profetas completamente nuevos, o si habrá un gran renacimiento de viejas ideas e ideales, o si no, una petrificación mecanizada, adornada con una especie de autoimportancia convulsiva. Pues de la última etapa de este desarrollo cultural, bien podría decirse con razón, especialistas sin espíritu, sensualistas sin corazón; esta nulidad se imagina haber alcanzado un nivel de civilización nunca antes alcanzado”. Más cercano, Raúl Scalabrini Ortiz sentenció: “El imperialismo económico encontró aquí campo franco. Bajo su perniciosa influencia estamos en un marasmo que puede ser letal. Todo lo que nos rodea es falso o irreal. Es falsa la historia que nos enseñaron. Falsas las creencias económicas con que nos imbuyeron. Falsa las perspectivas mundiales que nos presentan y las disyuntivas políticas que nos ofrecen. Irreales las libertades que los textos aseguran”. Vigencia plena.

Resulta interesante repasar clásicos como Weber y Scalabrini, para ver cómo ha evolucionado (¿o involucionado?) el ser humano. Hoy parece que estamos condenados a dejarnos invadir por el fundamentalismo de la farsa engañosa. Pero el problema no radica tanto en el que miente, sino en aquellos que se dejan engañar, que creen sin chistar, y convierten esa mentira en verdad irrefutable. Nuestro país sostiene la penosa característica de soportar crisis tras crisis, ajustes tras ajustes, sin solución de continuidad. Fríos modelos y planes dogmáticos encuadrados en ortodoxias reaccionarias que se actualizan en su poder de daño colectivo. “Es lo único que se puede hacer”, es la muletilla con la que insisten los capitanes del “discurso único”, ese sello indeleble de la estafa moral, la simplificación discursiva que elude, estratégicamente, el otro camino, el de la imaginación crítica hacia rutas más humanizantes, más justas, menos cipayas, para dar respiro a los humillados de siempre. Quienes embisten contra la salud pública, reprimen bestialmente a los jubilados, les quitan los medicamentos, desprecian los padecimientos de los discapacitados, ignoran, intencionalmente, el cierre de empresas que fueron prósperas en el país de los olvidos, congelan salarios y expulsan trabajadores, aniquilan organismos públicos estratégicos para el desarrollo del país y entregan recursos naturales (léase soberanía) a manos extranjeras, no se los puede denominar de otra manera: son criminales hechos y derechos (extremadamente “derechos”).

Lo lastimoso es que una parte de la sociedad insista en convalidar la inmoralidad pública con su proverbial pasividad, arrullada por una dirigencia subsumida en atajos deshonrosos; es la persistencia en elegir en las urnas al verdugo que sabe que le cortará, con precisión quirúrgica, la cabeza. Así están las cosas, “en manos de un puñado de locos con carnet”, como dice Serrat. Lo grave, lo inadmisible y hasta lo inexplicable es la docilidad, salvo honradas excepciones, de los pueblos que respaldan a los dominadores. Razona con acierto el filósofo surcoreano, “El mundo está dirigido por personas que, en cualquier otra profesión, habrían sido despedidas en su primera semana”. En pleno siglo XXI, parece que la humanidad no aprendió la lección. Y así se fueron perdiendo el motor de las utopías, los sueños de mejores tiempos, lo justo, lo digno. Las luchas alimentadas por ilusiones y también por frustraciones. Entonces se consolidó la ferocidad del capitalismo salvaje, las dictaduras del “mercado”, el individualismo consumista atrapado en el alienante ciber escapismo, el odio y la estigmatización de los otros. Se apagaron la pasión y las lecturas aleccionadoras de la historia, en aras de una soporífera superficialidad tan indigna como barata. Los precarios abren la boca para soltar una débil mueca anquilosada, producto de severas limitaciones: no querer saber porque nada ya importa; entonces condenan al resto a padecer la oscuridad…, esa pesada injusticia. Paulatinamente buena parte de la sociedad se opaca en una tonalidad grisácea, herida de olvidos recurrentes, que se deja arrastrar por el ruido obsceno de la desinformación, el chismorroteo de alcoba que vomita la televisión, degradada por el influjo de falsos comunicadores, inmersos en el costado irreverente de un país de telenovela barata, el culebrón que se alimenta desde arriba. ¿Todo está perdido? Hay que creer que no. Que el subsuelo espera la sublevación, porque hay que creer (aunque cueste) que hay otra Argentina cuya lava subterránea se hace esperar en la superficie bochornosa, contaminada por un silencio cómplice, indiferente, que parece inagotable. Pero ya se sabe, la paciencia tiene límites, aunque aún no aparezcan en la superficie lastimada.

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