Atreverse a soñar

Por Pablo Bellocchio |

La selección argentina llega por quinta vez en su historia a una final de copa del mundo de la mano de un Mascherano histórico y un Romero implacable. Eliminó a una Holanda que jugó a no perder y se quedó con nada. La final nos medirá con una Alemania que ya tocó techo.

“Brasilero, brasilero, que amargado se te ve, jugás por el tercer puesto… ves la final por TV”. Éste y otros hits se sumaron al “Brasil decime que se siente” en éste mundial inolvidable. Un mundial enorme. Gigantesco. Histórico, que verá al jugador más grande de todos los tiempos en la final. Una final que, en la previa, daba como candidatos a Argentina y Brasil. La albiceleste cumplió. La verdeamarelha se quedó en la puerta, aunque no tendría que haber llegado ni a la esquina.

Ayer Argentina jugó de manera inteligente. Ahogó al rival desde su defensa. Precisamente esa defensa de la que se hablaban pestes antes del comienzo de la copa. No tuvo desequilibrio ni conexión en el ataque -aquél del que se decian maravillas en el comienzo del campeonato – pero llegó a su quinta final en la historia porqué así se lo propuso. Porque dejó todo para que eso pase. Porque a la hora de los penales fue certero y condimentó con Romero el plato de su historia en el mundial 2014.

Ayer Argentina jugó de manera inteligente dije. No sé si jugó bien, pero fue inteligente y ordenado. Y a eso también deben saber jugar los campeones del mundo. Sabella leyó impecablemente el partido. Y ahora, lo que viene es otra historia. Ahora es una final. Y en las finales del mundo no importa nada lo que haya pasado antes. No importa que Alemania haya metido siete goles al peor Brasil de todos los tiempos. No importa porque no va a jugar la final de la misma manera. No importa que Argentina venga raspando y pasando con lo justo cada fase. No importa porque ahora alcanza con un partido para meterse para siempre en la historia del fútbol. Ambos están ahí y estarán en igualdad de condiciones.

En una final pesan otras cosas. Pesa la historia. Esa historia que dice que ningún equipo europeo gano jamás una copa del mundo en territorio americano. Pesan las individualidades. Y en el nombre por nombre Argentina gana. Pesa la garra, el coraje, la enjundia. -Si no pesaran esas cosas en las finales jamás Italia podría haber ganado cuatro copas del mundo – Pesa por sobre todas las cosas la inteligencia. Y aquí me detengo: si Argentina sale a jugarle a Alemania al golpe por golpe caerá redonda ante la eficacia fría de los alemanes. La selección deberá armar en estos días un planteo que permita defender como defendió ante Belgica y Holanda, pero tambien atacar. Deberá encontrar la formula para que Messi no quede tan aislado y a la vez para que Müller no sea Müller. Deberá cuidarse de Klose pero también nutrir a Higuaín. Ésta tarea, que tan bien hacia el querido fideo, deberá quedar en los pies de los volantes por los costados. Lavezzi y Enzo Perez, que contra Holanda jugaron un partidazo pero no pudieron terminar de acercarle la pelota al pipa y a Lio.

Lio deberá jugar el partido de su vida. Tiene que hacerlo. Sabe que de él depende. No podrá quedarse estático esperando que se le asocien. Deberá apostar a su rebeldía. A su potrero. Deberá apostar a creerse de una vez y para siempre lo que es: El mejor jugador que pisó jamás una cancha de fútbol. Deberá intentar una y otra vez hasta que una le salga. Porque a él siempre una le sale. Siempre. Y con eso alcanzará.  Los compañeros deberan cubrir los espacios para que él intente. Deberán entender que él nos llevará a la victoria. Mascherano y los otros nueve, la sostendrán con sus hombros, con sus piernas. Con su alma.

Y nosotros, los hinchas, de una vez por todas deberemos dejar de apostar al fracaso y creer que se puede. Dejar de apostar al pronóstico adverso -total, tirar en contra es gratis y siempre trae la putrefacta satisfacción de decir “yo te dije que estos muertos no juegan a nada“- y de una vez por todas creer. Ilusionarnos. Soñar con la gloria y fracasar duele más que mantenerse frio y ajeno, es cierto. Pero tener miedo a soñar es de cobardes. Refugiarse en la objetiva mirada cínica es de mediocres. Los argentinos tendremos que soñar. Soñar con la gloria de ver a Messi levantar la copa. Soñar con ambición desmedida, apasionada. Con ambición mundial. Si nos toca perder, nos tocará llorar por la ilusión y la apuesta. Pero lloraremos de pie; sin ese tibio refugio del insulto insulso o la mofa irónica. Lloraremos como valientes que se animaron a soñar. Si toca ganar, tendremos la enorme satisfacción de ver recompensado nuestro sueño. La alegria inmensa de ver nuestro sueño hecho realidad. una alegría que a veces la vida nos ofrenda, pero solo se nos da si nos atrevimos a soñar.

PS: Alentaré con el corazón a los hermanos brasileros para que se queden con el tercer puesto. Se lo merecen por organizar la fiesta que los argentinos viviremos el domingo en Brasil. ¡Gracias por prestarnos su casa para la final!

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