Apuntes y misceláneas
Si Arlt viviera…
Pronto se cumplirá el centenario de la primera edición de “El Juguete Rabioso”, con la que Roberto Arlt inauguró la serie de sus novelas. Estos tiempos que corren, inciertos y abrumadores, en un siglo que se creyó sería diferente, bien pueden tener correspondencia con el espíritu arltiano. El alter ego del autor, Silvio Astier, sufrido joven soñador explotado por el tano librero, cuyo comercio se sitúa en la calle Esmeralda, (curiosa coincidencia con Scalabrini y su “hombre que está solo y espera”, parado él y su maltrecha esperanza en el cruce de Esmeralda y Corrientes), es el protagonista de aquella primera experiencia de la novelística arltiana. Nutrida, como en el resto de sus obras, por pinturas de una época que la porfiada historia insiste en repetir cada tanto. Si se hurga en los personajes arquetípicos de “Los Siete Locos”: el astrólogo, el rufián melancólico, Barsut, la coja o Remo, el desdichado, encontraríamos similitudes que bien podrían extrapolarse a la actualidad. Depresión, empobrecimiento, desasosiego, frustración, todo condimentado por la invariable tristeza tanguera, tan propia de nuestra porteñidad. Hace cien años y hoy, la clase trabajadora no se emparentaba con la dignidad del trabajador, explotado y abandonado a su suerte. El abrumador ocaso del yrigoyenismo tras el golpe oligárquico del general Uriburu y los suyos, de inmediato el imperio de la Década Infame, cargada de engaños electorales (el “fraude patriótico”) y negociados. Más tarde el aire esperanzador del peronismo con sus conquistas sociales y reivindicaciones populares, pero luego la involución con la brutal caída en 1955. Y, a partir de esa inflexión canallesca, el péndulo de la desesperanza: proscripción (como la tuvo el radicalismo), persecución, prohibiciones absurdas, democracias débiles y tuteladas por el poder militar, a su vez auditados por el poder económico y el Norte imperial, el verdadero poder, y nuevos golpes con los recurrentes tanques en las calles. Después el esperado retorno de Perón, su intento en la tercera presidencia y la herencia frustrada por nuevos maleficios; la muerte y el desbarranco hasta llegar a la hondonada canallesca de 1976. Prestemos atención: el próximo año se cumplirá medio siglo del debut de aquella infamia criminal. Una dictadura más, pero distinta en sus formas brutales, con una nueva oligarquía financiera, los campos de concentración, tortura y desaparición física, la censura, el exilio y hasta una absurda guerra perdida en nombre de la nobleza patriótica de Malvinas. Y después esa “salida a la vida”, la democracia, que, pese a sus desbarajustes y claudicaciones, aún se mantiene viva, en terapia intensiva, pero viva. Qué no habría escrito Arlt de transitar estos días. La imaginería que anida en los sus diversos personajes hoy cobra nuevas formas, aunque con estéticas que se les asemejan. Buenos Aires no es aquella ciudad empedrada, de barrios suburbanos que aún no habían sido devorados por los monstruos de cemento; con el tranvía y la barra de la esquina, que entre ginebra y ginebra se empecinaba en soñar nuevos mundos. Hoy todo se acelera en medio de una avidez por urgencias fútiles y frivolidades degradadas. Se lo dio en llamar “modernidad”, una estética social anodina y egoísta. Insistimos: ¿qué no haría con este estado de cosas la pluma de Arlt? ¿Qué nos diría sobre la vida de los humanos devaluada a niveles insoportables? No lo sabemos, pero sí podemos aventurar que, a priori, sospechamos en que vereda de la existencia se pararía. Arlt sabía sobre lo que escribía. Conocía el paño porque los sueños y frustraciones de sus personajes eran sus propios sueños, fracasos y desencantos. Por eso pintó como pocos las perplejidades y contradicciones de la sociedad de una época abrumadora. Silvio Astier, como su creador, era un soñador penitente en busca de su propia superación, en medio de la hostilidad. Después de El Juguete Rabioso, publicado en 1926, llegará Los Siete Locos, en 1929, y dos años más tarde su continuación, Los Lanzallamas, todas editadas por Claridad, el sello fundado por el español Antonio Zamora, nervio motor del grupo literario de Boedo. En tono de ficción, Arlt, plasma en sus novelas una realidad social y política que no elude: la depresión económica tras el crack financiero mundial de 1929; el deterioro y caída de Yrigoyen y el predominio oligárquico de la “Década Infame”, calificativo impuesto por el periodista nacionalista José Luis Torres que apostrofa al régimen conservador que se extendió entre1930 y 1943. Tanto en Los Siete Locos como en Los Lanzallamas, los personajes buscan concretar una “revolución” violenta, sin valores éticos ni premisas morales. Había que destruir, aniquilar, para reconstruir una nueva sociedad sobre las ruinas. La locura convulsiva no medía consecuencias, tal como sucedió con el golpe septembrino de 1930. Remo Augusto Erdosain era un lunático desesperado por obtener dinero fácil, a cualquier precio. No habitaban en él ideales patrióticos ni principios revolucionarios, sólo especulación y ganancia rápida. Con esa ansiedad materialista se une a la “sociedad secreta” que impulsaba el Astrólogo, un soñador épico que se negaba a reconocer su propia fragilidad. Cuantos Erdosain tuvo que padecer nuestro país a través de los años; cuantas perplejidades a la manera extraviada del Astrólogo. Esos personajes tienen el mérito de su vigencia a lo largo de los tiempos. Pero Arlt también registró precisos retratos sociales en sus míticas Aguafuertes Porteñas, publicadas en el diario El Mundo. Un conjunto de crónicas urbanas que contenían una profunda observación crítica sobre la porteñidad con estilo desenfadado, irónico y directo, como cuando narra la anomia social condescendiente en las horas posteriores al golpe que derroca a Yrigoyen. Roberto Arlt murió en 1942, su corazón no soportó más sueños. Dejó este mundo un año antes de otro golpe, el de los coroneles. No llegó a ver el final de aquella recriminada Década Infame. Tenía 42 años. Podría haber vivido unas cuantas décadas más. Otras Aguafuertes hubieran sido memorables. Y hoy… vaya que nos hace falta el bisturí de Arlt.
Leonardo Busquet
La mendacidad como estrategia del Poder. Leonardo Busquet
