Rebeldías en la ciber estupidez y el brutalismo condescendiente

La columna de Leonardo BusquetNoticia importante

En medio de múltiples acechanzas, la tiránica dependencia de los algoritmos domina la escena. Impone reflexiones cada vez más estrechas, limitadas. Inhibe, de manera notable, la capacidad crítica y genera, a su vez, una intimidante dependencia y reducción de lo racional que se acrecienta en la medida en que la tecnología se supera día a día e invade los lugares más íntimos de nuestra cotidianeidad de forma casi obscena. Muchos tratadistas del problema coinciden en señalar que estamos en presencia de un acelerado tiempo de deshumanización.
Nuestro rico, aunque vapuleado idioma castellano es una de las víctimas receptivas del ciber flagelo.  En estas cuestiones, como en la controvertida Inteligencia Artificial (IA), aparecen críticos y apólogos, cada uno con argumentos que suelen exceder el entendimiento de las personas comunes, generalmente cautivas de la seducción publicitaria de esos avances (presuntos). ¿Y si todo este engranaje termina en manos equivocadas?
Cuando la ciencia y la tecnología se ausentan de su obligación de investigar y crear para el bienestar y el desarrollo de la humanidad, cuando pierde el rumbo de la ética, comienzan los problemas. Con un martillo se puede construir, pero también puede lastimar cabezas y matar; vale el ejemplo por eso de las manos equivocadas.

Es un gran dilema para epistemólogos atrevidos, no intoxicados (aun) por aquella tiranía algorítmica. El mundo digital es tan cautivante como intimidante.

Deslumbra ver cómo modifica ciertos comportamientos, pero, en la misma medida, debería preocupar sus efectos negativos: alienación, aislamiento, dependencia, adicción, vulnerabilidad, entre otros daños que muchos especialistas han salido a advertir. El factor innovación no es la panacea. Parece un idealismo fútil, pero toda esta tecnología del ciber espacio tendría que ser direccionada para salvar a la humanidad de tantas acechanzas: enfermedades endémicas, guerras, hambrunas, devastaciones que la naturaleza se cobra por el avance depredador de la mano del hombre, planes económicos salvajes cuya consecuencia es el empobrecimiento de los sectores vulnerables bajo el predominio de las clases dominantes, mentiras maliciosas, en fin. Todo un vasto campo de iniquidades acentuadas por el desprecio, la ofensa, el odio de clase y racial y la impunidad. Aparece en el plan exterminador que soporta el pueblo palestino en Gaza, donde no hay guerra, sino genocidio planificado por el brutalismo del régimen de extrema derecha israelí con el sustento estratégico de los Estados Unidos, eje temerario al cual adhiere, incondicional, el extravagante gobierno entreguista de Milei.

Crisis eterna, catástrofe permanente. Cuando se observan estas realidades pavorosas que ofenden a la humanidad (ofensa que algunos no asumen), no se puede eludir el interrogante: ¿podrán la ciencia y la tecnología, aunque más no sea, intentar encarrilar la irracionalidad criminal que domina buena parte del mundo? Salvo pocas honrosas excepciones, hasta ahora no lo logró. Sucede que los intereses en danza son monumentales y parecen inconmovibles, a pesar del desquicio prepotente en marcha. El terreno de la política (contaminado) no solo no es ajeno a esta realidad perturbadora, es parte sustancial del problema. Salvo ciertas excepciones, la agitación callejera ha sido reemplazada por las redes sociales, y las tribunas, por breves textos con un lenguaje reducido a mínimos caracteres. La retórica pueril, la repetición del slogan sucinto y restrictivo produce, en buena medida, el hastío y el desencanto en algunos sectores sociales que, tras la desilusión por los problemas irresueltos, deciden no ir a votar, una discutida rebeldía cívica que afecta a la ya debilitada democracia y logra efectos no deseados.

También vegetan en esta ciber selva reduccionista, los incautos que, con curioso desdén, se dejan atrapar por los cantos de sirenas (a veces de penosa entonación), hasta que también se cansan del incumplimiento de un contrato social que debería sostener las obligaciones de las clases dirigentes que se empecinan en incumplir. Este panorama desalentador puede, en parte, justificar la decepción y el peligroso avance de la extrema derecha, los jíbaros del pensamiento crítico.

Cuando la última dictadura cívico-militar comenzaba a transitar su inexorable recta final (pronto se cumplirán cincuenta años de su debut), María Elena Walsh escribió un artículo memorable sobre la realidad de aquellos ominosos tiempos, lo tituló “País jardín de infantes”. Hoy, bien podría actualizarse como “País nosocomio”, agravado por la metamorfosis de ciertos sectores dirigenciales (políticos, empresarios, sindicales y sociales) que otrora esgrimían la defensa de las causas populares y ahora se encolumnan en vaticinios apocalípticos sobre el derrumbe del país, pero rubrican –claudicantes y desvergonzados– la salvación del conocido recetario del mesianismo de mercado. Hay una frase que se le atribuye a Winston Churchill: “Todo aquel que a los veinte años no es un idealista, es un canalla; y todo aquel que sigue siendo idealista después de los cuarenta, es un imbécil”. No hace mucho, Norberto Galasso, advertía que, “no se puede gobernar contra el pueblo durante mucho tiempo”. Es cierto, pero, mientras tanto, el terremoto del neofascismo de mercado abruma con sus réplicas y aceita la tradicional “máquina de impedir” contra la audacia de la rebeldía y la ética de la solidaridad. Hoy los argentinos padecemos un gobierno que expresa, cabalmente, lo peor de nuestra sociedad.

L.B. febrero 2026

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