Los memoriosos

En ese bar se juntaban los memoriosos, o alineadores, como les decían en otros lados, y en ese bar pasaban cosas.  Alejandro Miguel

¿Que eran los alineadores? Los que hablaban en alineaciones de equipos. Esos que repetían todo el tiempo viejas alineaciones de equipos antiguos como un saber misterioso. Lo atesoraban como un milagro de su memoria, y cada tanto dejaban caer alguno en el camino, como un pájaro volando deja caer un chorro de excremento, o un camión de caudales deja una bolsa de dinero, como un servicio al aire. Porque era eso, no decírselo a quien estaba escuchando, sino dejarlo en el aire, a que lo tomara quien pudiera. Como quien está lleno y se las saca para poder seguir metiéndose cosas. O quien cada tanto, como postas que va dejando en el aire, va dejando alguna alineación de equipo antiguo, como para delimitar algo, volver al espacio familiar, como un perro orinando por todos lados para volverlos suyos. O como quien acomoda el espacio, arregla el lugar a la vista de los otros, a que les agrade la vista, pequeños detalles sutiles en el espacio, para que los otros se sientan bien, como quien va volviendo el espacio de aire más amable.

Se juntaban en el bar de la esquina de Almagro. Y ya cuando llegaban a modo de saludo, tiraban:

–Arregueche, Marlo, Potemponi y PipinBrieva.

Y eso era todo lo que decían, después se sentaban. Con eso saludaban, pedían su consumición de siempre y hablaban del clima.

Si ya había alguno en la mesa, los recibía con un…

–Perente, Verle, Arraguchi, el rapidito, y Frepante, el alto, nueve, que jugó un tiempo…

Y eso era como decirle, vení, sentate, charlemos un rato. Ahí empezaban su charla de alineaciones.

Y no les miento con decirles que los alineadores hablaban solo en alineaciones, y con eso se entendían, y también los entendía la gente del bar.

Lo que vamos a contar de particular paso un día de septiembre, ya llegada la primavera, entre un grupo de alineadores de esa mesa. Primero llegó Morante, la mesa estaba sola, se sentó. Levantó el dedo índice de la mano izquierda en dirección al mozo, y le pidió:

–Ubarna, Metrele, Pipín Grillo y de cuatro, siempre atrás, Farrapane…

–Ya se lo llevo señor –le dijo el mozo, que tenía la característica de que manejaba y entendía todos los idiomas y dialectos de los visitantes del bar.

Después abrió el diario y completó la frase leyendo el diario, comentándolo, y moviendo la cabeza en señal de negación…

–Ferer, Arcone, Merme de ocho, ocho falso, el de siempre, Vernete.

–Y sí –le dijo el mozo preparando el pedido –la política está muy complicada…

Y ahí fue cuando completó el equipo, marcando cada posición con la mano, delante de su cara, como si fueran golpes de karate, uno al lado del otro, redondeó…

–Arista, dos nueves: Merlo y Fernete y el once Rívora.

–Lo mismo digo –le dijo el mozo.

Entonces llegó el segundo alineador. Saludó con la cabeza a unas personas que estaban ahí al costado, y se fue derechito a conversar con su amigo…

–Barbera, Troco, Tomaso, Pérez Merlo –Lo saludó…

Y  de golpe empezaron a sacar alineaciones conocidas, más que nada de los equipos de los 80 del fútbol conocido, que según un prestigioso estudio de una prestigiosa universidad, eran  los más conocidos del mundo, de todas las épocas, vaya uno a saber por qué, quizá porque los 80 era la última década en la que todavía quedaba algo. Después fue un derrumbarse todo, y hurgar en el derrumbe, que es básicamente vivir en estos tiempos.

El alineador que ya estaba lo saludó con el Independiente campeón del 83.

–Goyen, Clausen, Enrique, Trosero, Marangoni, Giusti, Bochini, Barberón, Burruchaga, Percudani.

Y el alineador que iba llegando lo saludó con un Boca de los 80.

–Gatti, Stafusa, Hravina, Miguel Simón, Amuchástegui, Giunta, el chino Tapia, el murciélago Graciani, Comas, y Walter Perazzo.

En el bar se hizo un silencio, cuando se convocaban a viejas alineaciones conocidas de los 80 todo el mundo paraba las rotativas y se ponía a escuchar. Era un momento familiar, acostumbrado, podría decirse necesario. Ahí nomás, más que nada por el silencio que se hizo, los dos alienadores se dieron cuenta de que tenían el auditorio con ellos. Y fue cuando se animaron a ir a más. Acá hay que decir algo más de los alineadores.  Los alineadores brindaban a todos su memoria, y con eso lograban agradar. Ahora, una cosa es si se busca agradar y otra cosa es si se busca sorprender. Si se buscaba agradar, bastaba con repetir la fórmula siempre, como un café con leche de mañana, o los baibiscuit mojados en el submarino, no hacía falta más que eso, con eso siempre, más o menos a la misma hora, como un ritual, alcanzaba. Ahora, si la cosa era sorprender, la cuestión era distinta. La información que había sorprendido antes no servía para la próxima ronda de sorpresa porque ya había sorprendido. No había sorpresa en lo que ya había sorprendido, hacía falta nueva información. Y así fue como los memoriosos, sobre el mismo trozo de memoria y de realidad anterior empezaron a sumarle, sin cambiarlo, cada vez más datos. La cosa terminó con el primer memorioso diciendo:

–Goyén, que ese día había bostezado la totalidad de 8 veces, y uno se lo había contagiado a la vecina. Villaverde que venía medio lento toda esa semana y de golpe se hacía preguntas existenciales, como: ¿Acaso la realidad existe o es algo que inventamos nosotros? Enrique, que ese día le había preguntado a su tío ¿Por qué tenemos apellido de nombre nosotros? Y Clausen, que antes del partido había pasado por el supermercado y había comprado medio kilo de papas de las blancas, las que vienen con mucha tierrita, que uno se pregunta siempre: ¿No podrían venir sin tierrita? Un kilo de batata, esa roja, que es como dura, que medio no se deje pelar, y uno siempre se pregunta ¿Para qué compré batata? Y zanahorias, que uno las pone como parte de la categoría verduras, pero no dan mucha verdura. De seis Trossero, que en ese partido estaba pensando ¿Qué onda si Papá Noel me traía ese tencito que  le pedí? ¿Podría haber sido maquinista yo y no estaría jugando este partido? En el medio línea de cuatro clásica. Marangoni de cinco, a punto de vencérsele el contrato de alquiler, cosa en la que estaba pensando la primera pelota que tocó. El Gringo Giusti incansable de ocho, que ese día había saludado a 32 personas, a todas más o menos de la misma manera. Y el bocha de 10, el genio, que a esa altura del partido había visto la totalidad de 34.576 palomas en su vida, todas más o menos distintas. Adelante, los de siempre, la Porota Barberón de once, rápido, potente, de pique recto, que siempre tiraba el centro pasado, y ese mismo día, el sabía, no se sabe cómo, y tampoco se lo preguntaba mucho, que a la noche iba a llover. Burruchaga de siete, delantero medio, pensando estoy inventando una nueva posición que va a ser dominante por los próximos 20 años en el fútbol: el cuarto volante, o primer delantero, o volante delantero, o falso nueve. Y de nueve, como siempre, el percu, Percudani, que a la madrugada dormido, sin que lo escuche nadie, ni el mismo, tosió, cuatro o cinco veces, si es que una que fue medio rara se cuenta como tos también.

Cuando terminó con este recuerdo, que casi lo terminó como si fuera un técnico, entre emocionado y apasionado, parado, marcando las posiciones y los recuerdos con movimientos de manos y dedos, se encontró con que todo el auditorio en pleno, lo estaba aplaudiendo de pie, por el momento estético, simbólico, que había brindado.

Yo era uno de los que estaban ese día en el bar, y aun lo recuerdo.

Está bueno ir al bar de los alineadores.