Eduardo Wilde

Pocos hombres como él, que paradójicamente nació y murió en el extranjero, amaron con tanta pasión al país y a sus paisanos “descamisados”.
Norberto Galasso y Fabián Mettler

Nace en Tupiza,  Departamento de Potosí, Bolivia, el 15 de junio de 1844. Su padre, el coronel Diego Wilde llegó hasta allí, junto con otros oficiales unitarios, en carácter de exiliado. Habían sido vencidos en la Ciudadela, en noviembre de 1831, por Facundo Quiroga. Eduardo transcurre su infancia sin sobresaltos en el modesto pueblito boliviano bajo la severa mirada de su madre, la tucumana Visitación García.  Aún no ha cumplido 14 años cuando, por pedido de su padre a Rudecindo Alvarado, logra ser admitido en el prestigioso Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, en Entre Ríos.

De a ratos a caballo y de a ratos en galera, el jovencito devora las leguas ansioso por llegar hasta el “modesto santuario de la ciencia”, donde se forman los “batallones sagrados de la patria ideal”, como repetía a los alumnos su ilustre rector Alberto Larroque.

Allí, en el internado del Colegio, Eduardo intima y comparte travesuras con: Julio A. Roca, Salvador María del Carril, Valentín Virasoro, Dámaso Salvatierra, Rafael Ruiz de los Llanos, Francisco Fernández, Olegario Ojeda y Victorino de la Plaza, entre otros. Wilde fue un excelente alumno y muy maduro para su edad. De esa época se recuerda un trabajo suyo titulado Comparación entre la filosofía moderna y antigua, que llamó la atención de los profesores por la profundidad de los planteos y por el estilo de la escritura.

Al finalizar el secundario se traslada a Buenos Aires para estudiar medicina. Aún no se ha recibido cuando en 1868 se desata  la epidemia del cólera. Eduardo, revelando un gran compromiso, pide licencia en el Boletín Oficial, puesto que le había conseguido Avellaneda, y se hace cargo del lazareto de coléricos recién inaugurado. Ningún médico había querido aceptar el puesto. Dos años después, en 1870, se gradúa por unanimidad y con honores con una tesis sobre el Hipo que luego será reconocida con medalla de oro por la Asociación Médica Bonaerense.

Todos los diarios, salvo La Nación, elogian al recién recibido. Dice La República: “El inteligentísimo Wilde ha dado uno de los más brillantes exámenes de tesis de cuantos han tenido lugar en nuestra Facultad de Medicina”.

Ese mismo año ingresa como médico de sanidad al Puerto de Buenos Aires. La ciudad aún no se había recuperado del azote del cólera cuando aparece la temible Fiebre Amarilla. Nuevamente, el joven tupiceño, ante la deserción de muchos colegas que asustados huyen de la ciudad, agarra el maletín  y visita a centenares de enfermos y moribundos. A tal punto se compromete que pronto lo ataca la enfermedad. Logra salvarse de milagro, aunque tiene que enfrentar una larga convalecencia. Su valiente actuación será luego reconocida por la Municipalidad con una medalla de oro.

Como nieto de un destacado masón y tal vez movido por inquietudes espirituales profundas, Eduardo Wilde decide ingresar a la orden del compás y la escuadra a mediados de los sesenta. Debía iniciarse –dice Alcibíades Lappas en La Masonería– el 15 de mayo de 1866 en la Logia Consuelo del Infortunio N° 3, presidida por Nicanor Albarellos;  pero no pudo hacerlo en esa fecha porque tuvo que atender una urgencia médica. Pudo iniciarse recién 5 años más tarde, el 19 de septiembre de 1871 en la Logia Constancia N° 7, presidida por el Venerable Maestro Héctor  Varela. Por ese entonces muchos de sus amigos ya eran Hermanos e integraban la Comisión Popular de lucha contra la fiebre amarilla encabeza por el Gran Maestre Roque Pérez.

En 1873 Eduardo Wilde es designado profesor de anatomía en la Facultad de Ciencias Médicas de Buenos Aires, cátedra que debe abandonar tiempo después por una revuelta de alumnos que cuestionan su saber académico. Sin embargo, el conflicto esconde otro problema: la posición política del profesor. Es que Eduardo con su estilo punzante y desenfadado, escribiendo desde El Mosquito y desde El Pueblo, había fustigado sin tregua  la Guerra del Paraguay y la gestión de Mitre como presidente.

La Historia Oficial ha borrado el perfil antimistrista de Wilde, condenándolo al mundo literario, como autor de cuentos, alguno de los cuales –como Tini– han recibido abundantes elogios de los literatos consagrados. Sin embargo, las cosas que escribió en ese tiempo y las que escribiría después sobre Mitre, no dejan dudas: “Su presidencia fue guerra a las provincias, la horca, ‘la pacificación’ de las tumbas, la soledad de la muerte… El terror, en la lanza de sus procónsules, el exterminio llevado a un pueblo hermano” (Fígaro, 28/10/1885).

Pero no solo tiene claro que el mitrismo representa: “La aristocracia, no digo la de estirpe o familia, porque no la hay entre nosotros, pero sí la del dinero, del capital, de la finanza, del comercio y la gran propiedad territorial (…)”, sino que se asume como un hombre del pueblo, como un “descamisado”. Dice Wilde, en un artículo escrito en los prolegómenos de la elección presidencial de 1874: “La prensa mitrista llama Descamisados a todos los que no son partidarios de su ídolo… Pero, ¿quién les habrá robado la camisa? ¿Por qué, siendo argentinos, se encuentran desheredados en su propia Patria? (…). Los Descamisados no son mitristas. Los mitristas tienen camisa, casa, alimento y dinero (…). Recogemos el nombre o el apodo con que se pretende injuriar a los partidarios de nuestras ideas y nos lo apropiamos con orgullo.

Somos los Descamisados, no traficamos con nuestra conciencia, pero el sol que lucirá hoy no se ocultará en el horizonte sin presenciar nuestra victoria democrática” (La República, 12/4/1874).

Justamente representando a los “descamisados” logra ser electo diputado provincial en 1874, acompañando luego la fórmula Nicolás Avellaneda-Mariano Acosta, sellada tiempo antes entre el tucumano y Adolfo Alsina.  Como hombre del Autonomismo ocupó la vicepresidencia segunda de la Cámara y uno de los primeros proyectos que le tocó debatir fue el de “educación común, laica y obligatoria” en la Provincia de Buenos Aires. Demostró en el recinto sus altos dotes oratorios y su vastísima formación cultural.

David Peña dijo: “cuando Wilde pedía la palabra la Cámara entera contenía el aliento”.

En 1876 dicta clases de anatomía en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Paralelamente se desempeña como delegado de la Facultad de Medicina ante el Consejo Superior de la UBA. Allí integra una comisión encargada de redactar un nuevo estatuto universitario.  Por esa época publica dos libros relativos a su profesión (Lecciones de higiene y Lecciones de medicina legal y toxicología). También publica Prometeo y Cia., un libro con recuerdos de su experiencia profesional.

En 1882 Julio A. Roca, su antiguo compañero en el Colegio del Uruguay,  lo designa Ministro de Justicia e Instrucción Pública. Desde ese cargo impulsa el proyecto de educación común, laica y obligatoria, participando de los debates en ambas cámaras. Sus intervenciones, con citas de filósofos e historiadores y matizados con su humor chispeante, sacan canas verdes a los legisladores clericales. Es que estos saben que después de la separación de la Iglesia de la Escuela viene la separación de la Iglesia del Estado, y no están dispuestos a ceder terreno. Por eso apelan, como luego lo harían con Perón, a golpear en todos los frentes. Editan diarios, juntan firmas y presionan a las familias de los legisladores dudosos. Pero al final son derrotados y se sanciona la ley 1420, de educación gratuita, laica y obligatoria. Han triunfado las ideas liberales. El proceso de secularización ya es irreversible y Wilde aprovecha el envión para impulsar otros  proyectos, entre ellos el de Registro del Estado Civil de las Personas (ley 1565, sancionada en octubre de 1884).

En 1886, Juarez Celman lo nombra Ministro del Interior. Wilde no sólo se ocupa de su cartera, sino que como médico con perfil sanitarista se enfoca en la higiene pública.

En 1890, al producirse la revolución que tumba a ese gobierno,  decide exiliarse voluntariamente. Durante ocho años recorre Europa, Egipto, China, Japón y EEUU. Como resultado de esas travesías deja escrito dos libros: Por mares y por tierras y Viajes y observaciones (editados en 4 tomos). De regreso al país integra varias Comisiones: la de Escuelas,  la de Agua corriente, Cloacas y Adoquinados y la Comisión que levantó el Hospital Militar. En 1898 se hizo cargo por segunda vez del Departamento Nacional de Higiene (que ya había integrado en 1880). Roca en su segunda presidencia lo designa Embajador Extraordinario y Ministro Plenipotenciario para representar al país ante EEUU, México, Holanda, España y Bélgica. En 1901 representa a la Argentina ante el Congreso Internacional Sanitario celebrado en La Habana.

Perteneció a la Generación del Ochenta. Fue un gran conversador que se burlaba de los acontecimientos. Un fino humorista y un crítico implacable.

Ejerció el periodismo desde su juventud. Escribió crónicas corrosivas en La Nación Argentina, La Tribuna, El Pueblo, El Mosquito. También dirigió el diario La República durante cuatro años. Estuvo casado con Ventura Muñoz y en segundas nupcias, después de un divorcio tormentoso, con Guillermina Oliveira Cesar. Murió el 5 de septiembre de 1913, en Bélgica. Diez años después, en mayo de 1923, sus restos fueron repatriados y enterrados en la Recoleta.

Eduardo Wilde fue un adalid de la separación de la Iglesia del Estado y de la salubridad pública.

Bregó por el desarrollo de una medicina y una cultura argentina. Se definió a favor de la industria nacional. Acompañó a Roca y enfrentó a Mitre. Pocos hombres como él, que paradójicamente nació y murió en el extranjero, amaron con tanta pasión al país y a sus paisanos “descamisados”. Pese a que la Historia Oficial, de cuño mitrista, quiso aligerarle los méritos, sus Obras Completas, compuestas de diecinueve volúmenes, dan cuenta del peso que tuvo en la política y en la cultura argentina.