Bicicletas

De cuando Tito Vaccaro, desde su balcón, anticipó un fallo judicial

Hace unos diez días, nuestro querido colaborador de DESDE BOEDO, Tito Vaccaro, autor de tantas deliciosas viñetas urbanas tan boedenses como universales, nos acercó via mail con su proverbial modestia un “texto a considerar”. La “consideración” debía proveerse a “No todas las bicicletas son financieras”, una poética visión –desde su balcón del noveno– del tránsito porteño con sus nuevos habitantes: “jóvenes de futuro incierto con metas que se alejan, velocistas sin velódromo ni podios a la vista”. Hablaba de los riesgos a los que los someten, se someten y someten a su entorno los pibes delivery, una nueva “tribu” de explotados urbanos. Pues bien, primero sobrevuelen el balcón de Tito, el nuevo Nostradamus porteño que parecería haber inspirado al juez Gallardo para que, diez días después, fallara prohibiendo ese tipo de reparto si no se toman las medidas y se da cumplimiento a las reglamentaciones, salvaguardando vidas propias y ajenas.

Lo dicho: primero la crónica, luego la justicia ¿Será Justicia?  (M. B.)

 

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No todas las bicicletas son financieras
Por Tito Vaccaro

 Sale al balcón para regar el ficus. A media mañana el sol llega de costado, sin molestar. Relajado –durmió de un tirón toda la noche–, se asoma para mirar el tránsito.

Vista desde el piso nueve, la calle es una pista. Los vehículos se desplazan en una misma dirección. Desfilan como carrozas de diferentes colores. Los colectivos son rectángulos de plomo que se detienen en la parada y siguen viaje; pasan coches azules, grises, rojos, blancos como heladeras acostadas, taxis negros con terrazas de omelette.  Cinco motos se filtran en cadena, riesgos asumidos desde el vamos, aventuras en zigzag generadoras de insultos. Lo habitual desde hace años.

Sin embargo, hay nuevas piezas sobre el tablero. No se trata de escapes humeantes ni de motores turbulentos. Son fichas cuadradas que se deslizan  entre las fieras, ardillas que se escurren sigilosas. Una roja por allá, dos amarillas pegadas al cordón, otra naranja se adelanta por el medio. Figuras irreconocibles desde lo alto. Pero basta fijar la atención para acercarse a la verdad. Esas placas movedizas son cubos recubiertos de plástico, adheridos al dorso de ciclistas adolescentes.  Algunos de los briosos estibadores llevan cascos precarios; otros, gorritas a la moda o directamente la cabeza descubierta. Que los proteja San Expedito. Se dice que son trabajadores independientes, tenaces microemprendedores,  monotributistas sin relación de dependencia. En realidad integran un equipo desamparado con cada día más jugadores. Sólidas pantorrillas que pedalean a toda hora, columnas encorvadas, miradas vivaces para eludir paragolpes.

Cuando no están en tránsito se los puede ver juntos en alguna esquina. Atentos al celular, con sus cofres ambulantes sobre el piso, esperan la llamada que les  permita ganar algunos pesos. No muchos, claro. Quien resulta afortunado monta su monoplaza y parte con velocidad de rayo en busca de la mercadería. Pizzas y empanadas que no deben enfriarse, remedios, botellas de gaseosas, latitas de cerveza, ramos de flores, delicadas piezas de sushi, pilas para el control remoto. Todo puede ser trasladado en esos baúles con cierre relámpago. Efectúa la entrega, recibe una propina exigua y queda disponible para una nueva misión.

Jóvenes de futuro incierto con metas que se alejan, velocistas sin velódromo ni podios a la vista.

El del noveno tiene pocas ganas de hacerse preguntas. Pero se las hace. ¿Y las leyes laborales? ¿No estaba prohibida la tracción a sangre? ¿Es más defendido el caballito del  botellero? ¿Despierta más interés un pingüino empretrolado? ¿O el delfín que mordió un anzuelo por accidente?  ¿Sólo nos solidarizamos para empujar hacia el mar la ballena que apareció sobre la playa?  ¿Nos resulta cómoda esta piedad selectiva?

Tiempos raros, reflexiona. Ya no hay tranvías sobre los rieles. Ni rieles. Aunque “en la vía” hay cada vez más personas. No hay ruedas macizas, predominan las livianas, propias de las motos o de las  hoy veneradas bicicletas. Unas y otras florecen para cumplir los usos más diversos.  Ágiles vehículos que se pueden pagar en cómodas cuotas, herramientas de sacrificados repartidores o fetiches de los cultores del  físico. Símbolos de la vida saludable, diosas de los guardias del medioambiente. A veces en grupos como nubes, a  veces en recorridos solitarios. A la tarde, al amanecer, a la noche, en la madrugada. Siempre.

Hay de todo. Bicis gratuitas de uso público, que suman amarillo al amarillo de las bicisendas, del  Metrobús, de carteles indicadores, de vallas protectoras  y  cordones pintados en las esquinas.  Muchas son utilizadas por fantasmas nocturnos que circulan sin ninguna lucecita; otras son conducidas por imperdonables paseadores de hijitos en la mochila o por trotamundos de veredas rotas que asustan a los viejos y a las embarazadas. Peligrosos papanatas.

Levanta el balde. Lo inclina sobre la maceta. Mientras la tierra absorbe el agua, él acaricia las hojas de la planta, tersas como satén, lustrosas como badana. Su orgullo, desde que le dijeron que tiene mano verde.  Y abandona el balcón. Toma siete mates seguidos, se pone la campera azul y sale. Ya en el ascensor le dice al espejo que tendrá cuidado al cruzar. Atraviesa el palier, abre la puerta de calle y desde el umbral mira hacia ambos lados. Ningún jinete se aproxima.  Allá vamos… Pero,  a pocos metros, un auto frena de golpe para no atropellar a una vecina que cruza por cualquier lado.

Nada nuevo, se dice. Piensa en “la ciudad de la furia” que cantaba Soda Stéreo. Aunque, tanguero al fin,  evoca pasajes de la Bicicleta blanca de Horacio Ferrer. Los entona a media voz: “sabés que ganar no está en llegar sino en seguir… en un cometa con pedales, dale que te dale…”. Entonces pisa la vereda y enfila hacia el trabajo.

 

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Delivery en bici: prohibido (por ahora)

El juez Andrés Gallardo titular del juzgado n° 2 en lo Contencioso Administrativo y Tributario dispuso las prohibición de utilizar bicicletas en los deliverys porteños. Los jóvenes repartidores a bordo de bicicletas atraviesan un momento de profusa actividad de la mano de la crisis laboral y la explotación descontrolada –por falta de reglamentaciones y/o controles al respecto– de la que son víctimas y beneficiarios a un mismo tiempo. Generan esta fuente de riesgoso trabajo empresas que han brotado de la nada y hoy se disputan el –al parecer– productivo maná de la distribución de mercadería en bicicleta. Firmas como  Rappi Arg. S.A.S., Kadabra S.A.S. (Glovo) y Pedidos Ya S.A luchan por el cetro y la cooptación de los cicliesclavos que arriesgan vida propia y ajena en la premura y competencia de las entregas.

Bueno, desde este fallo, la Justicia exige a estas empresas que acrediten haber dado cumplimiento a los mínimos requisitos legales comprendidos en el capítulo 13 del Código de Tránsito y Transporte porteño. Y les ordenó, adicionalmente, que diseñen y ejecuten un plan de contingencia económica y social para todos los repartidores de las firmas involucradas, que compense la reducción de sus ingresos hasta tanto se normalice la situación, a través del Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat. Al respecto señala el magistrado que impone esas disposiciones de resguardo “frente al hecho de que cualquier medida que se adopte resentirá el ingreso que perciben los trabajadores de mensajería. Situación que golpeará de lleno en un colectivo que ya padece situación de vulnerabilidad e informalidad y que no tiene responsabilidad alguna por el desmanejo operado en el área hasta el presente”.

Así, se dispuso que el Gobierno de la Ciudad debe adoptar las medidas necesarias para regularizar el funcionamiento del RUTRAMyC (Registro Único de Transporte en Motovehículos y/o Ciclorodados) y de las empresas que se dedican a prestar ese tipo de servicios e implementar los controles pertinentes para que la actividad se desarrolle en acuerdo con a la ley, y fundamentalmente, a efectos de salvaguardar la seguridad de las personas involucradas.

“Como surge del relevamiento efectuado por la Policía de la Ciudad –señaló el juez–, el servicio de mensajería urbana y reparto de sustancias a domicilio llevado a cabo en la CABA por las firmas prestatarias, se realiza en franca transgresión a la normativa vigente, y sin que se les exija al menos, dar cumplimiento a las normas básicas en materia de seguridad contenidas en los artículos 13.3.5., 13.3.6., 13.4.2.2., 13.6.1. del Código de Tránsito y Transporte, y 13.4.2.2. del Decreto Reglamentario 198/18”. (De tal modo que…) “es necesario aplicar las medidas coercitivas necesarias para lograr que se dé cumplimiento estricto y sin demora a las disposiciones contenidas en el Código y en su decreto reglamentario, al menos en lo atinente a utilización de casco, de luces reglamentarias, y en caso de llevar caja portaobjetos, que la misma se encuentre asegurada al vehículo, así como existencia de seguro y de libreta sanitaria en caso de transporte de sustancias alimenticias” –como sucede en la enorme mayoría de los casos, señalamos.

La corroboración de las infracciones de circulación surge de un relevamiento realizado por la Policía de la Ciudad –señalado por el magistrado en su fallo– sobre un total de 691 motos y bicicletas que prestaban servicios de esta índole. Del total de los repartidores en bicicleta (417), el 67 por ciento circulaba sin casco, el 77 lo hacía con la caja de delivery sobre la espalda –debe ir asentada sobre el vehículo– y el 70 por ciento no contaba con ningún tipo de seguro. En el caso de las motos la mayoría de los repartidores llevaba casco aunque casi la mitad cargaba la caja sobre los hombros y no poseía seguro alguno.

El juez no eximió al Gobierno porteño al ordenarle que “asuma la responsabilidad que le cabe al haber permitido este grave cuadro y mitigue los efectos económicos y sociales que necesariamente deriven de lo aquí resuelto”.-

Entre las firmas “damnificadas” por la resolución, Rappi tomó la delantera en sus declaraciones: “La resolución de público conocimiento dictada hoy por el Juzgado de 1° instancia en lo contencioso administrativo y tributario N°2 a cargo del Juez Roberto Andrés Gallardo, afecta a toda la industria de mensajería urbana y reparto a domicilio de sustancias alimenticias en la Ciudad, y pone en riesgo la continuidad de las fuentes de ingreso de miles de personas”.

“Desde Rappi expresamos nuestra preocupación por esta situación, inédita a nivel mundial, e informamos que apelaremos dicha decisión. Asimismo, seguiremos en contacto con las autoridades para contribuir en la búsqueda de soluciones que protejan a todas las partes de nuestra comunidad, fomenten la innovación, y permitan el normal desarrollo de la economía digital”.

El representante de Rappi Arg. S.A.S. no facilitó su nombre, pero bien pudiera llamarse Poncio Pilatos.