Así que pasen tres meses

Amigos, ante publicaciones recientes aparecidas en la prensa diaria me veo obligado –hasta por una cuestión de honestidad– a poner una coda a lo anterior. El punto final, ahora sí, es “final, final”. Son cosas que suceden cuando uno se mete en camisa de once varas. Un abrazo. Fernando Sánchez Zinny.

                             Somos lo que hacemos para no ser lo que somos. Anónimo

Queridos amigos, supuse que con la pequeña nota anterior quedaba –al menos en cuanto a mí– cerrado y explicado el asunto de que trataba. Han pasado dos o tres días y esa presunción se me demuestra falsa: varios han salido, también, a hablar del mismo tema y presentan, en algunos casos, alternativas cuya exposición obliga inexcusablemente a formular ciertas consideraciones.

En algún sentido, esto ocurrido me recuerda al caso de una persona con la que he estado vinculado estrechamente,  y que en su adolescencia y primera juventud tuvo  veleidades de cineasta: había hecho, de entrada, algunos cortos “de barrio” y sostenía haber inventado, en el transcurso de esas filmaciones improvisadas, el travelling (cámara en movimiento), a partir del uso de uno de aquellos triciclos de reparto: ¡claro que sí, no mentía!: en verdad lo inventó de veras, por las suyas, sólo que muy poco después descubrió que tal artilugio estaba ya inventado y que Griffith y Eisenstein habían hecho maravillas mediante su aplicación.

Parece que yo también, en mi caso, inventé lo que estaba inventado… O no, porque, estrictamente, me adelanté en la publicación, pero es obvio que quienes llegaron más tarde en absoluto me copiaron, y ni siquiera pudieron haberlo hecho. En todo caso, se habría dado aquí un fenómeno no extraño en la cocina del periodismo: todos los periódicos dicen más o menos lo mismo y muchos suponen que es porque de antemano se ponen de acuerdo, cosa que, generalmente, no es cierta… En lo cotidiano simplemente sucede que todos están inmersos en el mismo ambiente, todos son de extracción social muy semejante, manejan idénticas informaciones y receptan iguales inquietudes.

Ya los otros días, en comunicación privada con Osvaldo Rossi, le había adelantado que Jorge Asís –sobre cuya agudeza y sagacidad no vamos ahora entrar a debatir– publicó simultáneamente con mi testimonio, algo en lo que aproximadamente decía lo que yo había dicho, pero difería mucho en las consecuencias:  él temía un estallido social y acotaba que esto de la cuarentena tiene sus bemoles.

Convengo en ello: la gente especialmente rica siempre ha vivido, de hecho, en una suerte de cuarentena, por lo que la situación actual no debería entrañar para ella mayor novedad. Sí, en cambio, lo entraña para esa cosa difusa que se llama “clase media” y para sus afines, todos ellos hoy maniáticamente sumidos en una parafernalia de guantes, barbijos y alcohol en gel. ¿Pero qué pasa con el marginal o excluido? ¿Qué con el que vive de changas y jornales o está en el sector “informal”? ¿Qué con el “microempresario” cuya empresa consiste en un boliche? ¿Qué con el que hace corretajes? ¿Cómo aguantarán en medio de esta malaria los dos o tres meses que vienen? Yo no tengo respuestas, pero admito como alternativa posible la inminencia de fuertes movimientos de resistencia civil, quizá con marchas, desmanes y saqueos, según la preocupada hipótesis del turco.

Muy en consonancia con ese temor es el título hoy aparecido en la edición digital de Clarín: “El Ejército desembarca en La Matanza para repartir alimentos y prevenir desbordes”, ante el cual doy por sentado que no se trata de desbordes del río epónimo. Luego, ya agoreramente, se añade que la situación en partidos como Quilmes y La Matanza “constituye la obsesión de las autoridades”, lo que un poco ya me huele a sensacionalismo que quiere hacer pasar de contrabando.

En busca de otras perspectivas más afines con la mía paso a La Prensa, cuyo reducido crédito actual no impide que, a veces, se hallen cosas interesantes en sus artículos. Y encuentro, también en la edición on line de hoy, una nota de Armando Ribas –¡tan luego Armando Ribas, sí señor: Armando Ribas, él mismo– titulada “Keynes está de regreso”. Tomo dos párrafos sucesivos: “Nos guste o no nos guste ante los hechos presentes parece desaparecer la mano invisible y no queda otra que aceptar que sólo el Estado puede tratar de impedir la tristeza que surge de los hechos que se enfrentan. Creo que un hecho inusitado ante la situación presente es que la creación de moneda puede permitir corregir el impacto que tiene el corona virus directamente sobre la producción y el desempleo”.­

“La expansión monetaria que crea el Estado para entregar a los ciudadanos no es a mi juicio parte del gasto público. Es el gasto de los ciudadanos que permite aumentar la demanda de productos y consecuentemente una mayor producción para satisfacer la demanda. En otras palabras, me atrevo a decir que el que gasta la moneda creada no es el Estado sino los ciudadanos. ¡Qué milagro de la historia!”

Sigo con La Prensa y paso a otra nota, ésta de Jorge Raventos, a quien conozco hace 40 años y elijo de ella un fragmento: “Quizá la teoría del derrame no funciona cuando se trata del crecimiento de la riqueza, pero sin duda se aplica a los procesos de recesión y empobrecimiento: hay una cascada que se traduce en mayor fragilidad social y consecuentemente, un debilitamiento de los sistemas inmunes de amplios sectores.­

Hoy el FMI y el Banco Mundial plantean abiertamente la necesidad de perdonar las deudas de los países más postergados y desde varios sectores se formula la necesidad de un “Plan Marshall” para salir de la grave crisis que golpeará tanto a los más postergados como a los más acomodados.

“Los Estados se ven forzados a inyectar grandes cantidades de dinero para que el sistema siga funcionando: por ejemplo, que las personas que se han quedado temporalmente sin trabajo sigan cobrando para poder pagar las facturas, o que las empresas que no pueden producir puedan pagar a sus trabajadores.”

Estoy muy de acuerdo con Ribas –debe ser la primera vez en mi vida y me alegra este entendimiento in extremis– y también con Raventos;  a éste  último le reprocharía el uso del término “perdonar” y le sugeriría, en su reemplazo, algo así como “postergar el pago de”, pero es un detalle.

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Una reflexión: qué endeble resultó ser ese andamiaje montado de un día para otro, tras la desaparición del comunismo; hecho de incongruencias, paradojas, sofismas, ventajitas inmediatas y una enloquecida dosis de voluntarismo, ante un mínimo sacudón se estremece todo y han perdido la fe en él hasta de sus sostenedores presuntamente más firmes.

Y eso que había afrontado y superado dificultades mucho mayores, como el fundamentalismo, el desafío islámico, las migraciones, pero quizás ahora ya “las brevas están maduras”. Una gripe de cepa nueva que además tiene un muy bajo nivel de mortalidad, ha bastado para mandar todo al diablo. Y ya que estábamos con la Guerra del 14, vaya un símil: durante un siglo, la herencia de la Santa Alianza había resistido a revoluciones y a transformaciones extraordinarias, a tensiones y contradicciones fortísimas. El conflicto andaba siempre rondando, pero siempre o se lo eludía o era fugaz, al punto de que, perfectamente en paz, una Europa engreída pudo ejecutar el reparto colonial del mundo, hasta que un buen día el asesinato de un archiduque –hecho lamentable, sin duda, pero muy menor–, la precipitó en la vorágine.

No, no miremos para otro lado: la culpa es nuestra y exclusivamente nuestra. Fue la época y la generación que nos contienen las que no supieron qué hacer con la impunidad y la facilidad especulativa que imprevistamente les cayeron en las manos: hubo egoísmo, cerrazón e indolencia intelectual. Nosotros como individuos repetimos el destino de los emigrados franceses: “nada aprendimos y nada olvidamos”.

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Tres meses; hay que aguardar tres meses.

–¿De dónde sale eso?

–De la experiencia china: de diciembre a marzo van tres meses, lapso en el que al parecer el virus actúa, contagia y da cuenta de los vulnerables, hasta que la generalidad de los organismos adquiere una relativa inmunidad. Luego el virus sigue existiendo y, por supuesto, y continuarán apareciendo nuevos casos, pero no ya con carácter de epidemia. En China ha pasado esto, con un registro de morbilidad en marcado descenso y no ha sido por la acción de ningún remedio, que aunque ya se haya descubierto –que, en verdad, no lo sé–, todavía no se ha aplicado.

Tres meses, pasan pronto. Pero hay que pasarlos: el tema de la pequeña sociedad en que vivimos, en el fin del mundo, es saber si estamos en condiciones de hacerlo. Se verá; yo creo que sí. Pero no preocuparse, no vale la pena: mañana será otro día.

 

                            Fernando Sánchez Zinny / 27/3/20