Vuelve el Teatro del Pueblo

Se anuncia para el domingo 2 de febrero la inauguración del nuevo Teatro del Pueblo, sito en Lavalle 3636, Almagro. Mario Bellocchio

Se anuncia para el domingo 2 de febrero la inauguración –con el estreno de la obra “Solo queda rezar” de Roberto Tito Cossa escrita en sociedad con su hijo Mariano Cossa–, del nuevo Teatro del Pueblo, sito en Lavalle 3636, Almagro, cuyo edificio ya tuvo estreno a fines de noviembre de 2019 con la celebración correspondiente. 

Ahora se trata de poner en funciones –nunca mejor aplicada la expresión– el logro tan largamente trabajado de tener, por primera vez desde 1930 –año de su fundación– casa propia. Decía Tito Cossa, alma pater del emprendimiento, cuando el “corte de cintas” del año pasado: “En estos tiempos esto es un milagro. Recibimos un gran apoyo de la comunidad e incluso de los organismos estatales, que dependen de un gobierno que no se parece a nuestras ideas. Pero creo que aparte de esa ayuda, este proyecto tuvo la energía del movimiento de los teatros independientes”, comentando sobre la obra, escrita en colaboración con su hijo Mariano, que se trata de una “comedia filosófica”.

El “avance” de la civilización, los vaivenes de las sociedades y los sistemas políticos, la tecnología, la eficiencia y la búsqueda de la perfección, los fracasos sucesivos en los intentos por crear una sociedad más justa, son algunos de los temas que se despliegan en la obra donde el teatro como forma de interrogación, como planteo de la incertidumbre que genera el devenir de la política actual en el mundo, resulta una metáfora de la realidad circundante, pero también un entretenimiento irónico e inteligente.

Inauguración del edificio (Página12)

Se reanuda finalmente, con la puesta en escena de “Solo queda rezar”, la funcionalidad de la célebre sala inaugurada hace 90 años por Leónidas Barletta.

Eran tiempos en que Jacques Copeau en Francia describía así la escena profesional: “Después de la medianoche, luego de recontar el bordereau, cada cual volvía a su casa sin que lo guiase otro afán, en lo que se refería a los destinos del “arte dramático”, que el dinero”. Embarcado en ese impulso reivindicativo del arte teatral Copeau creaba su célebre “Vieux Colombier”.

En nuestro medio a Vicente Martínez Cuitiño le preocupaba la ausencia de un teatro de vanguardia: “Es lamentable que una ciudad de más de dos millones de habitantes, que es algo así como el centro artístico de Sud América, carezca de un teatro experimental, mantenido por el gobierno, o privado…”.

Y Florencio Sánchez observaba: “Escribir para el teatro comenzó a ser un modus vivendi. Como se pagaba poco, se producía mucho y malo”.

Con ese “clima comercial” extendido desde la producción a la autoría y a la interpretación –a fines de los años veinte– el teatro profesional languidecía en la mediocridad. En la vertiente opuesta los cuadros “filodramáticos” integrados por aficionados, navegaban sin propósitos firmes ni ideas renovadoras. Todo estaba dispuesto para la aparición del teatro independiente, apuntando a la creatividad, la claridad conceptual en un claro salto cualitativo del repertorio y la actuación, que postergaba la prioridad monetaria.

Un hombre de Boedo –Leónidas Barletta– logra reunir percepción e impulso en la creación del “Teatro del Pueblo”, considerado el mojón inicial del movimiento independientista. Es el atardecer del año 1930 y se encienden las luces del renacimiento teatral con el propósito de resaltar sus valores más significativos como expresión artística. Brota de ellos un concepto popular del arte escénico con costos mínimos y participaciones entusiastas que disimulan las carencias económicas con logros artísticos.

El repertorio incluye la participación de autores nacionales. Descuellan Roberto Arlt, Alvaro Yunque, Pablo Palant, Ezequiel Martínez Estrada, Raúl González Tuñón incorporándose al parnaso de los grandes hitos universales de la escena, que también se vuelcan en las tablas.

Corrientes 465 resulta ser el primer domicilio estable –ámbito precario con pasado de lechería– que alberga al empeñoso grupo. Aún se recuerda tiernamente el pintoresco método convocatorio de Barletta haciendo sonar una campana mientras anunciaba el título de la obra.

El Teatro alterna repercusión con mudanzas y logra en 1937 la concesión de la espaciosa sala de Corrientes 1530 –donde hoy se ubica el Teatro San Martín– para transitar años más notorios, hasta ser desalojado en 1943. A partir de allí, el subsuelo de Diagonal Norte 943 le da cobijo hasta 2016. Desde 1996 la Fundación Somigliana (SOMI) se hace cargo de la dirección y programación del “Teatro del Pueblo” que brevemente debió mutar su nombre a “Teatro de la Campana” para salvar derechos de propiedad intelectual.

El año pasado, con motivo de la inauguración del edificio propio, el dramaturgo Roberto Perinelli, secretario de SOMI, decía: “En 2016 nos enteramos de que debíamos desalojar el lugar, y deliberamos qué hacer. La Fundación había incorporado un poco antes gente nueva, y con este nuevo equipo entendimos que había espacio para el atrevimiento. De esta manera, emprendimos esta aventura de comprar un antiguo galpón donde funcionaba un teatro –Puerta Roja– y llevar adelante la construcción de este edificio, tarea que estuvo a cargo de los arquitectos Natalia Miranda y Daniel Miranda”.

Hoy, a días de la inauguración funcional y ya cercanos los 90 años de la célebre sala, desde un espacio propio, la mítica campana vuelve a tañer. El regreso del Teatro del Pueblo trae aparejado el eco del más prestigioso teatro local: el teatro independiente.

Mario Bellocchio