Venecia sin tí

Las medidas preventivas de la cuarentena por el COVID-19 tornaron transparentes las aguas de los canales. El regreso de los cisnes y los peces.

Venecia fue zona roja, uno de los primeros lugares de Italia y del mundo donde se impuso la cuarentena.

Desde el pasado 24 de febrero se han tomado medidas para prohibir los movimientos que han traído consigo el confinamiento en casa de sus ciudadanos y, sobre todo, la desaparición completa de las grandes naves de crucero y de las masas de turistas que cada día llegaban para pasar unas pocas horas.

El hombre se ha retirado apenas unos días y el ecosistema nos ha mostrado su increíble capacidad de regeneración. El agua está completamente cristalina, transparente, con un color turquesa intenso. Se ve el fondo de los canales, los cisnes nadan despreocupados, los peces saltan incluso en el Gran Canal, las patas con sus patitos pasean por debajo del Puente de Rialto alegrando la vida a los residentes venecianos confinados en sus casas.

La carga fisiológica

El CNR ISMAR (Instituto de las Ciencias Marinas), ubicado en el Arsenal de la isla de Venecia, es una institución dedicada a investigar el agua de la laguna y sus ecosistemas. Desde allí atienda la llamada Marco Sigovini quien asegura que una de las principales fuentes de contaminación del agua es la carga fisiológica, los excrementos y residuos orgánicos generados por un número tan grande de turistas sobre un espacio tan reducido y en un tiempo tan corto. Una cantidad inasumible por la naturaleza que castiga un ecosistema tan frágil y maravilloso como el de la laguna. Otra fuente son los medios de transporte que usan esos turistas: taxis acuáticos y también barcones que traen a multitudes a Venecia. Hasta esta crisis recibía al año unos veinticinco millones de turistas en una superficie de 8,3 kms cuadrados. Si se hace una media matemática son 68.500 al día.

No al turismo “mordi e fuggi”(1)

Cuando sus habitantes no llegan a 50.000, cuenta Claudio Staderini (2) sobre la optimización del turismo en Venecia, la inmensa mayoría de estos turistas (el 70%, y en muchos periodos el 90%) vienen “sólo por unas horas”, lo que se denomina turismo mordi e fuggi. Según los datos facilitados por Staderini, estos viajeros aportan tan sólo el 30% de los ingresos y causan el 90% del impacto ecológico con cosas aparentemente tan inocentes como las botellas de plástico o sus propios residuos orgánicos. Sin embargo, existe un 10% de los turistas que trae el 90% de los ingresos turísticos de la ciudad: son los que pasan varios días, visitan zonas menos conocidas de la ciudad y llenan sus botellas con el agua de las fuentes que viene de los Dolomitas.

El impacto del plástico

Marco Capovilla, fundador de Venice Tap Water, creó esta plataforma que ubica las principales fuentes de la ciudad para comunicarle a los turistas el daño que hacen con las botellas de plástico y lo sana que es el agua de las fuentes y del grifo en la Serenissima. Tanto Capovilla como Sigovini coinciden en señalar el impacto negativo –en el aire y en el agua– que tiene la entrada de las grandes naves de crucero dentro de la pequeña y llena de vida laguna veneciana. Según Marco Capovilla, “se suele olvidar que Venecia forma parte de un ecosistema de agua e islas en el cual, durante miles de años, el hombre ha convivido en perfecta armonía con la fauna autóctona. Un caso único en el que el hombre ha respetado la naturaleza. La riqueza y el esplendor de la Serenissima convivía con el hogar de miles de pájaros y peces” asegura.

¿Qué lecciones se pueden extraer de esta situación?

Venecia ha sido ejemplar en el respeto del ecosistema en el pasado. En los años 80 uno de los primeros ecologistas del mundo era el alcalde de Venecia Antonio Casellati, quien prohibió en la laguna el uso y la venta de detergentes con fosfatos para contener la mortandad de peces. A partir de su decisión en todo el mundo se prohibieron los detergentes con fosfatos.

En 2020 ha bastado menos de un mes para que los cisnes y los ánades reales vuelvan a transitar por los canales.

Ahora Venecia puede ser también un ejemplo para el planeta. Capovilla piensa que se debe “impedir que las grandes naves de crucero entren en la laguna, se deben prohibir el uso de los detergentes y cosméticos tradicionales” para ser nuevamente –en este ámbito– un faro para el mundo. Sigovini y Capovilla creen también que, aunque las barcas eléctricas no son posibles por el momento –no a el corto plazo por su alto costo y sus dificultades logísticas por mucho que sea un proyecto que está recibiendo muchas ayudas públicas–, se puede comenzar inmediatamente haciendo eléctricos los vaporettos (3). De hecho, Capovilla recuerda de viajes de National Geographic que en 1990 Venecia tenía el primer vaporetto eléctrico del mundo.

Para Staderini, la lección que la naturaleza ha dado estos días es que “Venecia no es sólo sus palacios sino, sobre todo, su laguna. No se puede proteger el patrimonio artístico sin proteger su ecosistema y para ello es necesario cambiar el modelo de turismo, abandonar el turismo “low cost” que causa tanto daño y sustituirlo por un modelo ecológico de turismo: muchas menos personas que tendrían acceso a una experiencia mucho mejor” apunta. Un turismo sostenible que pasa por “impedir el acceso a las grandes naves, a los barcones que transportan miles de personas por unas horas y poner un número límite a las masas que asaltan Venecia y que duermen a muchos kilómetros dejando tras de sí sólo su contaminación” concluye.

Venecia no son sólo sus palacios sino sobre todo su laguna, no se puede proteger el patrimonio artístico sin proteger su ecosistema.
 
  1. “Mordi e fuggi”. Se trata de un turismo relámpago que permanece el tiempo suficiente como para comer y partir.
  2. Claudio Staderini, ex director del famoso Hotel Danieli y asesor de un estudio de la región Veneto y de la Universidad Ca Foscari
  3. “Vaporetto”. Pequeño buque autobús, a vapor en sus comienzos.
  • De una publicación de National Geographic