San Martín y el misterio del regreso inesperado

Norberto Galasso y Fabián Mettler

Aquí, al igual que en el Jenga*, si se saca la pieza del San Martín tristón, que vuelve por melancolía, se cae la explicación mitrista de la Revolución de Mayo.

 

La vida de San Martín ha concitado gran interés entre los investigadores. No es para menos. Pocos hombres en la historia han tenido tanto genio político y talento militar. Sin embargo, a 169 años de su muerte, hay aspectos de su personalidad que aún permanecen ocultos. Algunos son irrelevantes, como la fecha exacta del nacimiento o la fuerte sospecha de que es hijo adulterino de Alvear. Otros, empero, sí tienen gran importancia, y no han sido suficientemente aclarados por los historiadores, más por ceguera ideológica que por ausencia de datos. Allí aparece la cuestión del regreso del Gran Capitán a estas tierras, en marzo de 1812.

¿Que lleva a un español hecho y derecho, que habla y viste como gallego, a volver a América después de 29 años de ausencia? ¿Fue el “llamado de la selva misionera” –como dice Ricardo Rojas en El Santo de la espada– la causa de su regreso? ¿O fue la irresistible atracción de la fuerzas telúricas –como sostienen otros– la que lo trajo hasta Buenos Aires? Falso. Ninguna de estas  explicaciones “billikenescas” resultan razonables en el siglo XXI. Sin embargo se siguen repitiendo. La historia oficial necesita evitar el efecto “dominó” a que están atados los hechos históricos, porque aquí, al igual que en el Jenga*, si uno saca sin cuidado una pieza de abajo se caen todas las de arriba. Si se saca la pieza del San Martín tristón, que vuelve por melancolía, se cae la explicación mitrista de la Revolución de Mayo. Indaguemos.

José de San Martín nace el 25 de febrero de 1778 en Yapeyú, donde permanece hasta los 3 años. En 1781 su familia se traslada temporariamente  a Buenos Aires, para luego, el 6 de diciembre de 1783, embarcarse definitivamente hacia España. Instalada la familia en Málaga, el  niñito José concurre allí a una escuela primaria común, llamada de “Temporalidades”. Finalizado este ciclo, pasa a incorporarse en 1789 al Regimiento de Infantería de Línea de Murcia. En este regimiento San Martín aprende el arte de la guerra. Con apenas 14 años recibe su bautismo de fuego en Orán. Allí los españoles resisten con fiereza  el asedio de los moros, durante 33 días.

Comenzado 1798, San Martín se embarca hacia Francia, que ahora es aliada de España contra Inglaterra. Allí toma contacto con las nuevas ideas que plantean liquidar los privilegios de la monarquía y de la Iglesia Católica. Son ideas subversivas, impulsadas por el liberalismo revolucionario francés que hacen crujir al viejo sistema: todos los hombres son iguales ante la ley y tienen los mismos derechos. Los títulos de nobleza y la Santa Inquisición deben ser abolidos.  La soberanía reside solamente en el pueblo.  San Martín permanece poco tiempo en Francia, pero el suficiente para impregnarse de los potentes aromas de libertad, igualdad y fraternidad que climatizan a toda Europa. Al poco tiempo regresa a España donde sigue luchando contra Inglaterra y luego –a fines de 1807– contra esa misma Francia que ha decidido invadir a su antigua aliada.

La nobleza española, corrompida hasta los tuétanos no atina a defenderse. Sólo el pueblo se rebela ante la invasión. Así, el 2 de mayo de 1808, se produce un enorme estallido popular. El Alcalde de Móstoles, ante la pasividad de la nobleza, eleva su grito que resuena en todo Europa: “¡La patria está en peligro (…) españoles acudid a salvarla!”. Y el pueblo español acude, iniciándose así una insurrección que tiene un doble carácter. Es nacional y antiimperialista en cuando rechaza al invasor francés, y es al mismo tiempo democrática y antiabsolutista en cuanto cuestiona los privilegios de la iglesia y de la monarquía española.

Por esa misma época  San Martín es iniciado como Hermano Masón en la Logia Integridad de Cádiz (a principios de 1808) y luego rápidamente exaltado a Maestro Masón en la Logia Caballeros Racionales N° 3. Las logias resultan el vehículo más apropiado para llevar a cabo la germinación de las nuevas ideas. El secretismo, la división en grados y la absoluta fidelidad a los juramentos facilitan la tarea. Permiten, además, vincular discretamente a quienes militan por la misma causa, en una época, vale recordar, donde ser descubierto significaba perder la cabeza. Allí también conoció San Martín a muchos de los hombres que serían sus compañeros de lucha en la gesta americana.

Si bien la revolución democrática española ha logrado avanzar en cuatro años de lucha, no tiene fuerzas para resistir el embate feroz de Napoleón. Francia ocupa en 1812 gran parte de España. El último reducto es Cádiz, donde justamente  se encuentra San Martín cuando percibe el “tironeo de las fuerzas telúricas”. Volvemos a preguntar: ¿Es la nostalgia la que lleva al Gran Capitán a embarcarse hacia Buenos Aires? ¿O es el compromiso por una causa iniciada en España, que ahora en 1812 está a punto de naufragar, la que lo trae a su pago?  Todo indica que El Gran Capitán vino a  América a continuar la lucha que simultáneamente había iniciado España en 1808 contra el absolutismo y contra el invasor francés. Vino, además, junto con 18 oficiales del Ejército Español, algunos de ellos extranjeros como Chilavert y Holmberg, los que difícilmente hayan podido ser  abducidos por las fuerzas telúricas.

Para San Martín el enemigo principal es el absolutismo. Lo oprime a él y al pueblo español en la península, como así también ejerce esa opresión en las lejanas tierras americanas. San Martín apoyó las Juntas Populares surgidas en España para reemplazar al Rey (que estaba preso). Como después lo hizo, a partir de 1812, con las Juntas Populares surgidas en América.

El Gran Capitán no fue un desertor del ejército español. No se pasó al bando del enemigo. Antes que someterse al gobierno francés o a una probable restauración absolutista –que ocurrió efectivamente en 1814, con el regreso al trono de Fernando VII– prefirió emigrar. Irse de su España querida y poner su sable al servicio de los americanos que bregaban por similares ideas. Porque la guerra, aunque desarrollada en dos territorios separados por un océano, era la misma. Oigamos sino al Marqués de Lozoya: “La guerra de la independencia americana no fue sino una guerra civil entre americanos partidarios de la antigua monarquía y americanos que aspiraban a un régimen democrático”.

Como vemos, la contradicción fundamental no se da entre colonias y metrópoli, al menos hasta 1814, sino entre absolutismo y democracia popular. En esa lucha se trenzan a menudo hombres nacidos en España como  en América. No es una cuestión de nacionalidades sino de ideas y sistemas. Por eso San Martín, con gran coherencia,  siguió defendiendo en América lo mismo que había defendido en España: los valores de la Revolución Francesa, el “Evangelio de los derechos del Hombre”, como él mismo gustaba decir. Admitir que San Martín no peleó contra España sino contra las ideas retrógradas del absolutismo sería cuestionar el carácter separatista y antihispánico de la Revolución de Mayo. Es sacar del Jenga la pieza de abajo. Quizá sea hora. Los nuevos tiempos parecen avanzar en esa dirección.

 

*El Jenga es un juego de habilidad física y mental, en el cual los participantes (que pueden ser de dos en adelante), tienen que retirar los bloques de una torre por turnos y colocarlos en la parte superior, hasta que esta se caiga.

Imagen: intervención digital sobre el óleo de Guillermo Roux (Mario Bellocchio)