Robar un banco

Hay días en donde es difícil, muy difícil, no vomitarle al teclado toda tu melanco.
                                          (De un Facebook de Pablo Bellocchio).
Ana y Pablo en 1991

Se me hace incómodo este confesionario en el que a veces transformamos estos espacios virtuales, en donde terminamos respondiendo preguntas que nadie nos había preguntado. Pero también es cierto, que todo rincón en donde podamos encontrarnos con los otros, si sabemos usarlo, puede ser un recordatorio íntimo, hoy tan necesario, de todo aquello que nos hermana y nos une; que nos abraza y nos hace seguir caminando.

Mi vieja hoy hubiera cumplido 76 años. Y como las letras hoy no me laten con la candidez que necesito para recordarla simple, mamá, amiga, humana…, prefiero desempolvar algo que le escribí hace algunos años… Si ya fue leído puede ser salteado, claro… en definitiva esto no es más que un intento mío, egoísta y chiquito de traerla por un rato de este lado.

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Todas las mañanas antes de ir a la escuela eran una batalla sin cuartel con mi vieja. El colegio era un terreno hostil para un flaquito callado y cabezón como yo y la palabra bullying no estaba tan de moda como para pensar que las piñas que me comía en más de un recreo eran un verdadero problema. Más de una vez terminaba enterrado en un tacho de basura o descalzo, porque me sacaban las zapatillas y me las escondían. La cuestión es que en el patio de recreo no jugaba, me escapaba.

Mamá, que en esa época laburaba hasta largas horas de la noche, tenía un solo momento para estar conmigo; unos cuarenta minutos de un despertar angustioso en el que yo me resistía con uñas y dientes a todo lo que me pusieran delante: desayuno, ropa, mochila, peine, campera. No quería nada. Solamente la salvación de quedarme en casa. Finalmente, cuando lograba sacarme a la calle después de un agotador tironeo de ambos bandos, caminábamos cansados y callados las cuatro cuadras hasta llegar a mi escuela, en San Juan y La Plata.

No sé bien cómo ni por qué, pero un día mi vieja se rebeló al silencio de esas caminatas. Iríamos cruzando la calle Treinta y Tres Orientales cuando se detuvo, me miró y me dijo: “Preparate. Vamos a robar un banco”. Caminamos entonces hasta llegar a la esquina de Muñiz. Ahí nos esperaba la sucursal del banco Supervielle. Mamá entonces miró hacia arriba y señalándome una ventana en un cuarto piso me dijo: “Dispará tu soga”. Entendí de inmediato lo que me pedía. “¿Como la de Batman?”, le pregunté yo. “Claro”,  dijo ella, dando por sentado que yo sabía lo que tenía que hacer. Entonces, apunté con mis dedos al cuarto piso imaginando que una soga con un ancla se disparaba y se enganchaba en el balcón, permitiéndonos escalar el edificio tal y como lo hacía el Batman sesentoso de Adam West.

Supongo que cualquiera que mirara la escena desde afuera no debía entender mucho. Una mujer y un nene de seis años parados en una esquina, mirando hacia arriba, saltando y gritando a las siete y veinte de la mañana. Pero nosotros en ese momento ya no estábamos ahí.

Desde ese día y durante varios años, todos los días robábamos el banco de San Juan y Muñiz. Y si bien yo seguía odiando ir al colegio, me levantaba a la mañana con más fuerzas. Con más ganas. Con el tiempo, le fui perdiendo el miedo al patio de recreo. Con el tiempo aprendí a jugar todos los días un poco más. A veces solo. Otras acompañado.

La extraño todos los días en un rincón distinto, es cierto. Pero elijo no dejarme ganar por la melanco. Prefiero compartirles esto que no es otra cosa que un momento que me repito día a día cuando el mundo se pone un poco parco: a veces, hay que darse el tiempo de frenar en una esquina y robarse un banco.

                                                                                   Pablo Bellocchio