Redepente, Niní Marshall

Allá por 1986 apareció una grabación –un long play de la época– que reproducía un mega-éxito del café-concert, Y se nos fue redepente (1). La obra cuyo audio quedaba plasmado en el disco fue el último suceso de Niní Marshall.

Marina Esther Traveso –su verdadero nombre– había nacido en Buenos Aires el 1º de junio de 1903 y fallecido en su ciudad natal 93 años después, el 18 de marzo de 1996. Fue una celebradísima actriz, guionista y comediante argentina, protagonista de toda una época donde la radio, el cine y el teatro cobijaban una enorme cantidad de piezas costumbristas de reidera mirada sobre los comportamientos sociales de aquellos años. Y Niní se erigió en estrella de la representación de esos personajes con los que convivíamos a diario. Cuando apareció el long play –1986– Niní ya se había retirado de la escena y al semanario  El Periodista de Buenos Aires (2)  se le ocurrió encomendarle al escritor  Enrique D.  Zattara para que convocara a Niní y pudiera volcar en una jugosa entrevista toda su experiencia de vida actoral (MB)

Decía Zattara en 1986:

Hace ya una década que esta actriz cómica no sube a un escenario acompañando a sus delirantes creaciones. Pero la aparición de un disco las resucita y sirve de excusa para repasar con ella una trayectoria de medio siglo —cuatro décadas de radio, 37 películas, 1.500 representaciones de un solo espectáculo de café-concert, entre otras acometidas—. Su humor, que pivotea sobre los equívocos del lenguaje, generó la adhesión multitudinaria de quienes se reconocieron en sus criaturas marcadas por la observación certera de tipos populares y por una arrolladora capacidad de mimesis e invención.

Ahora que, según ella asegura, ‘los personajes se murieron conmigo”, está condenada a ser Niní Marshall o sea una mujercita tímida, elegante y extremadamente propensa a la emoción. No quiere volver nunca más a ser Cándida, doña Pola, la niña Jovita, Catita. No le interesa el “bochinche” en que se ha transformado, dice, el mundo del espectáculo. Sigue amando lo pequeño: la intimidad de un estudio radiofónico, el contacto con el público que vibra en el café-concert, la ternura o la futilidad, la angustia o la cursilería de la montaña de cartas que recibían a diario cada uno de sus personajes. Con la misma calidez con que hizo reír comienza a desandar una historia que “parte de los años ’30”.

LA CAZA DE PERSONAJES

Cuando yo hacía radio con Thorry, allá en 1937, la primera vez que me animé empecé con Cándida, porque ya la tenía bien estudiada de una muchacha que tuvimos cuando yo era chica, en mi casa. Entonces me pidieron que hiciera otro personaje y a mí no se me ocurría. Un día, a la salida de aquella querida Radio El Mundo (que ahora se mudó), un montón de chicas lo esperaban a Thorry. Eran muy chicas, lo saludaban y le pedían autógrafos. Algunas creían que un autógrafo era un retrato: “Déme un autógrafo suyo”, le decían, y él firmaba y le decían desilusionadas “pero acá no está usted…” Bueno, un día, una madre de esas chicas se me acerca y me dice “¡Ay, viera la voz que tiene mi hija. Ahora, bueno, no se la puede mostrar porque tiene las amígalas flemonadas!” Entonces de esa vez empecé a quedarme un ratito después de mi audición a escucharlas, y después me paseaba en colectivo, iba a la puerta de las fábricas a escuchar a las chicas, me quedaba escuchando a las mujeres que protestaban en el mercado. Y, por supuesto, agregándole un poco de caricatura saqué ese lenguaje, esa forma de hablar que tiene Catita.

A la niña Jovita la tomé de una fiesta en lo de una parienta mía. Era una directora de colegio jubilada, bastante viejita. Fui a un cumpleaños, y había reunidas unas amigas que la sala parecía un depósito de conservas, ¡porque había unas viejas! Y todas contando sus cosas. Era una barbaridad. Me quedé a escucharlas, y de ahí salió Jovita. Después, le puse el consultorio “feminil etéreo”, donde ella, que es una solterona muy paqueta, daba consejos sentimentales a las chicas que le escribían.

Tengo como veinte personajes, pero algunos acá no los entienden. Cada país tiene sus características, se ríe de cosas distintas. Por ejemplo Cándida, la gallega, que ha entrado en México, no me la dejan allá hacer igual que acá’. No puedo hacerla así, un poco bestia y deformando las palabras como en realidad las deformaba la muchacha de donde yo la tomé. Me hacen hacer una gallega que habla bien el castellano. Hace disparates y todo, pero siempre en buen español. Parece que son otros los detalles que hacen reír allá.

Cuando se hacen chistes de mexicanos, acá se ponen un sombrero y empiezan a pegar tiros. Pero no es así. Es cierto que ellos son un poco “peleoneros”, que quiere decir peleadores, pero la mujer mexicana, la mujer del pueblo es muy sufrida. Yo hice un personaje para la radio, una mujer mexicana muy popular. Lo inventé allá en México. Y mire cómo será de bien mexicano que cuando estaba allí, le digo a mi muchacha: me va a decir usted unas cuantas cosas de su casa, cómo le va a usted con su marido y eso, porque yo estoy haciendo una mexicana para cuando vuelva a la Argentina presentarla allá y quiero que les haga gracia. Mire, le digo, ella tiene un marido borrachín, que la casca y ella lo adora al marido y todo eso, y le he puesto de nombre Lupe (que es un nombre muy común allá). Y entonces ella me escucha y me dice “pero señora, póngale Consuelo, que esa soy yo”. Y así era nomás, tenía un marido que la cascaba, y ella trabajaba como una burra para el marido que se lo pasaba tocando la guitarra y bebiendo. Pero acá ese personaje no anduvo, no lo entendieron.

En un tiempo hacía un viejito al que yo le había puesto don Cosme. Un viejo con la voz aguardentosa, porque ha sido apuntador de teatro, utilero. Pero el viejito dice que ha sido cazador, cuenta que cazó elefantes en Asia, tigres de Bengala, unos globos fenomenales… Un día, recibo una carta de un doctor Sandrini, que me dice que es otorrinolaringólogo y que dejara de hacer a don Cosme, porque me iba a arruinar las cuerdas vocales. Entonces, como se daba mucho corte con sus cacerías, lo hice morir de una manera ridícula para un cazador: lo mató un gato de albañal. Y recibo otra carta del doctor que me dice: “El doctor Sandrini, o sea el gato del albañal que mató a don Cosme, le agradece que haya escuchado sus consejos, etc, etc…”

¿CATITA EN FINO?

Yo no tengo nada que ver con la política, nunca me he metido en nada. En mis personajes no hay ninguna connotación política ni religiosa. Social sí, claro, porque todo es social, pero no con intención de atacar a ninguno. Fíjese que cuando hago a doña Pola, por ejemplo, caricaturizo todas esas características que tienen los judíos, pero me preocupo bien de que no haya nada que los pueda molestar. Una vez, inclusive, una señora me escribió pidiéndome que, por Dios, no usara su nombre para doña Pola. Resulta que yo le había puesto a doña Pola, Paulina Sluztky de Kohan, y resultó que era el nombre de esa señora. Entonces me escribió diciéndome que le hacía mucho daño, la gente la cargaba… Y le cambié el nombre, le puse Pola Sloztkin de Kohan, que era medio parecido pero no molestaba a nadie. No, yo no soy antisemita, tengo muchos amigos judíos. Le diría que soy filosemita…

En el ’43, los militares me prohibieron de la radio porque decían que mis personajes arruinaban el idioma. En ese tiempo ellos querían que todo tuviera un lenguaje culto, hasta obligaban a cambiar la letra de los tangos. Y me dijeron que Catita tenía que hablar bien. Yo me fui a verlos y les expliqué que mis personajes eran costumbristas, que desde el Quijote todos los escritores costumbristas hacían hablar a sus personajes como habla la gente, ¿cómo la iba hacer hablar en fino a Catita? Además, yo siempre ponía en boca del interlocutor la corrección, para que la gente supiera cómo se decía correctamente lo que la pobre Catita decía incorrectamente. Pero no hubo caso, los militares no lo entendían. Entonces, en el último programa la hice morir a Catita de un ataque de catalepsia, y se despertaba completamente transformada y hablaba todo el programa en verso y en un castellano muy correcto. Un disparate, pero pensé que a lo mejor así estaban conformes. Pero no les gustó nada, lo tomaron como una tomadura de pelo y me dejaron sin trabajo…

Yo estuve exiliada en México en la época de Perón. Fue un exilio voluntario, pero era porque no me dejaban trabajar aquí.

Cuando vine de México, debuté en el Teatro Del Globo. Salí al escenario y fue tan grande la ovación que yo no me pude contener… Los aplausos fueron tantos, qué sé yo lo que duraron… Me emocioné tanto, que tuve que volver y descansar antes de empezar el espectáculo. No me voy a olvidar nunca ese día, es el recuerdo más fuerte que tengo de toda mi carrera.

Antes había unas preciosuras de humoristas, usted seguramente no los recuerda porque es muy chico, pero estaba Wimpi, Chamico, que era Coñrado Nalé Roxlo. Había una cantidad de muy buenos humoristas. Y los españoles, que siguen siendo lo mejor, ahora por ejemplo Tono, Alvaro de la Iglesia, tienen mucha chispa, son disparatados. Se puede decir que han nacido todos de Jardiel Poncela. Ahora cualquiera se pone a escribir humor. Hay buenos caricaturistas, buen humor gráfico, pero aparte de eso… Lo que más me gusta es Abrevaya y Guinzburg, ese programa que tienen a la mañana en la radio no me lo pierdo nunca. Claro que no es posible tener tanta gracia todos los días, pero son bastante buenos, muy ingeniosos. En cambio la mayor parte del humor que se hace ahora en televisión, en los teatros de revistas, es una cosa grosera: no es humorismo. Si yo he hecho reír tanto, y sigo haciendo reír, sin recurrir a tantas palabrotas, quiere decir que eso no hace falta. Yo no digo que cuando una mala palabra es necesaria, cuando está bien ubicada, entonces lo justifico, pero decirlas porque sí, no sé qué sentido tiene. Y uno ve que el público de ahora, y especialmente las señoras, van al teatro y por escuchar solamente una palabrota, ya se están muriendo de risa. Yo no entiendo…

Hice radio durante cuarenta años, cantidad de presentaciones, filmé 37 películas aquí, en México, en Cuba. Tuve un gran éxito en México, en Estados Unidos, en Cuba, en Perú, en todos los países latinoamericanos. Gané bastante plata, pero la verdad es que me la gasté en viajes, en ropa, cosas así. Tal vez debería tener ahora propiedades que no tengo, no tengo auto, tampoco. La plata se va mucho. No vivo mal, pero a la plata le di siempre un buen fin, con mi familia. Disfruté mucho.

Soy hipersensible. Tomo cosas para quitarme el exceso de sensibilidad, de emotividad. Cuando escribo los guiones de Cándida, de la vieja Caterina, con ellas me río. Pero por ejemplo cuando escribo ese personaje Belarmina, una chinita que todos la maltratan, sufro, sufro mucho… Muchas veces consulté con distintos médicos, cómo podía hacer para sacarme esto. Y me contestaron que si no tuviera esta sensibilidad dejaría de ser la que soy.

Le he puesto punto final a mis personajes. Que la gente se quede con lo que hice en películas y con este long play que sale ahora, y con su recuerdo. Tengo un alto así de sketchs preciosos sin estrenar, pero ya no quiero trabajar más. Estoy cansada, tengo muy arruinadas las cuerdas vocales, y además estoy con muchos nervios. Antes, aunque siempre fui muy tímida a cara limpia, subía a hacer mis personajes y ya no era más Niní. Cuando soy Niní hablo mal, me pongo nerviosa. Pero cuando hacía el personaje, me olvidaba de Niní, de la timidez, todo…

No quiero saber nada con la televisión de ahora. Muchos me insisten para que trabaje en la TV, pero yo no quiero por nada del mundo. Es un bochinche. ¿Usted vio la última película de Fellini? Bueno, así es de loca la TV ahora. Qué película esa, yo la veía y decía “ay, Dios mío, pero si esto es lo que estaba haciendo yo, uno que le hace una seña, otro que no me pise este cable, el otro que dice que corte, el otro que puede agrandar el sketch”. Es horrible trabajar así. No, yo probé, hice tres o cuatro unipersonales, pero juré que no volvía a la televisión.

Una vez presenté en Argentores una ponencia para pedir el derecho que debíamos tener nosotros para proteger a nuestros personajes. No puede ser que los agarre Juan de los Palotes y los haga como se le dé la gana, y hasta encima pueda por ahí presentarlos como suyo. Pero no me llevaron el apunte, así que mis personajes andan por ahí desprotegidos. Y yo no quiero dejárselos a nadie. Son mis hijos espirituales, y yo soy una madre que los quiere a todos por igual. Los personajes se murieron conmigo…»

Enrique D.  Zattara

 

 

 

VELORIO DEL DISPARATE

Con la producción y dirección artística de Lino Patalano, reaparece la voz de los mejores personajes de Niní Marshall, en un disco que recupera aquel unipersonal que alcanzó en su momento la friolera de 1.500 representaciones. Escrito para entretenimiento familiar por la época de los ’50, estrenado en 1973, representa una desenfadada muestra de humor negro que recupera los tics y las caricaturas, captadas en sus detalles más significativos, de una galería de tipos humanos a los que nadie podría dejar de reconocer. La chismosa de barrio, la doméstica gallega, la “nona” atada a las tradiciones de su terruño, la señora judía rápida para los negocios y tierna para con sus hijos, la solterona de prosapia tradicional y la “bienuda” de Barrio Norte, aparecen encarnadas en la voz inolvidable de la actriz que durante medio siglo constituyó la cita más convocante de la radiofonía, y uno de los mayores éxitos del cine cómico.

Y se nos fue redepente es un disco obligatorio para nostalgiosos. Pero también una muestra de cómo es posible hacer reír con la ingenuidad y el costumbrismo, sin caer en el mal gusto. Un arte que muy pocos dominan, Niní Marshall entre esos privilegiados. Un velorio disparatado e imprevisible que hará reír durante muchos años más. (E.D.Z.)

Cómo fue el debut de Y se nos fue redepente

En 1972, el productor Lino Patalano se hallaba en búsqueda de un espectáculo para montar y mientras husmeaba una revista, leyó una entrevista de Marshall donde anunciaba su retiro. Patalano consiguió su teléfono y se comunicó inmediatamente con el fin de convencerla para llevar a cabo un espectáculo de café-concert. Luego de insistir durante seis meses,? la actriz aceptó la propuesta y Patalano recordó que en una ocasión Marshall le enseñó unos libretos de Y se nos fue redepente, un espectáculo de humor negro que había redactado en la década de 1940 y nunca había podido estrenar. Patalano destacó que Marshall era extremadamente tímida y “todo anduvo sobre ruedas hasta que el día del ensayo general, Niní nos dijo: “¡Chicos, yo los indemnizo pero no debuto!”, a lo que reaccionó: “Señora, con todo el respeto, ¡déjese de embromar! Váyase al hotel y mañana venga para la función”. En entrevistas posteriores, comentó que los productores “estuvimos hasta la noche cortando clavos”.? El espectáculo se presentó en 1973 en El Gallo Cojo Kabarett, fue un éxito y se prolongó durante 1800 funciones que se llevaron a cabo en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Montevideo, Santiago de Chile y Lima. También se realizó un especial para televisión y posteriormente un disco; la edad de Marshall y otros proyectos disolvieron la idea de llevar el espectáculo a Estados Unidos, México y Venezuela. La representación transcurría en un solo escenario, el velatorio del zapatero Don Pascual, alrededor del cual la actriz recreó toda su galería de personajes, que se acercaban a darle el pésame a la viuda Electra . (E.D.Z.).

 

(1) Y se nos fue redepente, un espectáculo de café-concert de un desopilante humor negro que Niní había redactado en la década de 1940 y nunca había podido estrenar.

(2) El Periodista de Buenos Aires Nº 106. Semana del 19 al 25 de septiembre de 1986. Págs. 16, 17 y 18.