Puestos entre la espada y la pared

Prevengo, ante todo, que al escribir esto mi deseo ha sido, en primer lugar, apartarme de esos temas hoy recurrentes de prevenciones, temores y aislamientos: ya bastantes tristezas carga uno como para sea recomendable aumentarlas con nimiedades de hipocondríaco. Fernando Sánchez Zinny

                                                                      No sabía que era imposible; por eso lo hice. Napoleón Bonaparte

 

Específicamente, en cuanto a lo que sigue, advierto que, en lo conceptual, tiene dos fuentes independientes:

Una son mis amigos anarquistas, cuyo local está a treinta o cuarenta metros de la puerta de mi casa: paseaba el otro día con la Suri y me los encuentro atareados, llevándose papeles y publicaciones y preparando unos tremebundos candados.

–¿Qué pasa? ¿Se van?

–¿Qué… no sabe…? Están prohibidas las reuniones.

–Muchachos…, suponía que ustedes rechazaban la autoridad.

–Bueno jefe, pero, además, somos solidarios.

–¿Solidarios con quién?

–Con usted, por ejemplo, que está en un grupo de riesgo.

–¡Vamos, chicos! ¡Que no se diga! Ustedes que se jactan de haber enfrentado impertérritos a la metralla de los blancos y al despiadado fanatismo de los rojos, y que, por ahí, si uno se descuida, hasta arman una bomba, ahora resulta que le tiene miedo de un pobre virus contrahecho, que iría en mí, gris burgués expropiador, ya jubilado…

–¡No diga eso, maestro! ¡Usted nos está tomando el pelo! Pero, seguro, volvemos el 31…”

¡Justo el 31…! ¡Vaya fecha! Ya de regreso, la Suri de pronto se para, da una vuelta y me mira con cara de: “Patrón, a mi me parece que estos muchachos son medio chantunes…”

La otra fuente es mi amigo Jorge Albertella, ser de bellísimas prendas, del que nunca me cansaré de hacer el elogio; hombre discreto, reservado, culto, caballeresco, sólo un rasgo discrepa con su flagrante y ejemplar atemporalidad: es peronista, peronista sin atenuantes pero de los antiguos, de los “leales”, de aquellos de la “gloriosa JP”; hoy es un parco sobreviviente que, con la tolerancia que conceden las canas, hasta se ha allanado a la amistad de un gorila.

–Jorge, desde la adolescencia vengo escuchando –y lo he aceptado, plenamente– que los peronistas tienen suerte, que atraen la suerte: no en balde existe la expresión “día peronista”… Y, en cuanto a eso, el presidente Fernández…

–¡Ah no!, el pobre Fernández no tiene ninguna suerte; eso está a la vista.

–¿Vos lo creés así, Jorge? Mirá, por supuesto, no estoy seguro, pero a mi me parece que, por el contrario, el panorama se le va aclarando. Cosas que hasta hace unas semanas parecían quiméricas y de las que, obviamente, dependen su salvación y la del país, están sucediendo merced a los buenos oficios del coranavirus.

–¿Qué cosas?

–Cosas que la ignorancia y los prejuicios volvían imposibles…

Fijate, ¿era admisible el default? No, no lo era, pero ya está resuelto: llegará el 31 de este mes –al concluir el plazo para la negociación con el FMI– y se habrá producido de hecho, sin que nadie exhibiese la menor inclinación a declararlo, y, mucho menos, la voluntad.

¿No era imposible restringir el consumo por las consecuencias sociales que ello tendría? Bien, ya están todas las actividades paradas.

¿No es que había que emitir numerario de acuerdo con las reservas existentes?  Sí, pero los bancos reparten dinero sin que haya depósitos, lo que supone una emisión libre. ¿Y no era que la proliferación incontrolada de pequeñas estructuras empresarias resultaba antieconómica? De acuerdo, ahora veremos cómo queda lo que hay después de dos o tres meses de inactividad.

A Jorge se le iban encendiendo los ojos y de pronto me interrumpió: –Y el sistema de precios fijos que hasta hace unos días podía equivaler a la hoguera para el que lo proponía, ahora es un acto de justicia, aplaudido por todos

–Es real y te añado una más: de hecho, el gobierno se ha hecho cargo de todo –”los colectivos, los trenes y los subterráneos sólo pueden llevar pasajeros sentados”– y tendrá que pagarlo vía subsidios igual que los servicios de gas, de electricidad y de provisión de agua, con lo que el sueño de las mal llamadas privatizaciones viene a esfumarse al cabo de unos treinta años.

Y el propio Fernández, hasta hace poco no mucho más que un presunto chirolita, se ha convertido en estadista al hacer, de improviso, lo que tenía que hacer y que le estaba vedado por carecer de fuerzas.

Y hasta es muy probable que, tras estas involuntarias medidas de “shock”, le toque, asombrosamente, presidir el comienzo de un ciclo de prosperidad, digamos, para mediados del año que viene. ¿Qué uno no lo va a ver? Pero ésa es otra historia, que a muy pocos interesa.

Si eso no es suerte, no sé cómo se llamará. Y verás, Jorge –y recordarás–, Perón tuvo la guerra fría; Cámpora y sus sucesores inmediatos, la “caída de las fronteras ideológicas”; Menem, la del muro de Berlín; Néstor, en fin, el crecimiento exponencial de China y con él el de las compras de soja para alimentar a los cerdos de Wuham… Siempre, el partido popular encuentra una coyuntura favorable y la sabe explotar; claro, de no ser así, no sería popular.

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La I Guerra Mundial fue un enfrentamiento en el que se vieron comprometidas por vez primera las grandes estructuras industriales del mundo; esa masacre no fue ejercida, como era clásico, sólo por grandes levas de campesinos sino también mediante el esfuerzo sistemático de aparatos productivos que debían proveer los equipos necesarios para realizar exterminios convertidos ya, en buena medida, en tecnológicos.

Como nunca antes, toda la sociedad se vio involucrada en un cometido común, en tanto el avión creaba una situación asimismo nueva, en la que, poco a poco, ninguna región del país afectado quedaba ajena al fragor del combate. En lo económico se regularon los bancos, se decretó la inconvertibilidad de la moneda, se suspendió la autonomía de las empresas –lo del chiste: la fábrica de lápices de labios pasaba a producir obligatoriamente municiones, y la de ollas, cascos–, se regularon el trabajo, el comercio y los contratos, se planificaron y racionalizaron todos los procesos productivos y distributivos, se incautaron los transportes públicos, se impuso el racionamiento, se prohibieron las huelgas, se abrogaron los derechos y las garantías civiles, se estableció la censura aun de la correspondencia privada, se dictaron normas sanitarias universales, se dispuso el desplazamiento de poblaciones, todo en función del esfuerzo supremo en que cada país estaba empeñado.

A eso se llamó “economía de guerra”, aunque en 1917 el general alemán Erich Ludendorff tuvo una ocurrencia destinada a tener larga repercusión: lo llamó “socialismo de guerra”, lo que no dejaba de ser de algún modo verdad, en cuanto muchas de esas medidas draconianas pueden corresponder a una política socialista.

Por derecha se hizo eco de eso Oswald Spengler, quien a partir de los dichos del general afirmó –tras la derrota de 1918– que Alemania había defendido la causa socialista, “autoritaria, obrera y proletaria”, contra el liberalismo “fenicio” de Gran Bretaña, apreciación por lo menos injusta pues los ingleses habían adoptado las mismas medidas en su país.

Por izquierda tomó la idea Nikolái Bujarín, el que abiertamente habló de “comunismo de guerra”: su interpretación era que todo país, en una situación extrema y mientras así se la considerase, necesariamente es comunista, cualquiera sea la ideología de sus dirigentes o las apetencias predominantes entre los gobernados. Explicaba el triunfo comunista en la Revolución Rusa por el hecho de que toda la industria del Imperio zarista estaba “movilizada” y cada establecimiento puesto a cargo de un “comité de producción”, con el que venía a coexistir un soviet que actuaba como agente gremial: al derrumbarse la administración rusa, los soviet pasaron a ocuparse de todo y su respaldo a los bolcheviques fue decisivo: de hecho –recordaba Bujarin– sólo en las zonas que habían sido ocupadas por Alemania y sus aliados –y en Siberia, donde no había industrias–, los blancos y los anarquistas pudieron hacer pie firme en la ulterior guerra civil.

No me voy a perder en los prolijos devaneos de Bujarin, intelectual complejo y no pocas veces contradictorio, cuya vida vino a terminar ante un pelotón de fusilamiento, pero con gusto tomo su idea central: en condiciones extremas no valen las ideologías ni los preconceptos sino las necesidades, entendidas como tales los medios de sobrevivencia.

De hecho, en el transcurso de la II Guerra Mundial no hubo diferencias apreciables en el modo discrecional en que Churchill, Hitler y Stalin rigieron a los respectivos Estados que encabezaban, no obstante lo distinto que institucionalmente eran.

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Pero, en suma, que aquí –peste de por medio y sin demasiado dramatismo– se ha hecho un montón de cosas que se juzgaban imposibles hasta ayer, no más, y que, por añadidura, nadie expresamente dijo que se proponía hacer. Ahora ya están hechas y ahora habrá que ver qué frutos da el árbol.

Lo preveo con entera certeza: cuando vuelvan los muchachos anarquistas moverán displicentemente la cabeza y opinarán que “era lo previsible, lo que siempre hacen los gobiernos”. Añadirán que como “se ha hecho desde arriba, sin intervención popular, no tiene valor alguno”.

Entre tanto, la gente seria manifestará que lo hecho es “lo que siempre ellos han sostenido que se debía hacer”. –“¡Al fin un poco de sensatez por parte del gobierno!”, suspirarán aliviados.

Ignoro que dirá mi amigo Jorge Albertella y mucho más lo que pensará; a su respecto me limitaré a reiterarle mi convicción de que al peronismo suele acompañarlo la buena fortuna; suele acompañarlo, siquiera por un tiempo.

 

Fernando Sánchez Zinny 25/3/20