Pesar, contar y medir

La solidaridad y la paz social no son utopía sino equidad

Allá lejos, atravesando el Atlántico, Tomás Martínez hace su catarsis empapada de “ayeres sobrevivientes” que no encuentran en el hoy reflexiones sensatas sobre el futuro o, cuando menos, formas de abordaje del mañana compatibles con los adultos mayores que padecen crisis similares en “su” Madrid y “nuestra” Buenos Aires como urbes representativas de España y Argentina.

El propio autor califica sus escritos como “ejercicios para la mente y el idioma, aireando ideas y palabras moribundas y decadentes. Gimnasia para jubilados y otras gentes con tiempo para divagar. Los viejos perdemos el pudor y podemos mezclar las sandeces y las razones. No tenemos ni vergüenza ni audiencia, estamos amortizados con derecho al pataleo”.

 

Pesar, contar y medir.
Escribe: Tomás Martínez
Tomás Martínez

Para conocernos, para saber quiénes somos, dónde estamos, a dónde queremos ir, utilizamos multitud de referentes externos, tablas donde medirse y compararse, espejos donde mirarse. Condicionamos nuestro autoconocimiento al acierto en esa elección, anticipando conclusiones, aceptando criterios ajenos, puntos inamovibles para medir lo que sí se mueve.

Damos por bueno, por ejemplo, que el nivel del mar en Alicante, la hora del reloj de la Puerta del Sol o el precio de las angulas en Bilbao, pueden servirnos, entre otros muchos, como puntos de partida válidos para ir por el mundo con seguridad y solvencia, para apoyar sólidamente nuestra natural tendencia a marear la perdiz [1], a irnos por los cerros de Úbeda [2]. Con frecuencia llegamos a conclusiones no relacionadas con la reflexión propia, sino con elaboraciones de terceros, no siempre exentas de hojarasca y verborrea improcedente, que salen al paso de nuestras dudas. A cambio de no irnos por el quinto pino [3] propio, aceptamos ajenos inventores de la pólvora. La condición humana.

Posiblemente sería bueno que nos pusiéramos al mundo por montera [4], echándonos adelante en defensa de nuestros más íntimos desatinos, nuestras verdaderas convicciones. Abandonemos los requilorios [5]  y paparruchas y defendamos con facundia y desparpajo, nuestra óptica de la realidad antes de mirarla con las gafas de la corrección política.

Estamos inmersos en una sociedad dogmática, de verdades incuestionables reveladas, que no acepta dudas ni controversias. Nos acechan las premisas presuntamente evidentes, que no necesitan demostración, axiomas grises e inasumibles. Se nos proponen paradigmas inservibles, parábolas de la nada, modelos a seguir que nadie se anima a imitar. Son menos sofisticadas las verdades del barquero [6], pero preferibles a comulgar con ruedas de molino [7].

El sentimiento de pertenencia a un país es compatible con una visión crítica de su Historia, sus instituciones y sus costumbres. Un poco menos de ajo en la comida mejoraría nuestra gastronomía y un poco más de tolerancia mejoraría nuestra convivencia. La aceptación incondicional, en bloque, de todo lo nuestro, es una variante de ceguera que genera reincidencia en los errores del pasado y condiciona nuestro futuro.

No hace falta ser excesivamente lúcido para llegar a la conclusión de que estamos rodeados, (¡sálvese el que pueda!), por los chiquilicuatros [8], chisgarabises [9] y mequetrefes. Es una insensatez ignorar que existen demasiados papanatas, mentecatos y majaderos y dejarse llevar por la corriente. Salir al paso de sus insensateces, sin ir de listos por la vida, es una obligación, un compromiso con uno mismo y con los demás, incluida toda esa larga fila de desnortados [10], que hay que tratar de recuperar. Ellos también votan.

El cura de Villalpando [11], el caballo de Espartero [12] y el toro de Osborne [13] tienen en común méritos que algunos valoran como signos patrios. Aseguran que para la resolución de importantes problemas, hay que ponerlos sobre la mesa… y salga el sol por Antequera [14]. Así nos va. Contra estos desatinados, paciencia, templanza y firmeza. El cerebro tiene más peso que las gónadas.

A veces no salen las Cuentas Públicas, sobre todo cuando “el que parte y reparte se lleva la mejor parte”. Si como referentes numéricos y criterios matemáticos utilizamos los Siete niños de Écija [15], los Treinta y tres reyes godos [16], los Cinco Mandamientos de la Iglesia, los Diez y seis jueces de un juzgado (setze jutges d’un jutjat) [17] o los Cuatro jinetes del Apocalipsis, estaremos haciendo una gigantesca variante del Trilo, juego y timo, estafa de feria y mercadillo. Dar la espalda a los sofismas y martingalas de los eternos defensores de privilegios y atropellos, de la ley del embudo y el inmovilismo social, no significa ser pirómano, ni iconoclasta. Avanzar en la solidaridad y en la paz social no es utopía sino equidad.

La Ley es igual para todos, venimos escuchando una y otra vez. Es un flanco muy vulnerable, digno de cuidado y vigilancia. Toda cautela es poca para defenderse de la fe del carbonero [18], esa fuerza interior que nos hace aceptar todo lo que la tradición viene instalando en nuestras mentes, esa costumbre de pasar por carros y carretas [19] solamente porque están ahí hace largo tiempo. Sin fuerte sentido crítico hacia todo el sistema judicial, no será posible desembarrancar la situación.

Acatar sin más todo lo que los tribunales proponen e imponen es puro autismo, mezcla de ignorancia e impotencia, de miedo e irresponsabilidad. Es indispensable montar todo un sistema que dote de eficacia y equilibrio a una maquinaria oxidada y envejecida, orquestada por artesanos de la dilación, usuarios de alambiques rebuscados, especialistas en la aplicación de palancas, péndulos y poleas que se anulan y contrarrestan entre sí.

Las ciencias sociales y políticas, las tecnologías actuales y las por venir, darán respuestas que los ciudadanos de a pie no sabemos ni podemos proponer. Conocemos, sin embargo, que sin esa necesaria transformación de la Justicia, sin un cambio radical, Democracia es una palabra vacía, una partitura maravillosa que nadie interpreta. Políticos y expertos tienen la palabra. Manos a la obra.

                                   Tomás Martínez

GLOSARIO

  1. “Marear la perdiz”: darle excesivas vueltas a un tema.
  2. “Irse por los cerros de Úbeda”: irse por las ramas, divagar o alejarse del tema principal.
  3. “Irse por el quinto pino”: alejarse del tema.
  4. “Ponerse al mundo por montera”: No tener en cuenta las opiniones de los demás a la hora de tomar decisiones. Emprender, de forma un tanto inconsciente, una empresa difícil. Es la actitud del torero, una vez que se pone en la cabeza la “montera” (su gorro).
  5. “Requilorio”: Rodeo o formalidad innecesaria para decir o hacer una cosa.
  6. “Las verdades del barquero”: la verdad dicha sin tapujos ni rodeos.
  7. “Comulgar con ruedas de molino”: creer o aceptar cosas imposibles de creer o de aceptar, sucumbir fácilmente a un engaño.
  8. “Chiquilicuatro”: hombre inexperto o de poca importancia.
  9. “Chisgarabís”: mequetrefe, persona insignificante, entrometida y de poco juicio.
  10. “Desnortado: “que carece de rumbo, desorientado, perdido…”
  11. “El cura de Villalpando”: Los cojones del cura de Villalpando, los llevan cuatro bueyes y van sudando.
  12. “El caballo del Espartero”: Tienes más huevos que el caballo de Espartero en referencia al tamaño de los testículos del caballo de la estatua.
  13. “El toro de Osborne”: mítica silueta de un toro publicidad del brandy español Osborne (Foto de portada).
  14.  “Salga el sol por Antequera…”: equivale a decir que “a uno le es indiferente que resulte una cosa u otra”.
  15. “Los siete niños de Écija”: Los siete niños de Écija pasaron de ser unos guerrilleros patrióticos a la cuadrilla de bandoleros más temida de la época (Siglo XIX).
  16. Todavía se oyen recriminaciones a la escuela “franquista” por la “inutilidad” de aprenderse la lista de los treinta y tres reyes godos.
  17. “Setze jutges d’un jutjat…”:  añoso trabalenguas catalán.
  18. “Tener fe de carbonero”: una fe ciega, sin asidero en los hechos.
  19. “Aguantar carros y carretas”: locución coloquial: tener mucha paciencia.

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