No fue “un sábado más”

”Aguafuerte” del Festival de Tango Boedo 2018. Por Tito Vaccaro

Baja en Independencia porque el 115 debe desviarse para seguir por Castro Barros. La Avenida está cortada por el festival y la espalda ancha del escenario clausura el tránsito hacia el sur. El flaco avanza lentamente hasta Estados Unidos, donde Miguel lo espera frente al banco. Juntos caminan por la vereda del cine transformado en templo, cruzan Carlos Calvo y llegan a la esquina convertida en patio. Mediodía vital de un sábado de gloria tanguero.
Justo ahí, donde Humberto Primo se disuelve para hacerse eterna. Desde una mesa de la vereda el antiguo compañero saluda levantando un chop. Desde otra, llega el gesto cálido del matrimonio amigo. Unos vienen, otros se alejan, aquellos se detienen, algunos buscan por donde cruzar.
–Vamos por acá –dice el flaco–, enfrente hay lugar. Se sientan en las sillas blancas, pegadas en fila junto al cordón. Platea preferencial para observar sin cansarse.
Suena la música desde lo alto y las parejas dibujan sus pasos exclusivos. El asfalto gris es una glorieta sin tiempo. No hay tropiezos en la pista encantada. Bailarines fuera de competencia se deslizan como si el piso fuese parqué. Destrezas sin pavoneos, pericias serenas. Calidez.
Rito de magia compartida mientras el andar cotidiano no se detiene. La melodía de “Mi refugio” acompaña a la mujer que, en el local de siempre, compra una cortina para el baño. En la farmacia, mientras espera que lo atiendan, el tipo de camisa a cuadros marca el compás agitando la mano: es el director de su propia orquesta. La vendedora del bazar observa desde el umbral. Los técnicos de sonido mueven palanquitas. El guitarrista se esmera con los ojos cerrados y el del bandoneón cabecea, como corresponde. Los cuatro duendes de negro despliegan acordes desde el palco. Aplausos.
La cuadra es larga. En una punta, la ochava de Manzi; en la otra, la de Pugliese. Ciudad. Gente que prefiere calles comunes en lugar de playas ficticias con trópicos falsos. La música de Piana no puede estar ausente: se escucha “Sobre el pucho”.
–¿Ya viste los puestos?, pregunta el flaco. –No, responde el secuaz incondicional–. Apenas se levantan, dos señoras canosas ocupan las butacas. Sonríen satisfechas, con ganas de aplaudir. Y, por supuesto, de bailar.
La caminata por la feria es periplo ineludible. Paseo plácido en dirección a San Juan, entre colores que se multiplican, objetos que expresan dedicación, cuidadosas habilidades. Un artesano explica; la joven muchacha da detalles de fabricación. Nada es caro. Pequeños cuadros pintados a mano, blusas estampadas con mariposas, dulces caseros en frascos con tapas de tela, chocolates más ricos que los suizos. Los mates decorados están exhibidos en hileras ordenadas con prolijidad; uno de ellos se destaca por el escudo azulgrana adherido a la calabaza. Bolsas de tela rústica por acá, libros por allá, afiches, búhos de cerámica, jarritos de miel.
Ya en la mesa del café, el flaco y su incontenible costumbre de pontificar.
–Y esto es solo una muestra gratis…
–¿De qué?
– Del aporte al resto. O no viste que vienen de otros barrios…
–¿Y?
– ¡Si hacemos todo! Una semana entera del dos por cuatro. Completita y sin apuro. Los conciertos, los certámenes de canto, los de baile, las clases, las charlas… En la Avenida, en los salones, en los clubes… Y los poemas y las pinturas… ¿No te parece bárbaro… ¿Quién nos puede empardar?
–Sos incorregible… Vos crees que nosotros inventamos todo… El tango, las milongas, las ferias, los vecinos… Aflojá…
–No aflojo nada. Qué importa quién inventó qué cosa. El asunto es que desde acá sostenemos la identidad. Y se la regalamos al resto. Mirá…, tal vez no te diste cuenta… No hay quiebre generacional. Los más jóvenes se van sumando para potenciar la cuestión. Y hay cuerda para rato. ¿Qué me vienen con mega recitales para saltar como monitos? Dejame de embromar, ¿querés? Y te digo más… Acordate del tango que dice “cuando el obelisco le tira un mordisco a una nube flaca que intenta pasar, es un viejo Apolo que nunca despega parado en la tarde de un sábado más”.
–¿Y qué tiene que ver?
–Que habría que trasladar el obelisco a acá enfrente, para que los turistas vean gente que palpita con el tango. Porque donde está ahora sólo hay embotellamientos, pungas y metrobus…
–Vos estás cada día más pirado, pero lo importante es que el tango está vivo, flaco..
–¡Que descubrimiento! Lo importante es que estemos vivos nosotros también… ¿Te pagás otro feca?

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