Mariano Boedo en Tucumán

EL 9 DE ABRIL SE CUMPLIERON 200 AÑOS DE SU FALLECIMIENTO

Mariano Boedo en el Congreso de Tucumán. Elección del Director Supremo. Por Norberto Galasso y Fabián Mettler.

Mariano Joaquín Boedo nació  en Salta, el 25 de Julio de 1782. Estudió letras en el seminario de Loreto, en la Provincia de Córdoba y luego leyes en Chuquisaca, donde se graduó en 1805. Independiente y de carácter un poco engreído, aunque muy talentoso, supo abrirse rápido camino en la profesión; sin embargo el acontecimiento que lo transformó en un hombre notable no ocurrió en un juzgado, sino en una vieja casona de pisos de ladrillos y columnas helicoidales. Allí, un 9 de Julio de 1816, firmó, en carácter de vicepresidente del Congreso de Tucumán, el acta que declaraba  la independencia de las Provincias Unidas.

Cejas arqueadas y tupidas, ojos grandes y negros, nariz aguileña, Mariano Boedo tiene cierto parecido con San Martín. Pero no solo eso. También comparte con el Gran Capitán las ansias de liberar a estas tierras del yugo español. Casado en 1807 con la salteña Javiera Lesser, fue uno de los primeros –cuenta la crónica– en concurrir al Cabildo Abierto celebrado en Salta para apoyar la Revolución de Mayo. La historia lo recuerda –dice Vicente Cutolo– como “el numen político de la revolución del norte”, por el patriotismo con que difundió las ideas emancipadoras. Seguramente estos antecedentes, sumados a sólida formación jurídica y a su experiencia en la Audiencia de Charcas, pesaron a la hora de ser elegido por su provincia, en diciembre de 1815, para viajar a Tucumán, junto con Moldes y con Gorriti.

Los caminos intransitables y otros contratiempos demoran la llegada de los diputados salteños a Tucumán. Recién el 2 de Mayo de 1816 logran incorporarse al Congreso, salvo Moldes, que no podrá hacerlo nunca. Ya instalado, el joven  Boedo se destaca en las sesiones celebradas en la casa histórica. Participa en la comisión de “Arbitrios”, y luego, junto con Serrano y Gascón, en la comisión redactora del Estatuto Provisorio. Su amistad con Güemes, con Belgrano y con el extinto Mariano Moreno (cuando ambos estudiaban en Chuquisaca), le franquean un trato distinguido. Aprovecha también estas vinculaciones para reclamar –sin éxito– la incorporación de Moldes, que por distintas trapisondas, lesivas de la autonomía provincial, queda excluido del Soberano Cuerpo.

Corren tiempos difíciles en Sud América. El Congreso de Tucumán, contrariamente a lo que se cree, se reúne en condiciones mucho más adversas que las que existían en 1810. Fernando VII, liberado en 1814, reasume el trono con impronta absolutista y se propone liquidar a los gobiernos surgidos en América. Y lo logra, en parte. Morillo recupera Venezuela para la Corona. Morelos es asesinado en México. Bolívar sufre el exilio en Jamaica. Miranda sigue preso en Cádiz. O Higgins y Carrera: exiliados. Rondeau sufre, en el Alto Perú, la derrota de Sipe Sipe.  El momento no puede ser peor. Además, al avance realista hay que sumarle la propia situación interna. Tras el fracaso de las negociaciones con Artigas, las provincias del Litoral que habían sido las primeras en reconocer a la Primera Junta,  se niegan a enviar a sus diputados a Tucumán. Para colmo de males, en abril de 1816 se produce como consecuencia del pacto de Santo Tomé, la caída del Director Supremo Álvarez Thomas. La patria por ese tiempo, escribe Vicente López, es casi “un cadáver”.

La elección del nuevo Director Supremo es la primera  gran tarea que afronta el Congreso, que había iniciado sus sesiones el 24 de Marzo de 1816. El desafío es complejo porque bajo un mismo rótulo conviven dos países: “El Estado Metrópolis, Buenos Aires, y el país vasallo, la república”, como lo dijera Alberdi, años más tarde. Las provincias sienten, y eso se refleja en los salones de la casa prestada por Doña Bazán de Laguna, que después de Mayo, el absolutismo español fue reemplazado por el despotismo de Buenos Aires. San Martín, que es el único candidato que habría podido licuar esas diferencias, estaba impedido. Sus esfuerzos estaban centrados –desde Cuyo– en organizar la campaña libertadora. Belgrano, que en menor medida podría haber sido el otro candidato, se hallaba en similares condiciones.

Reaparece entonces, impulsado por los “cuicos”, como llama despectivamente Anchorena a los congresales del norte, el congresal sin banca José Moldes. Su figura recia, de mirada altiva, seduce a los norteños que ven en él, dada su aversión a Buenos Aires, un “ San Miguel de flamígera espada venido a la tierra con la misión de destrozar a la Hydra”. El coronel, además, tiene suficiente trayectoria como para ocupar ese alto cargo. Se había formado en España, había integrado la Asamblea del Año XIII y había tenido, bajo las órdenes de Belgrano, una actuación destacada en la  batalla de Tucumán. “Generoso al extremo – dice Leoncio Gianello– fue un patriota de la primera hora que empleó su fortuna en aliviar las desastrosas finanzas del ejército”. Güemes y Belgrano lo aprecian mucho. Sin embargo, su profundo antiporteñismo, sumado a su carácter irascible y bastante indómito, le cierran el camino.

La historia, que se complace en hacer giros inesperados, le tiene reservada la jefatura del estado a otro hombre, de igual formación y méritos que Moldes, y también “Hermano”. Juan Martín de Pueyrredón representa a San Luis y es el candidato más firme. Tiene, asimismo, el apoyo explícito de San Martín. Medrano, que fue su principal impulsor dentro del Congreso, dice : “[…] Nadie puede entrar en competencia con Pueyrredón. Sí: Nadie. Hay hombres más virtuosos, pero no tan políticos; los hay más sabios: pero no tan discretos. Hay otros políticos: pero no tan diestros. Los habrá también más santos: pero no tan vivos y perspicaces […]”. Por supuesto, el Gran Capitán está al tanto de las extraordinarias cualidades de su “hermano” en la Logia. También sabe que su origen porteño no es un obstáculo,  porque Pueyrredón es considerado un “perulero”, es decir un simpatizante del Alto Perú.

A esa altura ya no quedan dudas, Pueyrredón será el próximo Director Supremo. Todos los congresales están apalabrados. Sin embargo el 3 de mayo de 1816, cuando se realiza la elección, se produce una sorpresa: Mariano Boedo vota en contra. Pueyrredón, que vota por González Balcarce, obtiene 23 votos sobre 25 congresales presentes. Mariano Boedo no tiene nada personal contra el flamante Director, es más, se conocen desde antes. El salteño había sido su secretario letrado en 1810, cuando al porteño le tocó ser Gobernador Intendente de Córdoba. Pero una cosa no quita la otra. Boedo empeñó su palabra de honor con un hombre del norte que odia a Buenos Aires. Y la cumple. Es el único que la cumple. Ese día, para escándalo de muchos, vota por el Coronel Moldes.

A 200 años de su muerte, ocurrida en Buenos Aires el 9 de abril de 1819, la gran Ciudad  olvidó ese pequeño gesto de desplante. O al menos así parece, porque una avenida, una estación de subte, una plaza, varias asociaciones y un barrio populoso llevan su nombre. Mariano Joaquín Boedo descansa hoy, y desde aquella época, a 293 leguas de su Salta querida. Sus restos yacen, celosamente resguardados, en la Iglesia de San Francisco, en el barrio de Monserrat.

 

Bibliografía.

  • Vicente Cutolo. Diccionario Biográfico Argentino.
  • Leoncio Gianello. Historia del Congreso de Tucumán.
  • Norberto Galasso. Seamos libres y lo demás no importa nada. Vida de San Martín.
  • Guillermo Furlong. El Congreso de Tucumán.