Los mil mundiales 78  

De todas las versiones ésta es la de un camarógrafo que no pudo terminarlo –se devaneció en el tercer gol– y un partido que no se jugó –el 39– aunque ya las entradas estaban impresas. Mario Bellocchio 

El Monumental olía a nuevito aquel jueves 1º de junio de 1978 en que el Mundial comenzaba junto con el mes. Todo debía ser prolijito, recién pintado…  Había que dar una imagen de pureza al mundo que nos observaba con la lupa de los derechos humanos mancillados.

Bien al estilo milico, al pedo pero bien tempranito, nos llevaron al estadio a eso de las ocho de la mañana ¿Para qué a esa hora si la ceremonia inaugural estaba anunciada a la una de la tarde? A “los cámaras” nos vino bárbaro para tener la oportunidad –única para mí– de pisar el cesped del Monumental y su renovada facha antes de que cayeran, al mediodía, Videla, Massera y Agosti y fuera más “facha” todavía. Nos “cuidaban” más que al equipo, siempre teníamos un milico cerca. Y ya nos habían advertido que solo los periodistas estaban autorizados a sacar fotos, aunque nunca supe qué habría pasado si llevaba mi Yashica y clickeaba un par de recuerdos. De todos modos tengo la certeza de que de haber existido los celulares nos los habrían incautado a la entrada. Después averiguaría por mí mismo que mientras operábamos las cámaras de TV era imposible tirar un par de tomas en cámaras analógicas y manuales –de las de rollo– sin desconcentrarte de la bestia Bosch que llevaba imágenes al mundo, así que…

Tuvimos toda una mañana para recorrer los sagrados rincones del sagrado recinto. Yo elegí visitar la “Belgrano” –y hacer mi recorrida cuerva– en cuyo centro arriba, habían emplazado la cómoda cabina para las cámaras centrales de la transmisión –dos– que iban a seguir todo el partido.

A unos 20 metros más hacía el Este de esa cabina me esperaba un retazo de mi historia futbolera: la final del Metropolitano de 1968 entre los “Matadores” de San Lorenzo y los “Pinchas” de Estudiantes de La Plata que se había disputado hacía ya –entonces– diez años, el 4 de agosto del 68.

Recuerdo muchas cosas de aquel encuentro y a otras, las abundantes hojas de almanaque caídas tras tantos otoños…, ya entonces se las había llevado el viento. No recuerdo, por ejemplo, como viajamos al estadio –mi primer “Fitito” llegaría meses después– y por qué no fui con la barra de Parque Chacabuco después de haber disfrutado con ellos el 3 a 1 a River en la semifinal en cancha de Racing. A esta final fuimos con mi primo Eduardo Cafferata, trepamos a “la Belgrano”, al mismo lugar donde en ese momento estaba, y nos apretujamos allá arriba, del lado más cercano al Río que todavía se veía por la apertura de la herradura monumental. En ese momento, con el Mundial golpeando la puerta, recuerdo que caminé por el cemento mirando el arco del Río de la Plata tratando de ubicarlo en la misma posición en que vimos con Eduardo volar inútilmente a Poletti ante el bombazo del “lobo” Fischer que consagró al primer campeón invicto del fútbol profesional argentino: los “Matadores” de San Lorenzo.

La falta de la poética vista al Río tapada por el cierre de la “herradura” me trajo a la realidad, el “Túnel del tiempo” me transportó a aquel “futuro” del que ya hace 42 años, en minutos comenzaba el Mundial.

Tengo un recuerdo de aquella cabina del mundial bastante idealizado, sin detalles. Huelo a maderas lustradas y me acuerdo de los grandes ventanales batientes panorámicos para asegurar la visión de todo el campo de juego. Siento el griterío acolchado por los paneles acústicos y veo aquella nube de papelitos que desorientaba al automatismo de enfoque en las recepciones –sobre todo la primera y la de la final– era una tormenta de pasión popular que el Gordo Murioz [1] –como le decía el Clemente[2] de “Caloi”– desde su tribuna procesista, tuvo que tragarse sin vaselina.

 

 

La transmisión se había ensayado en las clases teóricas con los técnicos Alemanes –que venían de “su” mundial, el 74, y con sus equipos, los Bosch– y hasta un ensayo en vivo con una práctica de fútbol en el Monumental mismo. Pero ésto, ahora, ya era “el Mundial” y como dicen los jugadores de fútbol: “la presión la sentís en la previa, cuando comienza la transmisión te olvidás que si te mandás una macana la ven millones de personas. Después te das cuenta de las tensiones por como quedás hecho percha”. A fin de cuentas yo solo tenía una experiencia propia internacional de transmisión en enero 1973, fórmula 1 en el Autódromo, transmisión de canal 11, ganador Emerson Fittipaldi, con el abandono de Reutemann.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El “estamos en el aire” del dire Colasurdo fue algo así como haber metido los dedos en un enchufe aunque de inmediato te acostumbrás a funcionar con dos veinte. Toda la “potencia” técnica puesta en la inauguración: ¡seis cámaras! –pensar que hoy esa cantidad se triplica, pero para ese entonces era lo usual– cinco grandes, de estudio,  distribuidas, dos en la cabina central, una a ras de piso en el centro del campo, dos en cabinas individuales detrás de los arcos para las repeticiones y una portable para reportajes, el desfile inaugural y la coronación de las dos últimas jornadas.

En aquel entonces se había incorporado la grabación de video en discos que suplantaban al video tape en las repeticiones con la ventaja de que se podían reproducir instantáneamente, cosa que no sucedía con la cinta abierta. Esto generó los famosos segmentos sobretitulados “Replay” de jugadas y goles que se grababan con las cámaras de detrás de los arcos. La particularidad era que grababan solo 30 segundos y si el director no los detenía seguían grabando sobre lo ya grabado, borrándolo. Y como adicional apareció un italiano que patentó una suerte de bloopers usando el disco como repetidor veloz de movimientos de los jugadores y el entorno de los partidos de forma que resultaba cómico verlos.

Los “cámaras” –como nos llamaban eludiendo los correctos “cameramen” o “camarógrafos”– éramos un grupete heterogéneo tomado a préstamo de los canales –en manos del Gobierno militar– de forma bastante imprecisa de manera que pudieran incorporarse provisionalmente a ATC (Argentina Televisora Color) con suficiente tiempo para la práctica con las nuevas Bosch alemanas provistas de unos zooms que se las traían. Los zooms aquellos eran ópticas de distancia focal variable que recién se empezaban a generalizar como lentes de las cámaras de estudio –en los canales todavía quedaban algunas torretas de lentes fijos cambiables– nada que ver con las sesiones “Zoom” de múltiples participantes en cuadrícula, contemporáneos.

Passerini, Lamas, el Oso Biscayart, Cacho Cánepa, Abrahamsohn…,  veníamos de distintos orígenes pero con una misma pasión imprescindible para estos casos: el fútbol. La situación de distribución de equipos de profesionales –bastante “federal” en cuanto a integración– se repetía en las seis sedes: Rosario, Mar del Plata, Córdoba, Mendoza y el Amalfitani de Vélez donde también operaba el equipo técnico de River. Cuando Argentina perdió con Italia y clasificó segunda en el grupo nos llegó el período extranjero: Italia, Alemania, Austria, Holanda…, los nuestros se había mudado a Rosario…

Y llegaron las definiciones: el sábado 24 donde Brasil le ganó a Italia 2 a 1 por el tercer puesto y “la final”: domingo 25 de junio con los Holandeses.

Algo que pocos sabían pero nosotros sí teníamos en mente es que si el alargue terminaba en empate debía jugarse un nuevo partido menos de 48 horas después.La FIFA recién incluyó a las definiciones por penales a partir de España 82, así que hasta el pitazo final, con provisorio descarte en el tercer gol argentino, existía la posibilidad de que el campeonato –y nuestro laburo– recién terminara el martes 27 de junio, el después famoso partido 39 cuyas entradas, por las dudas, ya estaban impresas.

Veníamos de un impecable trabajo profesional así que no era cuestión de descarrilar en el último tramo donde muy probablemente se consagraría futbolísticamente el equipo nacional.

De ese partido sí tengo un vivo recuerdo, probablemente porque sus escenas fueron muy repetidas por ser la final. Sí, debe ser por eso. O quizá porque no llegué a terminar el partido operando la cámara 2 como el resto del Mundial , la cámara que seguía el juego en un plano medio y era la encargada de reflejar, entre otras cosas, la imagen de los goles en el momento en que se producían, nada menos. Recuerdo el primer gol de Kempes, el empate de Nanninga cuando solo faltaban 8 minutos para ser campeones y el infarto cuando Rob Rensenbrink estrelló la pelota en el travesaño con Fillol vencido a los 91 de juego (hubiera sido final y campeonato holandés).  La muda y paralítica alegría –otra vez, a riesgo de arruinar la toma– de la pelota que no entraba más en el segundo de Kempes y las pilas que ya estaban por estallar terminaron de explotar con el gol de Bertoni, el tercer gol. El extrovertido y gritón futbolero no pudo digerir la quietud que le imponía el profesional y sufrió un vahido –sentí que me caía y le entregué la cámara al Oso Biscayart que para eso estaba, por si algo nos pasaba a Passerini o a mí y le llegó su turno– el profesional que le retiene su grito de gol al hincha (y los anteriores) para no mover la toma culminante, pagando su tributo. Terminé el Mundial dopado y quietito. El festejo tuvo que esperar. Si la toma no podía moverse, el hincha tampoco.

Del Mundial se habló hasta el hartazgo. Aun hoy se discute la legitimidad del 6 a cero a Perú que nos permitió llegar a la final. Y fuera de lo deportivo, el uso que le dio la dictadura para difundir una imagen de país organizado de límpida conducción cuando se trataba de la más sangrienta tiranía que debimos padecer con su corolario de desapariciones y muerte. Esta solo es la sucinta crónica de una arista profesional vista desde el desconocido mundo interno operativo de aquella televisión de los 70’s.

 

 

[1]. José María Muñoz, el relator deportivo oficial de aquella época que jugó una inútil pulseada con el personaje de la historieta de Caloi, “Clemente”, sobre arrojar papelitos como recepción al equipo…, y perdió por goleada.

[2] Clemente es el personaje creado por Carlos Loiseau (Caloi) que canalizó la módica protesta de los papelitos durante el Mundial 78.