¿Levantar el ánimo?

No voy a ponerme a tratar de levantarle el ánimo a nadie. Pablo Bellocchio

Me parece una tarea demasiado ardua; una empresa irracional dados los tiempos que corren. En las últimas horas 15 (quince) volcanes entraron en erupción. Se espera que el 29 de abril un meteorito de entre 1,4 y 4,1 km de diámetro pase cerca de la tierra. La NASA dice que no pasa nada pero a esta altura del partido hasta un sachet de leche me parece potencialmente peligroso.

Estamos caminando por la vereda del apocalipsis tan cotidiana y vertiginosamente que no nos da el tiempo para asimilar semejante nivel de desquicio. Palabras como “cuarentena”, “pandemia”, “aislamiento preventivo” se han hecho en tan poco tiempo tan comunes, tan usuales, que han perdido ya su magnitud, su cruento significado.

Contamos los muertos y los infectados sin entender lo que estamos contando. Un canal en Youtube nos transmite en vivo y con actualización inmediata el número oficial de contagiados, fallecidos y curados con una frialdad estéril; las banderitas de cada país van armando un ranking, una tabla del horror muy parecida a la de cualquier liga de fútbol, en la que la pelea por no descender cobra una literalidad macabra.

Salir a la calle, apenas eso, conlleva una serie de preparativos tan extraños que uno no puede evitar sentirse Juan Salvo, el eternauta de Oesterheld, tratando de conseguir víveres para su batalla contra los “ellos”. Cada jornada se repite sobre sí misma, en un loop amorfo, en donde ponerle nombre a los días parece un sinsentido ridículo, una metáfora innecesaria de esas que algún escritor demasiado florido en verba suele dar ridículamente para ilustrar su propia oratoria.

No. Lejos estoy de querer levantarle el ánimo a nadie. Por el contrario. Pienso fundamentalmente que a todos nosotros nos asiste el derecho de llevar esta pastosa rutina con un humor anárquico. Nadie, absolutamente nadie puede venir a decirnos como tomarnos todo este asunto, qué está bien y qué está mal, en tanto respetemos aquellas reglas que sabemos, sí o sí, debemos cumplir para cuidar de nosotros y de los otros. –No amigo, no salgas a cazar pokemones o a tomarte unas pequeñas vacaciones en la playa; corres serio riesgo. No solamente de contagiarte el Corona sino por sobre todo de confirmarle al mundo que sos un pelotudo.–

No pienso levantarnos el ánimo. Pero sí me veo en la obligación de compartir cierto optimismo. Un optimismo berreta, de segunda marca. Algo mancillado por tanta incertidumbre. Un optimismo a duras penas funcional, como esas cosas que uno compra usadas en Mercado Libre; no brillará reluciente y nuevo, no tendrá su caja de empaque recién estrenada, pero con un poco de suerte te va a “funcar”.

Tenemos que empezar a imaginar un después. Yo sé que seguramente te asuste, que te resulte aún más inverosímil que esta realidad de Huxley en la que vivimos. Pero va a haber un después. Y el después siempre se construye con pedazos del ahora.  La cuestión será saber qué pedazos vamos a usar.

Cuando todas las noches a las nueve salimos a aplaudir todos juntos, sinceramente no creo que ese aplauso sea en su totalidad un homenaje para la gente que se juega la piel día a día en su laburo. (De hecho hay mucho, mucho sátrapa que aplaude a las nueve y a las nueve y media está pegando un cartel en el ascensor amenazando a su vecino médico).

Creo honestamente que en ese aplauso se oculta algo más. Detrás de ese aplauso hay una sed honda, una angustia profunda de encontrarnos con los otros, de sabernos acompañados en esta soledad global. Ese aplauso es un ágora, una cita de encuentro que nos recuerda que allá afuera hay algo más. Ese aplauso es la música, la pintura o el teatro. Ese rincón de coincidencia en donde nos respiramos: nuestro ritual.  Ese aplauso es un impulso irrenunciable, un instinto, que aunque viejo y gastado, seguimos teniendo desde siempre y que nos define: nos necesitamos. Distintos, rotos, cercanos o lejanos; nos necesitamos. Ese aplauso, ese llamado hacia la noche profunda para sabernos hermanados, no es otra cosa que una pregunta. Una pregunta que busca su respuesta en el afuera, “¿Estás ahí?, ¿Estás ahí?”.

Ojalá nos sepamos contestar.