La ilusión Capital

Allá por abril de 1986 el presidente Alfonsín hizo pública su intención de trasladar la Capital de la República hacia el sur, al denominado Distrito Federal Viedma-Carmen de Patagones, integrado por un núcleo de ciudades de la Patagonia entre las cuales se encontraba Viedma, la capital de Río Negro, y Carmen de Patagones, la ciudad más austral de la Provincia de Buenos Aires.

La idea basada en el monumental traslado de la Capital brasileña a Brasilia era la de descentralizar y desburocratizar el poder político y separarlo del poder económico del país, ambos excesivamente concentrados en Buenos Aires.

El 16 de abril de aquel año Alfonsín entregó el proyecto de la nueva capital al gobernador y legisladores de la provincia de Río Negro y desde los balcones de la Casa de Gobierno provincial, ante unas diez mil personas, convocó a los argentinos a marchar “hacia el sur, hacia el mar y hacia el frío”. Un año después, el 27 de mayo de 1987, el Congreso Nacional sancionaba la Ley Nº 23.512 y se creaba por decreto el Ente para la Construcción de la Nueva Capital – Empresa del Estado (ENTECAP).

El despliegue produjo enormes expectativas y recálculos de inversiones en la zona designada como nuevo distrito federal. Todo fue un “Esperando a Godot” mientras la planificación y la economía pudieron alimentar la ilusión despertada. Luego vinieron la crisis, la entrega adelantada del poder de Alfonsín a Menem y el pronto olvido del ambicioso proyecto ante la imposibilidad de su concreción.

Pero, mientras duró, pasaron tres años en que aquel techo de la Patagonia albergó la expectativa cierta de pasar a ser cabeza de Goliat. En que todos aquellos pobladores de nuestro sur albergaron ilusiones, hicieron cálculos que no se concretaron jamás y más de uno invirtió ante la perspectiva de un cambio que nunca se produjo.

De aquella frustrada epopeya quedaron algunos recuerdos en un balneario hoy próspero pero despojado de aquel futuro encumbrado que se le auguraba. Un artículo publicado hace 33 años por la revista “El Periodista de Buenos Aires” (*) refleja las ilusiones de los pobladores de aquel Balneario El Cóndor en…

 

“El futuro balneario de la capital”. 
Vista aérea actual de playa El Cóndor

A veintitrés kilómetros de donde quedará emplazado el futuro distrito federal funciona el balneario marítimo que seguramente preferirán los porteños trasladados, dada la cercanía, acceso y servicios de que ya dispone. Esas playas arrastran una historia que comenzó a principios de siglo, con los baños de salud que se prodigaron los novicios y estudiantes salesianos. De todos sus nombres perduró El Cóndor, que constituye la evocación de un naufragio acontecido en 1881.

El faro de 1887

Aunque en su último viaje el Presidente pasó de largo, camino de la Lobería –sólo se detuvo a su regreso hacia Viedma desde lo alto donde se asienta el monumento a Ceferino para otear las playas–, y un día después en San Antonio Oeste declaraba que Las Grutas, a 180 kilómetros de la futura Capital Federal, será el balneario del nuevo distrito, los “condorenses” saben que ello constituirá sólo una segunda opción; que fatalmente, para bien o para mal, son sus arenas las que los recién llegados invadirán con el privilegio que le da la inmediata cercanía del mar. Los espera a sólo veintitrés kilómetros del emplazaminto de la nueva ciudad administrativa. No existe espacio para las dudas: las playas de El Cóndor, a treinta kilómetros de Viedma Patagones, constituyen el balneario marítimo más próximo que tendrán los futuros capitalinos. Para colmo, la nueva metrópolis surgirá siete kilómetros aguas abajo del actual emplazamiento de población en el río Negro, el cual se echa al mar precisamente donde empiezan –en dirección sur– los cinco kilómetros del balneario rionegrino más a mano, sede anual de la Fiesta Provincial del Mar y el Acampante. Por ahora sólo los veraneantes empecinados en escapar a los tumultos playeros y algunos habitantes patagónicos conocen el reducto apacible que vigila un faro, el más antiguo de todo el litoral sureño: fue inaugurado el 25 de mayo de 1887 por el gobernador Lorenzo Vinter.

La intermitente luminaria está encaramada en lo alto de una loma y marca el límite austral del balneario, ya que aún es posible encontrar otras playas que la pleamar comprime contra sólidos acantilados. Es en esa dirección que algunos marchan a más de veinte kilómetros en demanda de Playa Bonita. El camino aún lleva a La Lobería, un paraíso faunístico inmensurable.

La Villa en la “Picota”

Entre los sueños y los miedos de los sureños resulta factible dibujar el futuro perfil del balneario. Algunos lo imaginan espléndido, pleno de asfalto, costanera inacabable, cristalinos edificios, o bien una siembra de papeles y basura, ecológicamente tan deplorable como el cambio de las costumbres y las medidas de seguridad que sobrevienen junto a las masivas invasiones. Los posibles “trasladados” que en Buenos Aires deben aún recorrer no menos de trescientos kilómetros para tocar un mar dudoso –en parte todavía río, en San Clemente del Tuyú– o andar cien kilómetros más para atrincherarse en dos metros cuadrados de arena, tendrán las bondades atlánticas, y más tibias, a una distancia similar a un viaje al Tigre. El Cóndor no necesita erigirse como balneario, ya existe y tiene una larga historia, además de 1.000 casas veraniegas, delegación municipal, cabina telefónica, destacamento policial, sala de primeros auxilios, escuela, capilla, comercios, campings, murallón costanero de cuatrocientos metros, dos unidades de sanitarios y cuarenta familias que residen permanentemente.

EPSON MFP image

Picoto es uno de los que decidió quedarse allí hace once años. En realidad se llama José Luis Fernández, tiene 44 años y dos hijos. Picoto es apenas un mote y la denominación de su comercio, el más popular de esa costa bonita, agreste, sobrevolada por escuadrillas de loros, la única plaga –por ahora–  que aterriza en las plantaciones próximas que anidan en la margen sur del río Negro. Picoto vende desde hojas de afeitar hasta leña, pasando por todo el colorido de semanarios, “aunque este verano me salvo de vender diarios porque licitaron un kiosco en la playa”. No cierra las puertas de su negocio en todo el año. Para ello debió montar dos casas. La marítima está habilitada a pleno apenas terminan las clases. Cuando cede la canícula, vuelve a su domicilio de Viedma, pero todos los días a las 9 y 30 levanta la persiana, como religiosamente lo hace la despensa de Luengo y la carnicería de Balda. “Aquí viven unas doscientas personas –explica Picoto– a las que hay que agregar unas trescientas de los gremios de la construcción que también permanecen o se rotan.” Una vez que contabiliza uno a uno los empleados municipales y los demás funcionarios –de policía a telefónicos– Fernández explica las características del balneario: con un mes fuerte que es enero, con presencia masiva los fines de semana –hasta 8.000 visitantes– ya que ese estilo está impuesto por la cercanía de las ciudades de Viedma y Patagones, lo que permite viajar directamente cuando el día nace propicio. Las bondades de la playa se advierten en la bajamar, y los productos del Atlántico, en la buena pesca que algunos intentan a orillas del río Negro, cuando la pleamar lo penetra.

Más al sur, en playas solitarias, los pescadores atrapan pejerreyes imposibles, pero deben ingeniarse para descender los acantilados, salvo que conozcan la faraónica obra que Picoto muestra orgulloso como el “trabajo de quince locos”, la legión que talló parte de la barranca y le afirmó escalonadas losas, para luego rematar el trabajo con una firme escalera de estructura metálica, una generosidad que agradecen los pescadores que están en el secreto. La Dirección Provincial de Aguas abastece desde un tanque gigantesco a las ochocientos conexiones establecidas hasta el momento, pero el gas es la red que más sería bendecida por quienes están decididos a transformar esa villa en una pujante ciudad. Después de todo, la historia de El Cóndor está llena de luchas y también de algunas desidias, como la que llevó al abandono del Hogar Escuela, desmantelado –excepto una parte ahora rehabilitada– y con grandes deterioros. Pero también el empecinamiento para erigir los primeros cobertizos y sembrar las primeras forestaciones. Hoy lucen muchos árboles en el área central de la villa, y en los campings (municipal o el de los empleados de Vialidad Provincial, “Ina Lauquen”), aunque aún existen zonas loteadas sobre las cuales finalmente no surgió el casino que prometía la inmobiliaria porteña. La venta permanece horizontal con los picos típicos que trae el verano, sin que por ahora los planes gubernamentales incidan sobre los precios: entre 3 y 6 mil australes por lote, según ubicación y urgencia.

Heladerías y Don Pedros

Cuando llega el verano no menos de diez bañeros toman posesión de la playa y enarbolan los colores preventivos en lo alto de tres mástiles, en tanto que las heladerías, confiterías y restaurantes cobran nueva vida. El Pescadero o El Refugio –según los casos– reabre en la sede del Club de Pesca, y la pizzería Los Tíos I, garantiza la continuidad gastronómica que abastece la casa central en sus horneadas del sector privilegiado de Viedma. Los excursionistas se levantan temprano en la ciudad próxima, maldicen el asfalto –”que por la visita presidencial consiguió un benévolo bacheo”–, completan sus bastimentos, se reabastecen de combustible en el apeadero del kiosco Oscar, y despliegan luego sus carpas, sillas y asoleaderos. Con otros rigores, los visitantes reverdecen una costumbre que allí comenzó con los novicios y alumnos salesianos que a principios de siglo tomaban baños de salud. Por tres semanas lo hacían por recomendación del reverendo Evasio Garrone, cura médico y la adhesión del enfermero italiano Jacinto Massini quien resultaría un fervoroso de esa soledad por entonces solo interrumpida por las cantatas estudiantiles como “La Preghiera della sera” o “La Vergine degli Angeli”.

Los adoradores del sol actuales apuran tragos en la confitería “El hostal del viejo Pedro”, un santuario de otras evocaciones como son las de Pedro Mortensen y su yerno. Mortensen fue encargado de la estancia de Juan Iribarne, que abarcaba, entre otras extensiones, la de la actual villa. Este danés y su familia se hallaba entregado a sus tareas en la tarde del 26 de enero de 1881, cuando frente a la barra de la desembocadura del río Negro vio un barco que lucía bandera de Dinamarca. Entusiasmado, enarboló otra igual y la embarcación enfiló con tan poca suerte que topó unas toscas y se partió en dos. Sólo uno de los náufragos quedó en esas tierras: el carpintero Pedro Hansen Kruuse, quien no sólo trabajó bajo las órdenes del administrador Pedro, sino que desposó a su hija María. La efigie del barco –un pájaro– fue llevada al casco de la estancia que se llamó en adelante El Cóndor, como la nave. Pero ninguno de estos hombres vivían para cuando el nuevo dueño, Manuel Harriet, dejó de dar permiso a las visitas amantes del verano. Sucedió hacia 1919 cuando ya hacía dos años que el ex enfermero Massini había levantado en la costa una casa de madera con alero hacia el mar. Hasta entonces, el lugar había sido llamado indistintamente “La Boca”, “El Faro” y “Las Carpas”, pero en la lucha judicial entablada entre Harriet y Massini no sólo terminó en la serie de permisos precarios para levantar viviendas y las demás peticiones que pujaron por la villa marítima, sino también por una nominación propiciada por los fans: se llamaría Massini, y así figura aún en la cartografía oficial. La historia que sigue es más reciente: un decreto del gobernador Miguel R. Montenegro, decidió el nombre de “El Cóndor”, en 1948.

Hacía seis años que Massini había ido a dar con sus huesos al cementerio de Viedma. Es posible que José Carlos Sosa –34 años– ignore estas historias. Hace apenas cuatro meses que arrendó el kiosco Oscar, a la entrada de la villa, donde el atractivo está constituido por los únicos surtidores de nafta y gasoil de la zona. Hace doce años dejó la telúrica Caucete de su San Juan natal con el afán de lucir el uniforme de policía rionegrino. Hace tres que trocó esos atavíos por los de carnicero: su local de la capital de Río Negro se llama –claro–La Difunta Correa. “Aquel negocio ahora lo atiende mi señora y a éste le voy a poner el mismo nombre”, se entusiasma Sosa quien cree que allí llegará el progreso y los negocios marcharán. Por lo menos es más optimista que Picoto Fernández: “Yo estoy cansado de esperas, de la llegada de mejoras que no se concretan, de los fríos inviernos. Me dan 80000 australes y les regalo el negocio y la casa”. Las humildes casas veraniegas, las ostentosas residencias –que también las hay–, pero por sobre todo, la permanente construcción de otros refugios marítimos hablan de la persistencia de mantenerse en dirección contraria a la primitiva época de las “cantatas” al aire libre y los baños de salud. En realidad se cumple el sueño de Jacinto Massini, de quien por lo menos queda nominada una calle, si es que la invasión porteña no cambia en el lugar el destino apacible que los primeros bañistas le soñaron.•

 

(*)”El Periodista de Buenos Aires” – Nº 110 – 17 al 23 de octubre de 1986, Págs. 18/19. (En Viedma) Francisco N. Juárez