José de San Martín

17 de agosto, 1850-2019. El prestigioso historiador Fernando Del Corro recuerda al prócer en un nuevo aniversario de su paso a la inmortalidad, a través de los años posteriores a su epopeya americana, quizá los menos conocidos de su gloriosa trayectoria.
San Martín, el “Padre de la Patria”
Por Fernando Del Corro

 

Como es frecuente en la Argentina a sus grandes personalidades, incluidos los mayores patriotas, se los homenajea en el aniversario de su muerte, no de sus grandes logros. Por ello el 17 de agosto es un feriado nacional en coincidencia con la fecha del fallecimiento del general José Francisco de San Martín, el “Padre de la Patria”, ocurrida 169 años atrás, este mismo día pero de 1850 en Boulogne Sur Mer, Francia, después de un largo exilio, por lo general muy poco conocido.

Después de la Conferencia de Guayaquil con Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y de haber delegado en éste el comando supremo de las fuerzas americanas para concluir con la expulsión de los españoles de América del Sur, San Martín sólo vivió un par de años más en la región, ya que en 1824 se instaló definitivamente en Europa, con la salvedad del escaso tiempo de su viaje de frustrado retorno a la Argentina en 1829.

Es relativamente conocida su estancia final en Francia, sobre todo por su fallecimiento en Boulogne Sur Mer. También se sabe, aunque menos, de su breve paso por el actual Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, donde estuvo en un par de ciudades inglesas y hasta fue condecorado por los escoceses, pero apenas se tienen noticias de su viaje a Italia (cuando ésta aún no existía como tal) y de su estancia belga.

Esta última fue particularmente importante ya que durante esos seis años de 1824 a 1830, interrumpidos sólo por su viaje al Río de la Plata, produjo algunos hechos de los más recordados en el ámbito escolar, como el particular de “Las máximas” para su hija Mercedes Tomasa, “Mercedita”, e incluso lanzó desde allí su célebre expresión “Serás lo que debas ser o sino no serás nada”, aunque tampoco se conozca mucho de su autoría en la materia.

Pero si poco o nada se habla en las escuelas de sus años en Bélgica, menos se explicita la razón del porqué de su ida de ese país para radicarse definitivamente en Francia y eso tiene que ver con los cambios que se produjeron en la región a partir de la instalación en el gobierno francés, en julio de 1830, de la monarquía burguesa de Luis Felipe de Orleáns, poniendo fin al gobierno despótico y feudal de Carlos de Anjou, lo que repercutió en el vecino Reino de los Países Bajos.

La Restauración del Antiguo Orden representada por Luis XVIII y Carlos X tenía tales características ideológicas que cuando San Martín llegó El Havre, de camino para Southampton y Londres, le fue confiscada su documentación por subversiva, aunque más tarde le fuera reintegrada. Pero su paso por Inglaterra fue breve ya que de inmediato marchó a Bruselas, por entonces capital de los Países Bajos del Sur, integrantes del Reino de los Países Bajos.

Tras otro corto viaje a Inglaterra con motivo de la Primera Guerra del Pacífico, cuando España intentó reconquistar Perú, ese mismo 1824, y tras recibir una designación de ciudadano de honor en Escocia, se instaló, al parecer con características de definitiva residencia, en la misma Bruselas en septiembre. Lo hizo con su hermano Justo Rufino y con su hija Mercedes Tomasa, a cuya educación prestó particular importancia.

El hecho de instalarse en una casa de campo próxima a Bruselas tuvo que ver con el rechazo del gobierno francés a darle radicación en ese país por razones de tipo ideológico. La negativa había sido del gobierno de Luis XVIII, muerto precisamente en ese mismo septiembre de 1824, pero reemplazado por su hermano Carlos X, el conde de Anjou, cuyo conservadurismo provocó, precisamente el movimiento que llevó a la monarquía a un noble burgués, Luis Felipe de Orleans.

Meses después, ya en 1825, fue cuando redactó las famosas “Máximas para mi hija” encontradas por Bartolomé Mitre. Unas “Máximas” que en los últimos años han dado lugar a ciertas investigaciones, sobre todo en relación con la primera de dichas máximas, en la que se menciona, al parecer, por error, a un escritor Stern, cuando ninguno de los varios existentes, fue el autor de la frase que se menciona, sino Lawrence Sterne, mal escrito por San Martín.

Para concluir esta digresión hay que citar la investigación de Alejandro Maurigo, editada por la agencia Argenpress el pasado 20 de febrero de 2003, relacionada con el dicho “Anda, pobre animal, el mundo es demasiado grande para los dos”, invitando a una mosca a abandonar una habitación a través de un ventanal, en lugar de matarla, bajo la consigna de “humanizar el carácter y hacerlo sensible aún con los insectos que nos perjudican”.

En 1825 hizo otro viaje a Londres y en 1826 escribió la famosa frase citada en una carta a Tomás Guido atribuida a sus relaciones con Bolívar, aunque como es sabido su retiro en Guayaquil se debió a la quita de todo respaldo desde Buenos Aires por parte de Bernardino Rivadavia. Ya en 1827 comenzó a preocuparse por la situación creada en América del Sur y la inminencia de la Guerra con el Brasil. En las Provincias Unidas del Río de la Plata gobernaba el citado Rivadavia con quién mantenía grandes diferencias, en tanto él se convertía en hombre de consulta para las cancillerías europeas sobre temas americanos.

El mismo canciller francés, aún durante la propia gestión de Carlos X, en 1828, se trasladó a Bruselas para conversar con San Martín. En ese momento el gobierno del monarca galo analizaba el reconocimiento de la independencia de las ex colonias españolas de América y al respecto fue que se realizó dicho encuentro. Poco después, bajo el pseudónimo de José Matorras (el apellido materno que se le atribuye para limpiar su condición de hijo natural de una aborigen), realizó su postrer viaje al Río de la Plata.

Lo sucedido en 1829 en Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires, donde no desembarcó, son hechos conocidos. Lo mismo que su regreso a Londres, desde donde se trasladó de inmediato a su residencia en un villorrio de Bruselas donde se entretenía con sus dos hobbies más importantes, los de carpintero y floricultor. Pero sus tiempos en Bélgica se agotaban.

Un día de 1830 decidió conocer el campo de Waterloo, precisamente en Bélgica, donde Napoleón Bonaparte tuvo su derrota final a manos de la coalición de británicos, austríacos y prusianos, entre otros. Fue una de sus últimos hechos en ese país. Luego de ese reconocimiento para analizar esa batalla clave en la historia contemporánea y en tanto su fama había trascendido al ámbito político local, un día recibió una propuesta insospechada.

Fue en octubre de 1830. La oleada democratizadora surgida con el rey burgués Luis Felipe de Orleáns de julio, llegó desde Francia a Bélgica. Sobre todo impactó sobre la población valona, mayoritaria en ese último país. La hegemonía holandesa de los frisones y las políticas del rey Guillermo I de Países Bajos (que entonces también agrupaban a Bélgica y Luxemburgo) eran resistidas por los belgas, cuya burguesía se planteó el modelo francés.

Tanto Luis Felipe como la corona británica, sobre todo el primero, apoyaban a los revolucionarios de los Países Bajos del Sur. Estos pensaron que podían contar con un general probado como San Martín y le ofrecieron la comandancia en jefe de sus ejércitos. Pudo haber completado su gloria en Europa pero se negó. No por desconocer los derechos belgas a la independencia sino por no ser desleal con Guillermo I que le había otorgado asilo.

Fue así que se radicó en Francia, la que con Luis XVIII le había negado ese derecho pero que luego con Luis Felipe le abrió los brazos con quién mantuviera una estrecha relación. El propio rey lo invitó a conversar con él sobre las cuestiones americanas en 1837 y en 1840 a los actos de homenaje a Napoleón I con motivo de la repatriación de los restos de éste desde Santa Elena como parte de un reconocimiento que hasta entonces no había tenido en su propia patria.

 

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