Gregorio Plotnicki: de recordador presente a eterno recuerdo.

El domingo 19 de julio por la tarde Gregorio se alejó del buzón que lo acompañó toda su vida y la esquina que Manzi imaginó para el encuentro amoroso de su carrerito del este perdió a su último compañero, el creador de sueños inspirados en el “rojo cilindro de enfrente” a través de una distinción que inmortaliza a Pompeya y a Homero Manzi, el mayor poeta del tango: la “Orden del Buzón”.

Hace unos años Edgardo Lois conoció a Gregorio y sintió la necesidad de describir su tarea y sus creaciones:

 

Edgardo Lois. El Museo Manoblanca y la Orden del Buzón

Es necesario detener el paso cuando se llega a la esquina de Centenera y Esquiú. La razón primera aparece sobre la pared de una casa, sobre la vereda de enfrente; hay un gran cartel de chapa, y en dicho cartel hay pintado un texto, un poema.

En Mar del Plata encontré, en una librería, un libro de la editorial Torres Agüero…, lo abro en la página 52 y ahí estaba la letra de Manoblanca. (…) En la pared del frente de la casa había un cartel de propaganda de una fábrica de ropa que ya había cerrado…, entonces en agosto de 1983, hice pintar la letra del tango sobre el cartel.

Después, y siempre parado en el mismo lugar, pueden descubrirse otros detalles. La mitad, el perfil de un pequeño carro de madera, fileteado, y virtualmente asomado desde la terraza de la casa. Un carro vigila desde la altura la entrada al Museo Manoblanca; a los lados del carro, dos paños pintados en la pared, anuncian, a izquierda “Barrio de tango, luna y misterio”, y a la derecha “Desde el recuerdo te vuelvo a ver”.

Sobre la esquina de Centenera y Tabaré se observan tres chapas azules, de esas que se utilizaban para nombrar las calles hace unos años, antes del negro y blanco suspendido en el aire. Una lleva el nombre de la calle “Tabaré”; la segunda lleva el nombre de la esquina “Esquina Manoblanca”, la tercera lleva el nombre del poeta “Homero Manzi 1907-1951”.

Habitando ya la vereda de la casa devenida en museo, en el 1371 de Tabaré, se llega a un pilar con el busto de Manzi, y desde la pared del museo, acompañando la letra de tango, ocupan un lugar los retratos de José Dames, Julián Centeya, Daniel Giribaldi, Sebastián Piana.

“Que esta noche me esperan sus ojos

en la avenida Centenera y Tabaré”.

Así redescubrió, en Mar del Plata, Gregorio Plotnicki, director y hacedor del museo, que unos ojos esperaban en el barrio: Fue como que el orgullo de la gente estaba dormido, yo no voy a decir que descubrí la hermosa historia que tiene este barrio, pero la destapé. (…) Como ocurre en Boedo, acá lo mismo, todo pasaba por Avenida Sáenz, entonces este lugar quedaba olvidado.

El Museo Manoblanca está dedicado a la memoria del barrio de Pompeya, a la memoria de Homero Manzi, y por extensión al recuerdo de la gran historia cotidiana de los que hicieron esta ciudad de Buenos Aires.

El museo inició su actividad en 1983. Está conformado por tres salas: Juan Pueblito, Ben Molar, Francisco Gil. Tiene un portal que lleva el nombre de “El alma que canta”, en homenaje a la revista de Vicente Bucchieri, y un pequeño patio, que lleva el nombre de Alberto Mosquera Montaña, poeta, uniendo las distintas estancias. El museo posee obras de varios artistas plásticos, entre ellos: Oscar Sar, Marta Luchenio, Naum Knop; obra de los más destacados fileteadores, entre ellos: León Untroib, Luis Zorz, Jorge Muscia, Martiniano Arce; y obras de los escultores Antonio Oriana y Lila Oliva.

Plotnicki es dueño de una memoria privilegiada, conserva los datos históricos, pero su memoria destaca desde lo cotidiano, y esa es la esencia del museo, la memoria simple de los habitantes de la ciudad, y ahí el esfuerzo por salvarla del olvido: Cada uno tiene que contar su historia, aunque no haya sido tan importante, porque es así como uno trasciende…, creo que si no contamos, se pierde todo.

Gregorio es un hombre agradecido por los logros del museo, y en todo momento recuerda a dos personas que mucho lo ayudaron en todos estos años. En varias oportunidades aparece el nombre de Amelia Dos Reis, cantante de fado, y Francisco Gil, un viejo librero que había trabajado cincuenta años en la librería El Ateneo. Plotnicki sabe de estas ausencias, pero bien sabe del valor de la memoria.

El 26 de octubre de 1945, su familia se mudó a la casa donde ahora funciona el museo: Donde estamos ahora, en esta sala…, acá había una pared, y acá había una puerta…, ahí dormían mis padres, y yo dormía ahí, era  una casa de familia.

Gregorio Plotnicki se define:

Soy basurero, voy por la calle, veo algo y lo levanto…, me da lástima que lo hayan tirado. Su padre, viendo que él siempre compraba objetos viejos,  le decía que era un juntador de cosas: Yo no sabía por qué lo hacía, guardaba cosas antiguas, ya no sabía dónde meterlas…, entonces empecé a llenar vitrinas con todo lo que había juntado en mi vida.

Aquí puede encontrarse la piedra fundacional de su museo, un museo de la vida. Primero coleccionó estampillas, era un pibe, y aprovechaba las cartas de los vecinos del barrio, casi todos extranjeros; después siguió con la numismática, pero sus mayores colecciones están referidas a otras cuestiones.

En el museo hay una importante colección de cajitas de fósforos, una colección de aceiteras, algunos ejemplares de su colección de más de treinta buzones alcancías, hay relojes, radios, medicamentos, muñecos como los que promocionaban los canales de televisión (el pibe del 13, el Leoncio del 11), cajitas de chicles Adams, jabón Sun Light, jabón Federal, gomina Brancato, Glostora, cocinas de juguete para las nenas, un Topo Gigio, una canilla de metal con forma de cabeza de cisne de las usadas en los bares, una máquina de escribir Hammond, la máquina para cardar la lana de los colchones, prendedores, una balanza, un bandoneón; infinidad de pequeños objetos pueblan las vitrinas, los rincones, utensilios diversos imposibles de enumerar. El Museo Manoblanca es tiempo y memoria, en los objetos, y en la multitud de fotografías que cubren algunas paredes, fotos de la farmacia, las calles, el registro de los sucesivos puentes Alsina. La imagen de uno de los posibles costados del tiempo construye el ambiente que se respira en el museo.

Plotnicki cuenta una historia a partir de un tocadiscos y radio marca RCA Victor, construido en 1946. La historia está centrada en el porqué del logo de la marca RCA. La imagen, hoy a salvo en el imaginario de la mayoría de las personas, del perrito escuchando el sonido proveniente de la victrola, tiene un significado. Debajo de la imagen se lee master voice, algo así como la voz del amo. La historia cuenta que el inventor del disco, poco antes de morir, dejó grabada su propia voz en un disco. El logo de la marca RCA, con su imagen, recoge lo sucedido con el perro del creador, su perro siguió escuchándolo hasta el día de su muerte, así la voz del amo.

Cuando se mudaron a la casa, hoy museo, allá por 1945, el padre de Gregorio le tomó una fotografía, que también guarda su lugar en una pared, donde aparece el pibe: Con pelo, aclara el Director, parado en la esquina, sobre la vereda de la casa. Detrás del pibe se ve el buzón del correo, colocado en la vereda del bar El buzón; también se ve en la imagen un colectivo 6: Parte de mi vida, Pompeya-Retiro, dice Gregorio.

Cuenta Plotnicki: Yo nací aquí, en Centenera y Tabaré, frente a donde estamos ahora…, y desde mi casa veía siempre el buzón que está ahí donde está el bar…, el buzón era parte de nuestra infancia, de nuestra vivencia…, comienza tal vez con los Reyes Magos, cuando les mandábamos la carta, que no le poníamos estampilla porque esa carta no iba a ningún lado…, mi mamá me decía, tirala que va igual, para qué gastar en estampilla, entonces me daba un sobre usado, me engrupía, cruzábamos, me subía y así pedía una pelota número cinco de cuero, que después era una de goma, pero siempre era mejor que una de trapo. (…) La barra, los pibes, que se juntaban en la esquina, se apoyaban en el buzón…, las parejas se citaban en el buzón…, te espero en el buzón para la escuela, el cine…, tengo fotos del buzón que son del año treinta.

Una mañana nublada, horrible, de 1999, aparece un camioncito del Correo Argentino, algunos operarios, poleas; en un momento levantaron el buzón y se lo llevaron.

Gregorio reaccionó y escribió una carta a dos diarios, los dos la publicaron; en ella un pedido: Humildemente, pido que el buzón sea restituido. Comenzó a recibir cartas que lo apoyaban en el pedido, personas que se acercaban al museo para saludarlo: Pasaron dieciséis días, llaman a la puerta…, un señor dice que viene a traer el buzón que se habían llevado el otro día…, ¿Dónde quiere que lo ponga?, me pregunta…, la tentación era grande, ¡acá en mi vereda!, pero el buzón ya tenía su lugar…, habían colocado nueve baldosas…, yo decía que nueve baldosas habían sepultado la memoria del barrio.

El buzón, al principio, vuelve con la boca tapada, pero luego, con los meses, lo habilitaron para recibir cartas. Plotnicki sabe que los tiempos cambiaron, que hoy el teléfono, el correo electrónico, relegó al ida y vuelta de las cartas; recuerda que cuando él era chico, el reparto de cartas se hacía dos veces por día, a las ocho de la mañana y a las cuatro o cinco de la tarde, después una vez por día, y después cuando quería el destino.

En relación con la figura del buzón, Gregorio recuerda: Cuando nosotros éramos chicos había una gran pobreza, pero digna, no éramos miserables, en la misma casa vivían seis, ocho familias, y había un solo baño…, me acuerdo que con mi papá íbamos al puente Alsina a bañarnos, había baños públicos. (…) En las jugueterías había buzoncitos para usarlos como alcancía, estaba también el chanchito, pero lo hacían de cerámica y se rompía… en cambio el buzón era de lata, lo revoleabas y no pasaba nada…, la alcancía era muy importante, la gente juntaba plata…, pensaba que podía ahorrar para mañana estar un poco mejor…, el ahorro, como la libretita con las estampillas de la Caja Nacional de Ahorro Postal, importaba…, veníamos de una generación de ahorro.

En 1987 se designa a la esquina “Esquina Manoblanca”.

El Museo Manoblanca entrega desde el año 1999 La orden del buzón. Su creador, Gregorio, relata: Iba caminando para la casa de mi madre por Juan Bautista Alberdi, cuando al llegar casi a Emilio Mitre, ahí, se me ocurrió, ¿y si creo la orden del buzón? Me acordaba que Quinquela Martín había creado La orden del tornillo, y que la gente del Tortoni había creado La orden del pocillo…, entonces, que sea La orden del buzón.

La orden nació para ser entregada en el museo y a la gente del barrio. Al principio se reunían en el bar El buzón, pero después sucedió lo que nadie esperaba.

En 1999 se entregaban a los amigos de la infancia, así declara una placa que hay en el museo: Los amigos de la infancia y la barra buzonera. Pero desde el 2000 empezaron a entregar el buzón a personas más conocidas, personalidades destacadas. El buzón es ocho veces más chico que el que está en la esquina, lo hace un artesano del barrio, Pablo Smit.

Plotnicki cuenta: Cuando hablo miro a la gente, y cuando entregaba el buzón, veía que la gente se emocionaba…, había un brillo en los ojos…, hasta el 2002 entregamos en el museo…, y al principio se hacía el retrato del distinguido y se colgaba en el museo, pero después no se pudo hacer más, era imposible.

La entrega de La orden del buzón se hace en el café Tortoni desde el 2003. Empezaron en la planta baja, La Peluquería quedaba chica, apenas hay lugar para veinticinco personas, así que el acto se realizaba en la sala Alfonsina Storni, que tiene capacidad para setenta, ochenta personas, pero quedó chica. Así fue como vino el ofrecimiento para ocupar La Bodega: Al principio tuve miedo… más de doscientas personas… y pensar que hoy presencian la entrega trescientas personas.

Entre los años 2003 y 2004 la entrega de la orden generó un revuelo cada vez mayor. Por ejemplo ha recibido la orden El Tuñín, Castro Barros y Rivadavia, y el café y pizzería muestra con orgullo la distinción en su salón; lo mismo ocurre con Chiquilín, en Sarmiento y Montevideo; o en el mismo Tortoni. Acaba de recibir La orden del buzón el Café Margot, Boedo y San Ignacio, y Las Violetas, Medrano y Rivadavia, al cumplir los ciento veinte años de vida. Afirma Gregorio: Yo lo que no pierdo es la humildad, yo no me la creo, siempre perfil bajo…, no se puede tirar todo lo construido…, lo que hago, lo hago por convicción, y no lo quiero comercializar…, hubo personas que me propusieron comprar el buzón…, y yo no lo vendo, lo entrego porque se lo ganó…, de lo contrario es bastardear una idea.

El éxito obtenido con la entrega de La orden del buzón dejó al museo en un segundo plano. Primero se pregunta por el buzón, luego se recorre el museo. Donde sí el museo mantiene su posición es en relación a las escuelas. Plotnicki tiene, al respecto, una posición tomada. Cuando llama una maestra o una directora de una escuela para realizar una visita, él invita al docente a una charla. En ella el Director planteará una exigencia, que los chicos tengan idea del lugar al que van: A los chicos hay que motivarlos, contarles…, de lo contrario todo es una pérdida de tiempo, siempre ofrezco la partitura de Manoblanca, para que llegue a los chicos.

Gregorio recuerda lo sucedido hace unos cinco años con una docente, Rosa María Silva. Llegó al museo con un grupo de chicos de jardín de infantes, y sin mediar el pedido de la visita, y mucho menos la charla. Plotnicki miraba desde la persiana baja de la ventana que da al frente del museo: Cuando los vi, me dije que no, no van a entrar…, pero esta maestra no tocó timbre ni golpeó la puerta…, ordenó a los chicos en la vereda y los pibes empezaron a cantar Manoblanca…, yo me puse a llorar, y les abrí la puerta, la primera vez que entraron chicos de jardín de infantes.

Algunos de los que han recibido La orden del buzón son los escritores: Bernardo Ezequiel Koremblit, Germinal Nogués, Isidoro Blaisten; los poetas: León Benarós, Horacio Ferrer, Héctor Negro, Orlando Mario Punzi, Luis Alposta; el arquitecto José María Peña, Director del Museo de la Ciudad; los Ciudadanos Ilustres: Ben Molar y Atilio Stampone; los músicos: Emilio Balcarce, Leopoldo Federico; el bailarín Juan Carlos Copes; José Gobello, Presidente de la Academia Porteña del Lunfardo; los cantantes: Eladia Blásquez, Mario Clavell, Tito Reyes, Hugo Marcel, Néstor Fabián, Ginamaría Hidalgo, Antonio Tormo, Jorge Vidal, Alba Solís, Enrique Dumas; las actrices: Tita Merello, Amelia Bence; los actores: Guillermo Rico, Gogó Andreu, Duilio Marzio; Jorge Waisburd, Director de FM Tango; Daniel Filmus, Ministro de Educación de la Nación; Norberto Laporta, Diputado Nacional; los embajadores de las repúblicas de: Croacia, Polonia, La India.

En el museo también debieron ser guardadas las placas de bronce que antes estaban sobre el frente, desaparecieron dos, y entonces hubo que reemplazarlas por imitaciones. Sobre una de las paredes de un pasillo quedaron a salvo, están junto a dos placas de mármol, de 1918 y 1941, pertenecientes al Club Everton. Cuando el club cerró, las placas se tiraron a la basura, y ahí apareció otra vez Gregorio Plotnicki, y su museo, Museo Manoblanca Esquina de poetas Declarado de interés cultural por el Consejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires Homenaje a este rincón de la memoria de Pompeya frecuentemente visitado por personalidades hacedoras y admiradoras de la cultura popular, así la leyenda de la placa mayor.

Desde el buzón recuperado por la iniciativa de Gregorio Plotnicki, desde la esquina del bar El buzón, miro hacia el museo. Una nenita, de cinco o seis años, se suelta de la mano de una mamá joven, corre hasta la pared del museo y se arrodilla en la vereda, juega durante un instante a pulsar, a habitar, las notas sobre el pentagrama, todo el conjunto, la música y la historia del barrio, pintado sobre la pared del Museo Manoblanca.

El museo Manoblanca tiene su página en internet: www.museomanoblanca.org.ar, su dirección de correo electrónico: manoblanca@ciudad.con.ar, y su teléfono: 54-11-4918-9448.

 

Edgardo Lois / octubre 2004