Gómez de la Serna en el Margot

De la estilográfica a la mano, y de ella, o a través de ella, hasta el hombre que pone al servicio de la vida su escuchismo.  Edgardo Lois

Hace unos meses que transito la lectura de Automoribundia 1888–1948 del egregio Ramón Gómez de la Serna (Madrid 1888–Buenos Aires 1963). Su autobiografía fue escrita en nuestra ciudad, tiempo/espacio que el escritor llevaba a buen resguardo en su memoria. Ramón llegó a la Argentina a principios de la Guerra Civil Española. Sólo regresó a su tierra de visita. Vivió casi toda su estancia porteña en un departamento ubicado en Hipólito Yrigoyen al 1900, Balvanera.

Señalo del Prólogo las primeras líneas: Titulo este libro “Automoribundia”, porque un libro de esta clase es más que nada la historia de cómo ha ido muriendo un hombre y más si se trata de un escritor al que se le va la vida más suicidamente al estar escribiendo sobre el mundo y sus aventuras. (…).

El libro (Editorial Guadarrama, España, 1974) tienta al lector, desde sus dos tomos de letra apretada,con una lectura en lentitud, reflexiva, atenta a la cantidad de pequeños universos propuestos, y toda su galaxia humana habitando la cintura de la dama de la escritura. Sobre el oficio anota: (…) Yo tengo el encanto de escribir. Entiéndase que no es este el encanto de escribir por escribir, sino el encanto de decir cosas, de encontrar la sinceridad, de poner sus comentarios a cosas que lo merecían como un piropo, como una crítica, como una denuncia, como una especie de revelación y constatación de la realidad, con la que de alguna manera redoblamos la vida ante nosotros mismos y ante los que nos comprendan.

Fue en una mañana de lectura en el Margot que encontré todo un relato de detalle sobre la relación que Ramón mantenía con una de las herramientas fundamentales del oficio: me refiero a la lapicera, o mejor, sus estilográficas:

(…) Yo ya tengo siete plumas estilográficas en funciones; pero he tenido más, que se me han perdido, me las han quitado o se me han muerto. Mis plumas supervivientes podrían decir lo que dicen, con más presunción que dolor, los vástagos vivos de las grandes familias: “Éramos veinte, pero sólo vivimos siete”.

(…) las siete me son necesarias, cada una en su tiempo, cada una en un alternante y disparatado orden.

¡Qué caracteres más diferentes los suyos! Hay la pluma que produce erratas quizá por su propia comodidad, que sugiere la confusión, que no remata las letras. Hay la que tiene buena letra, la buena letra que a mí me falta casi siempre. Hay la que quiere a toda costa hacer letra redondilla, con los ojos de las oes muy hechos y cerrados. Hay la que tiene una letra cercenada, enconada, más sincera que las demás y con la que el pensamiento disfruta rematando ideas. Hay la que quiere describir y se esmera en ello. Hay la novelesca, que va trazando los tipos y sus pasiones como si se confesase, como si le dictase cada personaje y cada situación las palabras necesarias. Y hay muchas clases más, con distintos pruritos cada una, con su “facilidad” y su “dificultad” correspondientes.

De la estilográfica a la mano, y de ella, o a través de ella, hasta el hombre que pone al servicio de la vida su escuchismo, así llama Ramón a su arte de escuchar, y lo señala como una práctica necesaria para todo aquel que intente la palabrería sustanciosa. Sobre este hombre que escribe, llamado Ramón, anota Ramón:

El escritor es realmente un ser con siete –siete, porque ese es el histórico, bíblico y desequilibrado número, el número simbólico, pues yo tengo en realidad lo menos treinta– plumas estilográficas metidas en el bolsillo que tenemos a mano izquierda en la americana, pero realmente clavadas en el corazón, martirio que resulta aun más verdadero cuando, como yo, se escribe en tinta roja.

Agrega el escritor sobre el quehacer mágico de sus estilográficas: En las largas veladas del trabajo, las siete me ayudan –plenas de tinta roja– y me traen experiencias renovadas y matices distintos, como las siete flautas de un nuevo carrizo que se matiza por medio de las siete plumas como el arco iris por los siete colores.

No las alterno con premeditación o con una subdivisión del trabajo absurda. Sucede a veces que durante varios días uso una de ellas porque está más “voluntaria” que nunca, porque está inspirada, porque quiere escribir, porque encuentra una especie de bifurcación y de ampliación de la vida en ese rasgueo de las letras continuado, voluptuoso, con cierta afrodisia en su producirse constante, embriagante.

¡Días felices, espirituales, delicados de esas plumas, y días acéfalos, rasposos, desiguales de esas mismas plumas!

Yo las quiero, y me siento muy unido a su suerte, pues por ellas me desangro. Las miro con esa familiaridad seria con que se mira la jeringuilla con que el médico nos saca sangre o nos inyecta vida.

A la larga son más tornadizas que aplicadas.

Gómez de la Serna dejó una vida en el café Pombo de Madrid, y a esa vida hecha tertulia literaria la anotó con tinta roja en dos libros: Pombo (1918) y La sagrada cripta del Pombo (1924). Y sobre una de las mesas del Margot, en algunas mañanas, rindo memoria y lectura a su Automoribundia, el mapa del tesoro para encontrarse con su vida, y sus amores. Señalo una historia, una pequeña película, la aparición de Magda: (…) Me sentía solo, helado como un pájaro en la nieve, desheredado de camiserías y sastrerías, alma en pena del Jardín del Luxemburgo, cuando un día encontré una bella dama rubia de ojos azules que con una niña de dos años jugando a su vera llevaba un niño de meses en su cochecito. Nuestras miradas se enredaron como si no pudiesen separarse, y como ella viese mi timidez desesperada, escribió unas palabras en el periódico que tenía en la falda, y como si moviese un vagón correo echó hacia mí el cochecito del niño. Yo paré el tope de su agarradero, tomé el diario, leí rápidamente que en él me decía que “ella era divorciada”, y le devolví niño, coche y diario, acercando mi silla de hierro a su silla de hierro.

Desde ese día París tenía objeto, y volví a ser niño para llegar a ser hombre.(…). Me acerco al final del primer tomo de Automoribundia. Voy de encuentro en encuentro dentro de mi café, sobre mesa de madera, y sobre mesa de madera escribió Ramón en el Pombo, y lo hizo libro, dos veces libro. Hace meses que pienso en una memoria de mi Margot en estos tiempos de regreso a mi Buenos Aires. Pienso: bien podría hacer libro esta manera de habitar una mesa de café. En el Margot escribo sobre un cuaderno, y tan cierto es el sonido que produce el roce de la punta fina y la tinta sobre el papel, (…)  ese rasgueo de las letras continuado, voluptuoso, con cierta afrodisia en su producirse constante, embriagante. Afrodisia en mi trabajo de guardar imágenes, anécdotas, lugares y lecturas. Pienso en Ramón y me gustaría jugar con siete lapiceras. En estos treinta años que lleva el trabajo de escritura siempre trabajé con dos a la mano: una a punto de morir y la otra a punto de nacer sobre el relato. Eso sí, siempre escribí, elegí, la tinta roja para mejor desangrar el puñado de almas que me impulsa.

Ramón en rojo: (…) Gasto más tinta roja que nunca, como si esa fuese la licuificación de la sangre, fluyendo la sinceridad humana en su propio color, en inacabable sangría.

Así como dijo Unamuno que el lenguaje es la sangre del espíritu, la tinta roja es la representación de esa sangre.

Respondo de ese modo a la máxima de Nietzsche según la cual sólo es escritor aquel que escribe con su sangre. (…).

 

Edgardo Lois / Enero 2019 / Buenos Aires

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