Centeya, el hombre gris de Buenos Aires

Dicen que fue César Tiempo quien lo bautizó con el color de la madrugada, la garúa, la nocturnidad de los bares tangueros, el humo de su eterno pucho y la tristeza de las heridas del cuore. Él “piró” temprano. Su poesía es eterna. Por Mario Bellocchio

De la Italia natal a Parque Patricios y Boedo, que fueron amparo de sus broncas —maceradas en maderas y estaños de boliches— deviniendo poemas. Y sus Musas, habitando los ojos entrecerrados por el humo del perenne pucho.

Amleto Vergiati a los 27 años

Boedo y Rondeau, a metros de Chiclana. “Café Gran Sur”; el que nació “La Paz”, siguió “Huracán” y continuó “La Puñalada”. Una senda de nombres que más parece un desarrollo dramático: de la quietud al viento. Y luego de la violencia, la grandeza. “Este café mistongo, medio bodegón, medio boliche…”, solía decir Centeya al recordarlo de cuando lo visitaban payadores como Davantés, “trajeado de negro brilloso, una parla de memoria que quería ser inventiva y una melena lustrosa”. Sobre esas paredes –hoy Centro Cultural Gran Sur–, ya no grises, tres placas recuerdan que hace 45 años que Julián se “tomó el piro”.

No quiero nada / no se escapelen /paz de lamentos / si me voy piola. / En el finirla está la salvada / se va conmigo mi alma cansada / que hace diez siglos no quiere lolas.

El primer llanto de los muchos del  pibe Amleto (1)  se derramó en los pisos de tierra de la humilde vivienda de Borgotaro, en Parma, Italia, un 15 de octubre de hace 109 años.

Mi madre aguantiñó la mishiadura/ ni una sola palabra/ siempre chanta/ el dolor le había puesto una dulzura/ en los ojos tan claros de ternura/ me daba pena verla siempre en yanta.

Amargo comienzo del “Hombre gris”, ebrio de bohemia curtida en la precariedad, en esas necesidades que aguzan ingenios y quiebran voluntades. Porque de movida nomás, al pibe Amleto le hicieron tomar el Conte Rosso y bajar su planchada en Buenos Aires. Al padre lo urgía la “persecuta” política de la Italia natal. Y se vino, con familia y todo, a cultivar su socialismo a la Argentina. Magra cosecha boyando entre precariedades nunca superadas que clavaron la espina de la miseria en el cuore tierno del muchachito.

El conventiyo, un toque al colegio Luppi, algún seguro cruce con Manzi en los recreos. Y, ya sin guardapolvo, en una secundaria que no tardó en patearlo por rebelde. Tiempo después, de la pesca del rebusque brotaría el talento. Fue chiflarle la melodía a José Canet (2), aunque no tan sencillo como decirlo, para que Amleto Vergiatti tuviera documento recién impreso:

Me llamo Julián Centeya/ por más datos soy cantor/ nací en la vieja Pompeya/ tuve un amor con Mireya/ me llamo Julián Centeya/ su seguro servidor.

Así se curte en ese Parque Patricios inicial afincándose luego en “la” Boedo (3) nutriente, fémina, como su Musa Maleva, aunque él se empeñara en darle categoría de barrio que todavía no era (en los papeles).

Yo lo trepé a Boedo / viniendo desde el fondo de Chiclana / y era muchacho / el Boedo legendario el de La Balear y El Aeroplano / el de Eufemio Pizarro y “la chancha” muerto de bala en la ancha vereda de la puerta del Biarritz /y mi junada de asombro entreveró a Gorki con Barletta / a Mario Mariani con Gustavo Riccio, a Chejov con Nicolás Olivari / cuando con dos monedas me compré “Versos de una…”, / que le editó Zamora a César Tiempo / Un Boedo con una literatura de fábrica y de tango de gustaciones ácidas.

 [..] Enumero una ordenación de esquinas contra el cielo, / desando lonjas de calles con memorias, / me instalo en patios familiares, íntimos, /procuro una sucesión de horas, /me detengo en una desangrada tarde, / de antiguas imágenes me renuevo, / reconstruyo albas, / fijo noches habitadas de árboles en silencio, / de retazos de lunas caminadoras, / de almacenes brumosos como puertos / y un viento sin donde me pone entre las manos / la voz gemidora / de una guitarrra goteándome un tiempo /de ochavas y de hembras. /Entonces me nace el compadre de adentro / y bato esta sed que me crece de carne / pa’ ver si se enteran que yo soy de Boedo.

Amleto Vergiati necesita la ropa que Julián Centeya le da con su vuelo. Y se empilcha de lujo, bien “de bute”. Y “sonríe para ocultar la tristeza. La tristeza de ser sincero en un mundo de hipócritas, valiente en un mundo de cobardes, bueno en un mundo de malvados” (4) .

Julián no encaja fuera de las rebeldías de Boedo, de sus luchas proletarias, de la fantasía que la precariedad inventa para soportar la explotación e intentar aunque más no sea el rescate, ya que no el equilibrio. Julián no cuaja en la retórica hueca de las academias y allá va empujado a recalar en radios y periódicos vertiendo homeopáticas muestras plagadas de metáforas surrealistas con pretensión de botella de náufrago. Sólo exprimiendo todas las mesas de todos los boliches podríamos intentar tener al verdadero Amletojulián en esas madrugadas de amigos con la verba diluida en el humo de su eterno pucho.

Habré de inventarme una puteada esdrújula / para arrojarla contra la vidriera del mundo / y contársela después a Cendrás y a Rimbaud / que tan mierdamente vivieron como yo. /Claro que habré de inventarme una puteada esdrújula / porque yo me he desentendido de un Dios / que permitió que César Vallejo se muriera de hambre /la tarde de un día gris que contabilizaba sus piojos. / Habré de inventarme una puteada esdrújula. / Usted dése por invitado. /Se lo merece.

De aquel “Recuerdo de la enfermería de Jaime” de 1941, firmado como Enrique Alvarado, se vuelca a entrañables letras de tangos con importantes músicos como Enrique Delfino, Enrique Francini, Lucio Demare y Hugo del Carril. Incursiona en radio con “En una esquina cualquiera” (Radio Colonia) y “Desde una esquina sin tiempo” para Radio Argentina. Pero su ganapán más notable nace de la prensa escrita con artículos en Crítica, Noticias Gráficas y El Mundo, y las revistas Sábado y Prohibido. Sin duda lo mejor de su inspiración aflora en “La musa del barro”, en 1969, que Cesar Tiempo prologa elogiosamente. Y culmina con “El vaciadero” (1971), su única novela, inspirada en el pueblo de la quema y su lacerante vida revolviendo basura. “Para escribir hay que vivirla; si no, nos acunamos en el camelo literario”, sostiene. Había llegado la época de la reflexión y el disfrute de la inestable siembra. Pero la carrocería estaba muy baqueteada y no respondió…

Julián Centeya se fue “en tranvía hasta Corrientes y Jorge Newbery” en 1974, un 26 de julio. Igual que Evita. Igual que Arlt •

 

(1) Nombre real: Amleto Enrique Vergiati (15/10/1910–26/7/1974). Seudónimos: Julián Centeya, Enrique Alvarado, Juan Sin Luna, Shakespeare García, Enrique Álvarez. Publicaciones: “El recuerdo de la enfermería de Jaime” (Su primer trabajo, poemario, 1941), firmado como Enrique Alvarado; “La musa mistonga” (1964) y “La musa del barro” (1969). Grabaciones para RCAVictor: poemas dedicados a Troilo, Arolas, Celedonio Flores, Discépolo y otros grandes (incluye “Morro”, poema biográfico). Temática tanguera: “Claudinette” con Enrique Delfino, “La vi llegar” y “Lluvia de abril” con Enrique Francini, “Lison” con Ranieri, “Más allá de mi rencor” con Lucio Demare, “Julián Centeya” (1938, con el que adopta el seudónimo) con José Canet y “Felicita” con Hugo del Carril. Novela: “El vaciadero” (1971). Programas radiales: en Radio Colonia “En una esquina cualquiera” y en Radio Argentina, “Desde una esquina sin tiempo”. Publicaciones periodísticas: en “Crítica”, “Noticias Gráficas” y “El Mundo” y los semanarios “Sábado” y “Prohibido”. Libro: “Piel de palabra” con “La musa maleva” y otros poemas inéditos (Edición póstuma, 1978).

(2) José Canet ( Buenos Aires, 15/12/1915 – 10/3/1984, fue un guitarrista, compositor y poeta dedicado al género del tango. Entre sus obras se destacan los tangos Tarde y La abandoné y no sabía cuya música y letra le pertenecen y Los cosos de al lao que compuso con música de Marcos Larrosa.

(3) Boedo no fue oficialmente barrio hasta el 11 de junio de 1968. Hasta ese momento lo que podría llamarse el “centro convocante” era “la” avenida Boedo.

(4) Palabras de César Tiempo.