Belgrano

El 2 de junio de 1794 se creó el Consulado y Belgrano comenzó a revolucionar la economía. Por Fernando Del Corro*

En su “Historia de Belgrano y de la Independencia argentina” el ex presidente Bartolomé Mitre cumplió con eficiencia la tarea que se propuso en su trascendente tarea de armar un pasado del país al servicio de los grandes intereses de su época.

Mitre fue un notable escritor a la hora de armar una leyenda que legó a las futuras generaciones sobre la historia argentina. Así nos encontramos con que José Francisco de San Martín fue un gran militar que cruzó los Andes para liberar a Chile y luego se embarcó para hacer lo propio con el Perú pero que abandonó la pelea ante el mayor empuje de Simón José Bolívar y no porque Bernardino de la Trinidad Rivadavia le hubiese quitado todo respaldo.  Y en el camino quedaron sus ideas políticas y económicas, las mismas consideradas subversivas, por las que el rey francés Carlos X no lo dejó radicarse en el país galo.

Lo mismo sucedió con Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, condenado a no ser mucho más que el creador de la bandera nacional, lo que por cierto no es poco.

Valentín Tadeo de Foronda

En todo caso fue un general que acumuló victorias y derrotas y un hombre generoso que donó recursos para la construcción de escuelas. Nada lo hace recordar como el verdadero impulsor del proceso que devino en la Revolución de Mayo en el cual tuvo como principales aliados a su primo, Juan José Castelli, y a los también mal recordados Juan Hipólito Vieytes, de quién se sabe, en el mejor de los casos, que tenía una jabonería donde unos cuantos se reunían para conspirar, y Nicolás Rodríguez Peña. Todo un grupo de estudiosos de las ideas del gran economista vasco Valentín Tadeo de Foronda, otro escondido de la historia argentina. El mismo cuyas ideas merecieran el elogio del presidente estadounidense Thomas Jefferson y cuya vinculación intelectual con Belgrano y sus compañeros Castelli, Vieytes y Rodríguez Peña mereciera un importante trabajo, tampoco difundido, de Manuel Fernández López (“Cartas de Foronda, su influencia en el pensamiento económico argentino”) quién fuera un destacado profesor en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.

El libro del ex concejal peronista marplatense Ricardo Elorza Villamayor “Manuel Belgrano. Líder, ideólogo y combatiente de la revolución” no entra en los análisis de Fernández López, pero constituye un enorme reservorio documental del que surge con claridad la enorme trascendencia del pensamiento y la acción belgranianos.

Se trata de una historia global, de aquél al que la ex presidenta Cristina Elisabet Fernández calificara como su prócer “favorito”, que incluye lo relacionado con la creación de la bandera y sus campañas militares pero en el cual también está incluido todo aquello que impulsara, sobre todo desde su cargo de secretario perpetuo del Consulado, para desatar un proceso de transformación del territorio virreinal primero e independiente después. Un proceso frustrado cuyas propuestas de industrialización, diversificación agrícola, servicios financieros y otras pronto fueron dejadas de lado. Propuestas que contra la versión corriente poco tenían que ver con el pensamiento europeo dependiente que le atribuyeron.

Ya el 15 de junio de 1794, 16 años antes de la Revolución de Mayo, había impulsado un financiamiento sin costo para la expansión agrícola, debiendo sus beneficiarios sólo devolver el capital. Sus conocimientos de idiomas permitieron traducir obras de economistas de diversos orígenes, como del fisiócrata francés François Quesnay o de los italianos Antonio Genovesi y Ferdinand Galeani, entre otros. Intelectual notable impulsó la democratización de la educación para lo cual sintetizó su decisión de universalizar el acceso a los conocimientos, como que promovió la gratuidad total de la enseñanza que en el ámbito universitario recogió Juan Domingo Perón en 1949, pero la vinculó con el proceso de desarrollo económico y social. Por ello la trascendencia de la creación de la Escuela de Comercio y Náutica.

El Virreinato primero y luego el país tenían que tener su propia flota, manejar sus fletes generando recursos a través de ellos y, en consecuencia, debían existir las personas que se hiciesen cargo de esa tarea. Entre los muchos graduados de esa escuela hay que mencionar al general Lucio Norberto Mansilla, el jefe militar de la lucha contra la escuadra anglo-francesa (1845-1846); al luego gobernador Juan José Viamonte, opositor a la enfiteusis rivadaviana; y al creador de la letra del Himno Nacional, Alejandro Vicente López y Planes.

Propulsor de la forestación y la ecología, Belgrano estableció desde el Consulado una recompensa para los labradores que introdujesen cultivos provechos en arreglo al clima y las características de la zona; impulsó premios para los que crearan huertas y plantaran árboles en la ensenada de Barragán, en la costa bonaerense; y también para aquél que arraigase más árboles y cultivase más hortalizas. Y también estableció premios a quiénes realizasen censos poblacionales en cualquier lugar del territorio. Y como el gran economista escocés Adam Smith, tan poco leído y tan vilipendiado, Belgrano hizo campaña contra los monopolios a los que calificaba como “procedimientos tan repugnantes”.

Claro industrialista también recogió las ideas del inglés David Ricardo, pero no en la forma perversa que se le atribuyen.  Señaló Belgrano que “Todas las naciones cultas se esmeran en que sus materias primas no salgan de sus estados a manufacturarse, y todo su empeño en conseguir, no sólo darles nueva forma, sino aún atraer las del extranjero para ejecutar lo mismo. Y después venderlas”. No se trataba de ser recolonizados sino de hacer lo que ya estaba practicando naciones europeas como los Países Bajos y el actual Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Nada del futuro modelo agroexportador de 1880 en adelante, se trataba de construir una nación industrial que hasta tuviese sus propias compañías aseguradoras para evitar la salida de capitales financieros.

Su visión sobre una flota mercante, incluyendo la construcción de embarcaciones, lo llevó a generar el cultivo del lino y del cáñamo para lo cual comenzó con un subsidio al primero en plantar esas especies. Y en lugar de exportar cueros crudos ya en 1796 impulsó la creación de curtiembres en una zona en la que, no mucho después, desde el Cabildo de Buenos Aires, un tal José Martínez de Hoz, que fuera responsable de la aduana porteña durante los casi dos meses de ocupación inglesa en 1806, se pronunciara contra la industrialización del sebo propuesta por los hermanos Liniers. El Martínez de Hoz fundador de la mayor dinastía de terratenientes argentinos a partir de la campaña del después presidente Julio Argentino Roca en 1879 y cuyo mayor exponente, José Alfredo Martínez de Hoz fuera ministro de Economía argentino entre 1976 y 1981.

En definitiva un Belgrano diferente al de la historia mitrista, pero un personaje real y que debe ser revalorizado, entre otras cosas, como el primer gran economista argentino cuando, precisamente, se cumplen 225 años de su designación como Secretario Perpetuo del Consulado de Buenos Aires el 2 de junio de 1794, lo que para la corona significó un reconocimiento a su paso universitario por España como gran discípulo de otro gran economista de ese país, Melchor Gaspar de Jovellanos y para la Argentina el primer intento serio de desarrollo que hoy se debiera tener en cuenta.

 

(*) Fernando Del Corro: Docente universitario, historiador y periodista.

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