Anotación vírica

Algunas miradas escritas en un diario del aislamiento: Mientras tanto (anotación vírica). Por Edgardo Lois

 

Tenés tu mundo interior. Tu mundo de escritor. Así me dijo la lectora.

Es cierto, ese mundo está. Respira acurrucado en el quehacer del oficio.

La escritura como basamento de mi identidad. Cuando algo me emociona, afecta, lastima, cuando me encuentro masticando un pensamiento, ahí aparece la escritura, una damisela con la que hablo desde hace una vida. Una historia de amor que perdura. Alumbra. Acompaña. Que me alienta. Con su presencia resisto dentro del transcurso de los días, dentro de las historias que me ha tocado ver, tocar, vivir. ¿Para que también las escriba? Sí, algunas pude anotarlas memoria. Victorias y derrotas. Siempre es así en la vida que hasta ahora toca. Siempre tratando de encontrar la felicidad. Por qué la felicidad es un globo de papel suelto en un cielo de navidad. Vuela mientras el aire es sangre caliente. Luego se incendia y hunde. La felicidad y sus dos caras montada al sube y baja en una placita de provincia.

Un bote. Una lancha. Un barco. Otro barquito frente a la costa.

Los puertos de Italia, donde los muertos se cuentan a puñados de mano gigante, se cierran frente al barquito y los desesperados que lo navegan –mediterránea desventura humana–, que lo habitan como si tierra fuera, una tierra en tránsito hasta la tierra prometida donde la pandemia se lleva puesta la civilización. Desesperados se hacen a la mar. Huyen de un monstruo. Navegan, viajan hacia otro monstruo. Toda esta película en rodaje se proyecta dentro de la película que aquí me tiene encerrado, enloqueciendo de tristeza, en un departamento de Boedo, en mi aldea.

Habito mi bote, mi lancha, mi barco/barquito frente a una costa que cierra cada día, cada uno de los pocos gestos vitales que me quedan, esas caricias que resisten en la memoria.

Hay días, especialmente los últimos, en que me gana una especie de entresueño. Habito una tierra de nadie. Donde ninguno de los que soy puede afirmarse en la escritura. Tampoco en la lectura. Quien soy, mi sociedad de almas fundantes, se asusta, ausenta, se esconde. No es juego, es dolorosa incertidumbre. Cuando más te quiero y necesito, no puedo escribirte como quisiera. Como si me faltara aire, y diez guitas para el peso. Escribo, estos días, desde dentro del globo de papel en cielo de navidad. Cuando subo veo la plaza y sobre ella me escribo hasta morir dentro de un grupito de líneas, lo de siempre, una imagen, una idea, y la palabrería; y cuando bajo, la plaza es desierto con tormenta de arena que borra mis huellas mientras, lento, se hunde el incendio que llega de un cielo que simulaba navidad.

Sueño hecho realidad. Sueño neoliberal. Encerrados en casa. En la calle, el otro camina a dos metros del posible huésped del virus. Hay miedo entre las personas. La amenaza es el otro. No hace falta ser boliviano, negro, peronista o pobre.

Lejos todos.

Los Ellos, los desclasados de siempre, los separatistas con pretensión de pedigree, piden ayuda a su dios de bolsillo. Así la criatura unicelular.

Muchos de los separados, en cambio, se protegen pensando el buen destino para el otro. Todos somos otro. Nosotros fundamos el mar de cada día.

Vive la memoria, la amistad a través de algún dispositivo tecnológico.

Cuál el cadáver que socava el gusano vencedor.

El mundo nuestro de cada día. En la Nostromo mundial alguien parió el bicho. Estallido navideño desde dentro del pecho. Estallido silencioso.

Los creadores salvajes de la sociedad global revisan sus cuentas. Cuántos sí. Cuántos no. Con cuántos nuevos zombis funciona el mercado. Quiénes serán los responsables de los muertos en la escritura de esta página de la historia oficial.

¿Morirá el hambre? ¿Morirá la miseria? ¿Sabremos al fin de la solidaridad? Algunos se preguntan sobre la refundación: la necesidad desesperada de una sociedad nueva que sepa que el mundo es ahora mismo: la vida hoy.

Mientras tanto, los Ellos comienzan a barrer basuritas bajo la alfombra de la historia, y renuevan cálculos desde las carabelas de otra vez sopa.

Camino por Avenida La Plata. Unos pocos hombres y mujeres en las veredas. Alguien espera un colectivo. Cielo nublado. Vientito fresco. Me gustan estos días. Voy hasta la puerta de la casa de Virginia y Mario. Me ofrecieron dos barbijos, no los van a usar. No se consiguen. Camino. Será obligatorio el uso a partir del 15 de abril en toda la Ciudad Autónoma.

Mientras me acerco a destino paso al lado de los caminantes que van en sentido contrario. La mayoría ya lleva protección para nariz y boca. Habrá que volver a mirarse a los ojos –bondad humana casi olvidada– para reconocer nuestra esencia, nuestro nombre, la sonrisa oculta.

Muertos pobres en ataúdes pobres. Olvidados los muertos y sus ataúdes pobres. Ubicados en el vientre de tierra de la fosa común. Sucede en la isla neoyorquina donde van a parar los cadáveres que no reclama familia alguna. Foto aérea en la pandemia del capitalismo salvaje. Vi la foto hace días. En una lonja de tierra flaca nacen las fosas de los que nunca supieron qué era estar primero en una lista.

Cuesta acomodar la palabrería en estos días. Hay un desánimo. Un pelotazo en la boca del estómago como cuando en la infancia. Días de lejanías, y días lejanos. Cuánto duele la distancia física, y tanto más la del alma, las almas. Escribo, quizás escribo, o escribí, porque llevo un puñado de almas. No una. Tampoco dos. Un puñado con mano generosa de agarrar más caramelos, más sortijas. No para acumular, sino para compartir. Invitación a salir al camino con un sabor a la mano, una vuelta más en el sueño, y en el encuentro mágico del amor. Sueño y llanto. Escribo señales desde el buche de la pandemia. 16 de abril. Soy en la media mañana. Espera la inmensidad de otro día.

Camino mi refugio como si fuera castillo, y yo el conde de Orlok.

Hay vida en los otros departamentos. Lejana. Todos los habitantes del edificio con aprensión en la mirada. Lo sé. Los imagino. De vez en cuando una sombra en una ventana. Alguien que camina por el pasillo hacia los departamentos del fondo. La pandemia como la luz del sol. Orlok, el vampiro, se guarda porque piensa en él y en el otro.

Insoportable este encierro eterno.

Pobre Orlok aislado en una película muda.

A la vez me cuesta salir hasta el mercadito chino distante unas tres cuadras. Camino ajustado de aire, el barbijo resulta incómodo. Ajustado también por el miedo, no propio, sino el que se percibe en el resto de los caminantes, y en la mayoría de los clientes del chino.

Unas horas después de anotar el apellido: Orlok, y de nombrarme conde y vampiro, de asumirme, una vez más, refugiado en un castillo de Boedo, llegué hasta una canción. Escuchaba la radio. La letra de la canción me llevó hasta Orlok, también mentado como fantasma, criatura de la noche, nosferatu: no muerto (cómo se dirá en rumano: no vivo). Ni muerto ni vivo: fantasma.

En la radio, la voz en mi aislamiento, escuché Living in a ghost town de Mick Jagger y Keith Richards (Rolling Stones): La vida era muy hermosa, / y entonces nos tuvimos que encerrar. / Me siento como un fantasma, / viviendo en un pueblo fantasma. // Cada noche estoy soñando que vendrás / y te arrastrarás en mi cama. / Por favor, deja que esto termine, / no atascado en un mundo sin fin, mi amigo.

Orlok muere de amor. Aguarda el amanecer al lado de su amada. A consciencia. Cansado de la noche. La luz del día lo mata mientras bebe la sangre de Ellen.

Otro de mis buenos fantasmas me dijo que fuera hasta el mercadito chino: Ahora mismo que sopla el sol en las calles, que el mundo es una belleza. Acepté el consejo. Imaginé a mi buen fantasma hablando bajo el sol. Ocupando un lugar en el vano de una ventana que da a una calle de barrio. El buen fantasma sentía y pensaba mientras el sol llovía hasta el límite de la sombra interior.

Caminé despacio –toda una costumbre forjada en el aislamiento– bajo el sol. Disfruté la luz. Una caricia. Hacía tanto que, sin saber, la esperaba. Extendí la caminata unas cuadras. En la vereda de la escuela no había charcos de hojas, hoy volaban en remolinos. Festejando el regreso del sol.

 

Edgardo Lois / Mayo 2020 / Buenos Aires