Amigos: Jorge Luis Borges y Carlos Mastronardi

Por Edgardo Lois |

De izquierda a derecha, Jorge Luis Borges, Sergio Piñero, Carlos Mastronardi y Guillermo de Torre. 1927.
De izquierda a derecha, Jorge Luis Borges, Sergio Piñero, Carlos Mastronardi y Guillermo de Torre. 1927.

Los escritores Jorge Luis Borges (1899-1986) y Carlos Mastronardi (1901-1976) fueron amigos y dejaron constancia de la relación. La amistad se desarrolló en Buenos Aires y en Gualeguay, y es en esta ciudad donde Borges rindió homenaje a su amigo fallecido. Toda amistad tiene testigos, todavía más cuando se trata de escritores notables. En calidad de testigo aparece en esta historia Aron Jajan, una memoria atenta al paisaje y las personas de Gualeguay, la ciudad de toda su vida.
Borges conoció a Mastronardi en 1921, a poco de haber regresado de Europa. Mastronardi había dejado su Gualeguay natal y buscaba refugio en Buenos Aires. En la gran ciudad se relacionará con los escritores de la revista Martín Fierro.
En “Siete conversaciones con Jorge Luis Borges” (Fernando Sorrentino, 1973), el autor de El Aleph dijo: Nos hicimos muy amigos y nos dimos al curioso vicio de descubrir la ciudad de Buenos Aires. De suerte que yo recuerdo muchas noches y muchas madrugadas pasadas con Carlos Mastronardi, desflorando los fondos de Palermo, el bajo de Saavedra, el barrio de la Chacarita, el puente Alsina, las largas y apacibles calles de Barracas, y discutiendo siempre sobre problemas estéticos, ya que la poesía era nuestra pasión. En 1986 Borges dijo al diario “El País” de Madrid: Con Mastronardi profesamos una curiosa amistad. Una amistad que no necesitó de la frecuencia; a veces pasamos un año sin vernos, pero eso no significaba una sombra en nuestro trato. Nos sentíamos amigos y podíamos serlo sin frecuentarnos, sin confirmaciones, sin dudas de ninguna especie. En esa misma entrevista agregó: Era, como yo, un autodidacto ajeno al rigor azaroso de los exámenes y a esa “contradictio in adjecto”, la lectura obligatoria. Leía por placer, y sólo interrogaba los textos que realmente le interesaban, los que nos acompañarán hasta el fin. Durante más de medio siglo fuimos amigos.
La Academia Argentina de Letras publicó “Borges” (2007), un libro inédito de Mastronardi. Es un análisis de la persona del autor de El libro de arena, un riesgoso intento por definir cuando se estuvo tan cerca del analizado: (43) Hace muchos años, durante una homérica caminata nocturna y ya de regreso al centro de la ciudad, a esa hora en que toda conversación se vuelve íntima, nos (confió) con descontento y modestia: ‘Quisiera escribir de manera más suelta y llana’. Le recordamos aquello de las estrofas que brotan como agua de manantial, y entonces, llevado naturalmente por el curso de la meditación, nos responde: ‘Cierto… escribir poemas en el tono, por ejemplo, ¿de ‘aquí me pongo a cantar…’?
En otro fragmento: (46) En gira de conferencias, visita la ciudad entrerriana de Gualeguay. Se aloja en la casa del joven poeta Alfredo Veiravé, que siente a su vecindad una alegría reverente y tímida. Al término de la sobremesa, poco antes de acostarse, Borges le pide un elemental vaso de agua. Veiravé se lo trae y le dice que alguna vez podrá contar a sus hijos que un poeta ilustre bebió en ese vaso. Borges sonríe nerviosamente y le contesta: ‘Dirán que Ud. dio de beber a un impostor.’
Mastronardi consigna la siguiente anécdota: (64) Borges acaba de ascender a un tranvía con su amigo C.M., paisano del general Urquiza, es decir, hijo de Entre Ríos. En una especie de lucha cortés, uno detiene las manos del otro, pues ambos quieren pagar el boleto de la conducción. El porteño logra poner las monedas en la diestra del guarda al tiempo que pregunta a su amigo: ‘¿Querés otra Pavón?’.
En el libro sobre Borges, su autor, de manera inevitable, vuelca pistas sobre él mismo: (69) Se atribuyen muchas demoras y dilaciones a C.M., poeta ligeramente entrerriano. Su proverbial lentitud ya es festiva leyenda. Quienes lo citan o lo invitan, dan por sabido que llegará con una hora de retraso, por lo menos. Por su parte, C.M. observa irónicamente que el espacio es menos accesible que el tiempo, ya que requiere el auxilio instrumental del cuerpo, cuando no el uso de esos otros instrumentos que son los vehículos. Asimismo, confiesa que todas sus felicidades se parecen a la quietud. Innecesario es decir que este rasgo de su naturaleza cuenta con la benignidad de sus amigos, que de antemano lo disculpan. Tan morosa costumbre inspira a Borges el siguiente comentario risueño: ‘Creo que C.M. llega con puntualidad a las citas, pero quiere ser fiel a una tradición, y para ello se impone un adecuado retraso. Ya no es tardío. Sospecho que cuando lo cito en mi casa, llega a tiempo, pero da varias vueltas a la manzana para mantener una leyenda, para librarnos de lo imprevisto. Se demora por cortesía. Claro está que si las comidas o las cenas a que es invitado sufren muchas dilaciones, habrá que fijarlas para el día siguiente…’.
Borges afirma en el libro de Sorrentino: El caso de Mastronardi me parece raro en la historia de la literatura, porque, aunque ha publicado varios volúmenes, y últimamente un admirable libro de recuerdos titulado ´Memorias de un provinciano´, él sigue siendo una suerte de ‘homo unius libri’ (hombre de un solo libro): él sigue siendo autor de ese poema dedicado a Entre Ríos, a la nostalgia de Entre Ríos. Y yo diría que una de las razones que hacen que Mastronardi viva, solitario y noctámbulo, en Buenos Aires, es que en Buenos Aires puede sentir mejor la nostalgia de su Entre Ríos, que él quiere tanto.
Carlos Mastronardi llevó entre 1930 y 1974 un diario de escritor Cuadernos de vivir y pensar (póstumo, 1984). Algunas de sus obras: Tierra amanecida (1926); Conocimiento de la noche (1937), que contiene Luz de provincia, el poema a que hace referencia Borges; Memorias de un provinciano (1967), donde cuenta su vida hasta la aparición de las primeras canas, y donde Buenos Aires ocupa un lugar de privilegio. A ese período en la gran ciudad se refiere Borges en la entrevista citada de “El País”: Pocos hombres conservaron la soledad con la minuciosidad de Mastronardi. Era un inseparable amigo de la noche que sabiamente abusó de la noche y del café, que tanto se le parece a la noche. Para vivir eligió la avenida de Mayo; acaso una de las zonas más tristes de Buenos Aires. Como Augusto Dupin, el primer detective de la literatura policial, que de noche recorría las calles de París en compañía de sus amigos, Mastronardi recorría las calles de Buenos Aires buscando ese estímulo intelectual que sólo puede dar la noche de una gran ciudad.
En Memorias de un provinciano Mastronardi da varias pistas sobre Borges, a continuación dos de ellas:
En el bar Munich, de la avenida de Mayo, solían reunirse los jóvenes poetas. Fue en ese bar, ante cinco o seis amigos, donde Borges pidió opinión acerca de unos versos octosilábicos que le habían llegado de México. Los circunstantes los oyeron y los aprobaron con entusiasmo. Dos meses después, cuando publicó ‘Luna de enfrente’, libro que contiene algunas coplas, comprobé que eran suyos. En la incertidumbre, que tanto se parece a la modestia, los atribuyó a un autor lejano para obtener el juicio imparcial de los presentes. Siempre fue hábil en este género de sondeos.
Cierta mañana de primavera, Borges y su primo Guillermo Juan fueron en mi busca, pues se había organizado un almuerzo en honor del primero –acababa de aparecer ‘Luna de enfrente’– y el lugar del agasajo sólo distaba una cuadra de mi casa. Cuando llegaron yo dormía. Apenas salido del sueño, no acerté sino a saludarlos con unas palabras confusas. Nada más natural en aquella circunstancia. Como hacía poco tiempo que nos conocíamos y como era muy dado a definir personas y cosas por un atributo, Borges afirmó, lleno de asombro, que estaba ante un fantasma. A pesar de mis bromas, durante muchos meses me confundió con un espectro. Claro está que la suya era una ocurrencia festiva, pero me sentía un poco extraño en este mundo. Quizá me pensó incorpóreo o transparente como cierto personaje de Wells. Esa inclinación (nada inglesa) a ver siempre arquetipos o símbolos, determinaba todos los movimientos de su espíritu.
Cuando muere su padre, Mastronardi vuelve a Gualeguay, a fin de la década del 20, y vuelve a Buenos Aires en 1937.
Para Mastronardi la vida en la provincia era la luz, a la oscuridad se la encontraba en la ciudad. Emma Zunz, el personaje de Borges, también supo de la luz: “Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay…”, y de la luz también sabe Aron Jajan, el hombre memoria de Gualeguay. Conocí a Jajan preguntando por la historia de la desaparecida confitería El Águila, un lugar donde no es difícil imaginar a los amigos escritores ocupando una mesa. Jajan, un testigo de Mastronardi y de Borges, tiene 89 años, una memoria clara, relato certero, y una voz agradable. Recuerda: Carlos Mastronardi vivió sobre calle San Martín, en una casa grande que todavía está. Mi padre tenía almacén enfrente. Fue en los años treinta y pico. En la casa de los Mastronardi trabajaba una mujer, la cocinera, algo muy común en esa época. En esos años había que ir temprano a la cocina y avivar el fuego. Era una mujer mayor. Ella contó en el almacén que tenía una preocupación por el niño Carlos, y yo la escuché. Sucedía que en las mañanas, casi de madrugada, cuando se levantaba para encender el fuego de la cocina, muchas veces lo encontraba al niño Carlos: Que debe estar enfermo, dijo ella, porque a veces está mirando para arriba y escribe en un cuaderno. El niño Carlos debe estar enfermo, esa era la conclusión de la mujer. Yo era chico y escuché. Yo era un gurí y él un muchacho grande, no teníamos nada de qué hablar. Debido a su enfermedad, cuando lo veía en la vereda, lo miraba con atención.
Jajan recuerda una anécdota sucedida en Buenos Aires: Lo encontré una noche. Yo paraba en el hotel du Helder de la calle Rivadavia, detrás del Tortoni. Aguardaba en la puerta haciendo tiempo para cenar, y veo que viene Mastronardi. Yo lo conocía, pero no tenía contacto. Lo saludé: Buenas noches, don Carlos. Él se para y me mira. Entonces le digo quién soy y que vengo de Gualeguay. Le doy el apellido y se ve que recordó algo del vecindario. Le digo: ¿Qué anda haciendo, don Carlos? Y él me contesta: Caminando la noche, y siguió rumbo al Bajo.
Aron Jajan guarda un último recuerdo en la galera. Esta vez habla de Borges y Mastronardi: Cuando se descubrió el busto a Mastronardi en el cementerio, vino Borges. Dio una conferencia y contó muchas cosas de sus caminatas por Corrientes, desde el Bajo hasta la Chacarita. Mientras hablaba decía: ¿Te acordás, Carlos?, y contaba el siguiente recuerdo. Contó muchos. Mientras hablaba miraba hacia el busto. Cuando ya terminaba, dijo: Nunca le pregunté si era casado, si estaba separado o si era soltero.
Aron Jajan dice que pensó: Claro, no tuvieron tiempo.
(Fotografía: Jorge Luis Borges, Sergio Piñero, Carlos Mastronardi y Guillermo de Torre en 1927.)