Ser español no es nada fácil
Por Tomás Martínez (1)
Creíamos que después de muchos años de carencias, luchas y trabajo bien hecho, habíamos logrado dejar atrás un pasado que a toda prisa queríamos olvidar para siempre. Ahora ya no éramos ese pueblo sacrificado que durante siglos tuvo que buscar el pan y la libertad emigrando a países donde encontrar un futuro que España nos negaba. Ahora, por fin, habíamos conseguido prosperidad y democracia para nosotros y para los que no eran en sus tierras tan afortunados como los españoles.
Hemos vivido con la seguridad de que nuestras conquistas económicas, sociales y políticas eran sólidas e irreversibles. Lo habíamos deseado tanto, que nada nos hacía pensar que todo o parte fuera un espejismo, que tal vez pudiera peligrar como un castillo de naipes. Estábamos en la cresta de la ola y sabíamos manejar la situación. Con un narcisismo al que no estábamos acostumbrados, nos sentíamos la envidia del mundo, los protagonistas de una superproducción de Hollywood.
De pronto comenzaron a escucharse trompetas que anunciaban crisis en la primera potencia mundial, en sus gigantes económicos, en su sistema financiero. Pero, ¿qué podía pasarnos a nosotros? Evidentemente nada. Teníamos una posición segura, a salvo de cualquier peligro. Nada que temer: nuestros bancos eran los más sólidos, nuestras precauciones financieras habían sido las mejores, los riesgos eran para otros menos listos.
Y, poco a poco, fuimos sintiendo algunos síntomas de enfermedad: las entidades bancarias nos habían vendido humo camuflado de valores incuestionables; el sector de la construcción se tambaleaba, después de haber sido el motor de la economía, implicando, de cerca o de lejos, a toda la población; el desempleo inició un crecimiento imparable hasta cifras millonarias; las empresas comerciales, industriales, de servicios y sobre todo las relacionadas con la construcción, entraron en crisis, con abundantes cierres. ¡Hasta el turismo tenía un descenso más que preocupante! Nos frotábamos los ojos. A nosotros no podía pasarnos eso. Era un mal sueño.
De repente empezamos a sospechar que la realidad era algo…, bastante…, demasiado diferente a lo que nos habían hecho creer, de lo que nos habíamos dejado hacer creer, de lo que habíamos querido creer. De pronto supimos que, una vez más, nos tocaba “bailar con la más fea”, nos correspondía, como siempre, asumir las culpas de otros…, de los de siempre, de los que toda la vida habían decidido cómo, cuándo y cuanto teníamos que pagar por nuestra ingenuidad.
Enseguida “empezamos a ver claro”: la culpa era del gobierno que, contradiciendo lo que había prometido, lo que nos había hecho esperar de él, comenzó a cargar todo el peso sobre las espaldas de los más desprotegidos. También “aprendimos” que los mercados, los sacrosantos mercados, nos castigaban por nuestros excesos como dilapidadores compulsivos.
Todo tiene solución, pensamos: se cambia democráticamente el gobierno, vienen “los otros”, los que dicen que ellos tienen el secreto de lo que hay que hacer, que son totalmente confiables, que con ellos acabarán nuestros sufrimientos… Y ya está, todo en orden; se acabará el desempleo, los mercados nos aplaudirán, volverá la tranquilidad y la dicha.
Llegaron. Así lo quisieron las urnas. Sabían lo que querían hacer. Este pueblo ha empezado a saberlo. A conocer el duro porvenir que le espera. Promesas para conseguir el poder y después de conseguido, nada de lo prometido.
¿Qué piensan ahora los españoles de forma mayoritaria? La valoración del presente tiene cada vez tonos más oscuros. Veamos: los Presupuestos del Estado ahora presentados están hechos al dictado de la Unión Europea manejada por Alemania y el FMI y tienen como supremo objetivo la reducción del déficit de forma salvaje y sin espacio para el crecimiento económico y las políticas de empleo. Son un suicidio presupuestario, con recortes en todos los conceptos primordiales. Se salva la Monarquía, con un mínimo, ridículo recorte y la Iglesia Católica, que tiene íntegras las partidas que recibe e intactas las exenciones y demás ventajas fiscales.
Se está desmontando a toda prisa el Estado de Bienestar. Los recortes en sanidad y educación, en dependencia y desempleo, en pensiones y becas, van a dañar irreparablemente los logros conseguidos después de tantos años de lucha. La reforma laboral de nuevo cuño acabará con la paz social que hemos disfrutado porque abre la puerta al despido libre, a las indemnizaciones insuficientes, a la pérdida de equidad en las relaciones laborales, a las nulas garantías para el trabajador. Todo hace temer que la injusticia fiscal se profundice, se protejan los intereses de los más privilegiados y no se persiga eficazmente el fraude. Se ha anunciado una amnistía fiscal impresentable, vergonzosa, que premia a los defraudadores y deja en ridículo a los que han aportado de forma automática, con forzada garantía de legalidad.
La desesperanza, la incertidumbre y también el terror están calando hondo en los españoles, que han dejado de creer en sus instituciones y en sus dirigentes. La indignación crece, pero un cierto sentimiento de resignación paraliza la acción y por el momento no se está articulando debidamente el legítimo rechazo a esta política tan sumisa con los poderes fácticos y tan implacable con los menos afortunados. Ante la complicidad y el mal hacer de los medios de comunicación, la inoperancia de la justicia, ciega con la corrupción, sorda ante las legítimas demandas de reparación de la memoria y muda cuando debería impartir su magisterio, no es de extrañar que este pueblo vuelva a sentirse rehén de los que dejaron su destino “atado y bien atado”(*).
¡Que difícil es ser español!•
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(*) Franco dijo: “Todo queda atado y bien atado”
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(1) Tomás Martínez. Es español y vive en Madrid. Durante varios meses al año es porteño, aprovechando su condición de jubilado y su pasión por Buenos Aires. Su esposa es argentina. Fue empresario en el sector del automóvil una gran parte de su vida profesional y también trabajó en la industria eléctrica. Es Ingeniero Industrial. Siente gran interés por la historia y la política argentina.
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España, ¿cuál España?
(Publicado publicado en “Página12”, domingo 15 de abril de 2012
Por Atilio A. Borón (*)
El entredicho entre el gobierno argentino y la empresa Repsol YPF ha desencadenado una virulenta reacción de funcionarios del gobierno ultraconservador español. Las declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, de la vicepresidenta del gobierno Soraya Sáenz de Santamaría, y del secretario de Estado de España para la Unión Europea, Iñigo Méndez de Vigo, revelan que a pesar del largo tiempo transcurrido estos funcionarios de la corona todavía no se percataron del resultado de la batalla de Ayacucho, que en 1824 terminó de demoler los restos del imperio español en esta parte del mundo. Tanto su “puesta en escena” –rostros endurecidos de furia, frases altisonantes, dedo índice en ristre de García-Margallo– como el contenido amenazante de sus declaraciones, especialmente la del tal Méndez de Vigo diciendo que la Argentina se convertiría en un “apestado internacional” y sufriría “consecuencias malísimas” en caso de que se afectaran los intereses de Repsol YPF son un oportuno recordatorio de que, lamentablemente, las peores tradiciones del colonialismo español siguen vivas y regurgitan cada vez que sienten que alguna de sus antiguas colonias se aparta del curso de acción fijado por la antigua metrópolis.
La violencia simbólica desatada en estos días se inscribe en el sórdido panorama que presenta la España actual, atribulada por una profunda crisis económica y por el fenomenal retroceso experimentado en materia de derechos ciudadanos y libertades públicas. Hace apenas un par de días que el presidente del gobierno Mariano Rajoy hizo pública su intención de vigilar y maniatar las redes sociales, por lo que toda convocatoria a protestas o manifestaciones políticas de cualquier tipo hecha a través de las mismas será tipificada nada menos que como un delito penal. Todo esto con el afán de impedir que las víctimas del brutal ajuste neoliberal puedan luchar contra la injusticia de un proyecto al que sola y exclusivamente le preocupa salvaguardar los intereses del capital, no el bienestar del pueblo.
El argumento más socorrido por estos enardecidos funcionarios de la corona es que cualquier agresión a Repsol YPF sería un ataque a España y, por ende, a los españoles. No hay que caer en esa trampa. El pleito no es con España o los españoles sino con su burguesía, que explota y desangra a los pueblos tanto fuera como dentro de España, cosa que hoy es evidente hasta para un ciego. Porque España no es esa pandilla de saqueadores profesionales, dignos descendientes de quienes cometieron en nuestras tierras el mayor genocidio de la historia, amparados por la maléfica alianza entre la cruz y la espada. España no son esos especialistas en vaciar empresas y en arrancar pingües ganancias como lo han hecho por toda Latinoamérica y el Caribe bajo la protección de sus padrinos políticos, sean estos Felipe González, José María Aznar o Mariano Rajoy. España no es esa corona nauseabunda y parasitaria, hundida en una ciénaga de escándalos que “la prensa seria” de la península se encarga de disimular. Para nosotros España es la poesía de Miguel Hernández, Rafael Alberti y Federico García Lorca; las pinturas de Pablo Picasso; la música de Manuel de Falla y Pablo Casals; la filosofía de Manuel Sacristán Luzón y de mi inolvidable maestro Adolfo Sánchez Vázquez. España es la extraordinaria labor de los republicanos exiliados en México: Wenceslao Roces, José Gaos y Eugenio Imaz, entre otros, eximios traductores al castellano de El Capital y otros textos de Karl Marx, así como de muchos otros autores del pensamiento clásico. España, por último, es el indoblegable heroísmo de la Pasionaria y los anarquistas y comunistas que lucharon contra la barbarie franquista, de la cual Rajoy, Aznar y el Partido Popular son sus indiscutibles herederos. Estos energúmenos, tardíos sobrevivientes de un conjuro medieval, representan con sus exabruptos de hoy lo peor de España. Son los perros guardianes de los filibusteros de traje y corbata que siembran miseria dentro y fuera de España. La lucha es contra esa España, no contra los españoles ni mucho menos contra la otra España, con la cual nos sentimos hermanados.
(*)Atilio Borón es un politólogo y sociólogo argentino, doctorado en Ciencia Política por la Universidad de Harvard. Es autor de varios libros de ciencia social y filosofía con orientación marxista y con una apuesta política clara de compromiso con el socialismo para América Latina. Actualmente es profesor de Teoría Política y Social, en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires desde 1986, investigador superior del CONICET y director del PLED (Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales).